martes, 3 de mayo de 2022

La turbamulta



   He estado en estos días pasados en medio de un grupo de gente que se llaman a sí mismos escritores. “¿Qué es un escritor?” Me pregunto yo que siempre ando preguntándome, y no encuentro una respuesta que pudiera dejar satisfechos a este colectivo de gente que publica libros. Alguien que escribe es un escritor, es también un escriba, un copista y un amanuense o secretario, alguien que escribe deja por escrito un testimonio, una prueba, un dictamen, un comprobante o título, o sea es un escribano.
   Muchos de los escritores que conozco son meros copistas de sus emociones, sentimientos, impulsos, miedos, dolores y alegrías. Algunos son disciplinados amanuenses de la realidad que le pintan los medios y las modas y muchos son escribanos de los eventos sociales, políticos o culturales que atraviesan a la población en general en ciertos momentos cruciales, se ajustan a esos hechos y los recrean en textos que parecen una copia de la vida. En este último caso, incluso, pueden llegar a hacer disciplinadas y farragosas investigaciones para ser lo más fieles posibles a los hechos que pretenden recuperar y eternizar.
   No tengo nada de favor ni disfavor respecto de estos géneros de escritura que los escritores y sus lectores llaman literatura. Algunos hasta logran, aunque con producciones ingenuas y un poco adolescentes, creaciones conmovedoras y hasta líricas. Y estoy pensando en una novelita de tipo autobiográfica que leí hace mucho y que alguien me hizo recordar en estos días: “Los años del pacaá” de Omar Héctor Zenoff. También me acuerdo de “El Principito”, cuyo autor nunca habrá imaginado el barullo que hizo el mocoso que él inventó solo para piropear a su tóxica mujer. Cuando nos ilumina el estro, puede salir una creación bastante bonita.
   En ese sentido sería bueno que los escritores dejaran hablar a su obra. Sin embargo, por lo que veo, muchos escritores están supeditados al impulso más visible del homo sapiens: ganar… éxito, fama, dinero, reconocimiento de sus pares. Hice dos comprobaciones probatorias, aunque suene cacofónico.
   La primera entre mis jóvenes, ingenuos y esperanzados compañeros de quehacer. Una joven escritora le decía a su joven amigo escritor interlocutor: “-Un editor me dijo que uno no debe intentar estar en la cúspide de la lista sino estar en el medio.” Todos los esfuerzos cultivados en la última década para no entrometerme cuando la gente dice sandeces intolerables se derrumbaron en la milésima indignada de un segundo y le espeté: “-¡¡Yo no quiero estar en ninguna lista!! ¡Quiero escribir mejor!”. Nadie estaba hablando conmigo, pero ustedes ya saben, yo pierdo mi virtud antes de que llegue la tentación.
   La segunda comprobación me la dieron unos minutos después los escritores que presentaban la obra de Juan Chico. Me parece que si vas a recordar a un muerto que conociste mucho y que ha sido caro a tu corazón, hablarías sobre él, como se habla de alguien que uno quiere mucho, con emoción, con ternura, con nostalgia, pero narrando oralmente para pintar ese hombre que ya no está y que nos dejó este legado. No fue así, y aun aceptando que cada uno lo hace a su modo, no me parece que presentar a alguien sea ocasión para lucirnos. Los dos presentadores leyeron escritos propios, prólogos o capítulos de su propia obra, referidos al creador homenajeado, pero en los que se destacaban, por la entonación, la actitud entusiasta para con su propio texto, el claro deseo de lucimiento propio.
   Es probable que mi mirada sea un poco sesgada, veo demasiada vanidad en el oficio y no creo que escribir deba ser visto como un oficio. En cualquier actividad se diferencia muy bien el arte del oficio aun cuando un oficio requiera de habilidades artísticas y cuando la habilidad artística se complemente con cierto nivel de oficio. Digamos, por ejemplo, la pintura. Uno puede pintar paredes con habilidad y arte o puede pintar artísticamente una pared con un mural.
   Veo en el conjunto de escritores que conozco que casi todos aspiran a reconocimiento, lo cual es legítimo, dirán, pero ninguno habla sobre sus habilidades, su estilo, sus dificultades para superar las limitaciones a que nos enfrenta la medianía de nuestra capacidad. ¿Cómo puede uno preguntarse qué lugar le tocaría en una lista si no ha logrado aún evaluar su propio quehacer?
   Cuando miramos lo que escribimos a lo largo de décadas nos embarga un profundo desencanto: pensamos muchas veces porqué tenemos este extraño vicio al que no hemos logrado convertir en virtud diamantina. ¿De qué sirvió un don menguado y tan difícil de domeñar? ¿Qué derecho tenemos de andar a los codazos entre otros tan miserables como nosotros si somos apenas la arena menuda que nunca será acantilado? ¿Cómo puede alguien ser tan ingenuamente engreído?
   Una querida persona me ha regalado un libro impresionante: una “Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana”, son mil quinientas ochenta y nueve páginas a dos columnas que hacen inventario de los escritores y su obra según un criterio que me ha hecho reír:
1-Los universales y eternos.
2-Los que, sin valor intrínseco permanente, deben ser conocidos por (…).
3-Los (…) de segundo orden.
4-La comparsería: turbamulta (…) que una circunstancia repentina dio repentina celebridad, (…). 
   Pueden elegir en qué categoría quieren ser recordados. Por mi parte creo que se cumplirá mi deseo: me iré de aquí fuera de toda lista, como Antonio: liviana de equipaje.
_@_

viernes, 8 de abril de 2022

Miguel Ángel Estrella

   Miguel Ángel Estrella entra en esa categoría de personas que son célebres, pero no famosas como supo decir del doctor Maradona un cronista de Clarín hace ya mucho tiempo. Tal vez por ello su muerte no fue tendencia en las redes.
   Los medios poblaron sus necrológicas con la esmerada actividad política social de Estrella, quién tenía el convencimiento de que el arte tiene que llegar a todos, y en cierto modo dejaron por debajo de esa consideración el talento y la maestría pianística del compositor e interprete que actuó en todos los grandes escenarios de la música clásica del planeta, incluyendo el Colón en Argentina.
   Esa actividad socio-cultural-musical lo llevó hasta las mazmorras del Proceso y lo decidió por el exilio. Como otros artistas de esos años, no solo argentinos sino latinoamericanos, terminó completando su carrera en París y cerrando los ojos allí.
   Sencillo y provinciano fue fiel a sus orígenes y acaso esa actitud ante la banalidad de la exposición y del discurso mediático opacó su quehacer y su presencia en el Olimpo de la fama y el brillo.
   Uno de los relatos que suelen citarse en primer término acerca de su vida y formación es aquel según el cual Estrella, que no tuvo piano propio en sus inicios, recorría casa de amigos para practicar en los tiempos en que inició su formación. Además de la ternura que puede inspirar esta circunstancia, prevalece la feroz fuerza de voluntad de ese muchachito que empolló un hombre tranquilo, sereno, pero de una incalculable capacidad de resistencia.
   Alguna vez leí que los torturadores trataron de romperle los dedos para que no volviera a tocar, hecho que no he logrado confirmar. Sin embargo, veo esas manos casi regordetas, livianas y gráciles, aun así, recorrer el teclado de lado a lado, de arriba abajo, y aunque soy una absoluta analfabeta musical no puedo dejar de pensar que, al niño tucumano, descendiente de inmigrantes, no podían quitarle la música, el ángel que lo habitaba había puesto sus alas en esas manos. Y aunque a veces su música quede como un aditamento de su preocupación humanística, fue el piano la herramienta y el arma de su lucha.
   En realidad, así como no sé nada de música tampoco creo en los ángeles, pero a pesar de ello, Don Miguel Ángel Estrella, que en gloria esté, como se solía decir.

                                                                  
_@_

martes, 22 de marzo de 2022

El que regala notas es un docente

Se puede dar por sentado que la vieja escuela secundaria, con su modelo disciplinar y de disciplinamiento ha sucumbido definitivamente. Algún día tenía que suceder. Ha cambiado el hombre occidental, ha cambiado la cultura, ha cambiado América Latina y ha cambiado, al menos en la superficie, este país de facilistas y conformistas simuladores de inconformismo. Así que, por necesidad y urgencia, tenía que cambiar la escuela de este país.
Para analizar y entender a grandes rasgos un fenómeno tan complejo es necesario revisar algunos aspectos que son marco y esqueleto de una institución social que fuera fundamental en la configuración de las superestructuras de este país en lo social, en lo cultural, en lo económico y en lo político. Una mirada por alguna bibliografía de los ochenta - noventa puede ayudar: libros como el de Filmus, "Estado, sociedad y educación en la Argentina de fin de siglo", o el de Adriana Puigrós, "Qué pasó en la educación en Argentina", para conocer la evolución del sistema como herramienta indispensable en la búsqueda de una identidad y una construcción ideológica de la nación. Naturalmente que esta nación ha sido puesta en jaque de continuo por los intereses de los poderes globales y podemos tomarnos la atribución de señalar que, en este país, sus gobernantes y su mismo pueblo han distraído su atención en las cuestiones económicas y de política internacional y han descuidado la mirada reflexiva sobre el sistema educativo, cuyo paradigma hizo crisis en la última década del siglo XX y estalló en la primera década del siglo XXI.
Una mirada clarificadora sobre esta silenciosa y enmascarada tragedia se puede encontrar en "El Banco Mundial, intervención y disciplinamiento. El caso argentino, enseñanzas para América Latina" de María Alejandra Corvalán, o en "La Educación según el banco mundial" de Coraggio y Torres. Estas lecturas nos inician en el carozo áspero de la manipulación de nuestra cultura académica y el planificado boicot a su calidad y a la autonomización intelectual e ideológica de nuestros docentes y nuestro estudiantado. Que el objetivo se ha conseguido con creces y que va a llevar años revertirlo lo prueban el estado atroz de las escuelas en Argentina, tanto primarias como secundaria, y no amerita que disimulemos la falacia de nuestra educación terciaria y ni aún de nuestras hoy debilitadas universidades.
Los resultados de las pruebas de evaluación estadística, llámense Fifa o como quisieran, han puesto en evidencia el desmoronamiento de un sistema educativo y de una cultura académica que fuera señera en América Latina y el mundo. La proliferación de mediocres, verticalistas y mojigatas escuelas privadas en abierta avanzada sobre la escuela pública testimonian los desencantos de una población que ya no encuentra en los docentes a los transformadores sociales de antaño y se refugia en los valores dogmáticos para garantizar a sus hijos un espacio en el tejido social que lo salve de la debacle, la marginación y les asegure un mínimo grado de oportunidades de punto de partida en una sociedad con todas sus redes degradadas y en continua situación de riesgo.
El abaratamiento social del rol docente, su carencia de autoridad intelectual, su incapacidad para elevarse como ejemplo ético, el vaciamiento innoble de contenidos, la búsqueda contradictoria, incesante y atolondrada de nuevos procedimientos en los procesos de planificación, selección y secuenciación de contenidos, los desorientados e inoperantes ensayos para conciliar tecnología y saber escolar, las dificultades de convivencia, la inoperancia de los roles jerárquicos, el palabrerío del modelo político y de la documentación teórica venida desde el estado, que intenta encubrir y disimular la debacle...: todo lo enumerado y/o lo que aquí no se reseña por sentido común y porque hay bibliografía y trabajos publicados en los medios que se ocupan de ello, son apenas el cordón de cirios olorosos de vacío, que velan el muerto vivo de la educación en este país.
Dentro de este panorama levantamos una pequeña y perdida pancarta para repudiar el caso de la docente regala notas. Porque ella, con su actitud seudohumanitaria, está siendo una herramienta utilísima en el paradigma del aplanamiento educativo que se han propuesto para nuestro país los que gobiernan el mundo. Traigo a colación una anécdota que contaba Luis Iglesias, maestro de maestros. Los docentes enterados saben que Luis Iglesias, autor de "La escuela rural unitaria", dio con sus ideas progresistas y contestatarias en medio de una escuela rural, así como otros dan con sus huesos en la cárcel, es decir, castigado.
En aquella escuela rural Iglesias quiso poner en práctica lo que para él era innovador. Y puso a sus alumnos a hacer huerta. Muy satisfecho con su tarea complementaria, con su sentido de apertura pedagógica no había mirado a su alrededor. Hasta que una mañana vino un padre a hablar con él. El hombre, peón humilde, cuya actividad era eso: sembrar, cuidar la cosecha, cosechar, acaso lo ajeno, le cuestionó a Iglesias la actividad complementaria. Contaba el maestro que el peón le dijo que él mandaba su hijo a la escuela para que el maestro le enseñara lo que él como padre no podía enseñarle, que sembrar y cosechar era lo que todos aprendía por allí casi desde que empezaban a caminar. Pero la escuela estaba para enseñar a leer y escribir, para darles la herramienta que estos hombres de campo no tenían y que el maestro dominaba.
Si, sabemos lo que dicen los filósofos de la posmodernidad: la escuela con sus enseñanzas sistemáticas es uno de los medios del poder. El maestro tiene poder, tiene el poder de abrir las puertas al conocimiento, al saber. El sistema ya entonces creía que el aislamiento, el exilio hacia el interior de la tierra nacional era una forma de castigo y de invisibilización. Y a veces lo era. Pero hay docentes que se hacen oír. Hay docentes innovadores y creativos en la construcción de la mente del alumno. Hay docentes que no se creen héroes, hay docentes que hacen autocrítica. Iglesias se cayó del árbol y puso en práctica la hora de escritura creativa, un espacio que reemplazó a la huerta, en el que los alumnos escribían y dibujaban lo que quisieran. Muchos años después Iglesias publicó una selección de aquellas producciones bajo el título "Viento de estrellas".
Es evidente que no se puede comparar esa experiencia pedagógica con lo que hizo la docente de marras y vamos a enunciar las razones:
-Lo de Iglesias fue una experiencia pedagógica, tuvo reglas claras que conciliaban la libertad creadora con el compromiso y la responsabilidad, el niño no hacía "lo que quería", aunque sí lo que podía.
-Iglesias nunca dejó de lado los contenidos escolares, saberes que esos niños necesitan para romper la burbuja de su aislamiento y sojuzgamiento social, tal como el padre aquel, tan lúcido y consciente le hizo ver.
-Iglesias no usó el cuaderno de la escritura creativa como subterfugio para perdonar o aprobar a un alumno que no había hecho la tarea o estudiado.
-Iglesias fue un modelo de trabajador: cuatro tomos de propuestas didácticas en "La escuela rural unitaria", novedosos juegos didácticos inventados por el propio maestro con los materiales más sencillos, reorganización didáctica y aprovechamiento de los espacios de aula, y lo que no alcanzamos a enumerar, lo demuestran.
-Iglesias apuntó a lograr un alumno pensante y emancipado.
-Iglesias nunca transó con el sistema y la ideología dominante de su tiempo.
Por estas razones ( aunque hay todavía más que no ha lugar aquí), Luis Fortunato Iglesias es el epítome de educador que nos permite desautorizar, como docentes que también somos, a estos maestros incapaces que aprueban alumnos oportunistas por comodidad y luego ofrecen sus logros sin logros a la viralidad de las redes sociales por narcisismo o por falta de conciencia.
Si miramos el caso de la jovencita que viene a rendir diciendo que no estudió, que no tiene carpeta y que no tiene libro, este lugar del alumno que usufructúa el rol de carenciado, es propio de nuestro tiempo porque ese joven sabe que se enfrenta, sí: se enfrenta, a un docente y a una praxis docente que es cualquier cosa, menos educativa, porque:
-Una alumna que no estudió debería tener una profunda vergüenza de presentarse a una mesa de examen. Si no es así, esta persona no ha internalizado un mínimo de una cualidad que le será fundamental para vivir consigo misma y con los otros: responsabilidad, compromiso, hacerse cargo. No hay leyes, sabe que puede hacer o no "lo que quiere".
-La joven es pobre e inmigrante, o sea que necesita más que los que tienen recursos aprender en qué mundo vive, salir de su burbuja social con una mente emancipada por el conocimiento. Los saberes de geografía referidos a su propia situación podrían hacer de ella una boliviana-argentina consciente y lúcida. Podrían, cuando alguien se los enseñe.
-No tener carpeta ni libro es un subterfugio, como lo es no considerar los contenidos que tiene que rendir: si no hizo carpeta a lo largo del año, ¿qué hizo? ¿no aprendió que los libros se pueden conseguir prestados, o en una biblioteca?
-Una docente trabajadora y estudiosa tendría que saber que puede hacer rendir a la alumna los contenidos utilizando el libro, por ejemplo, la clásica prueba a libro abierto. Y de paso ejercita lectura comprensiva y escritura creativa, que es lo que finalmente cree haber conseguido.
-El escrito de la joven tiene serios defectos de coherencia, habla de su vida cotidiana y de saberes que apenas le servirán para seguir siendo mano de obra barata. No hay ningún procedimiento que oriente la mente de la muchacha al pensamiento crítico, a hacer reflexión sobre su vida, su situación y su lugar en el mundo, lo cual sí se podría lograr si se trabajara con contenidos escolares.
-La docente adopta una salida de emergencia: que la alumna escriba cualquier cosa, y le da dos consignas que no responden a ningún principio, que no tienen ningún sentido, ninguna relación con lo que pudo haber hecho en el aula a lo largo del año. Permitir el desperdicio de un alumno, hoy, es transar con el sistema.
Es irrebatible la necesidad de incluir. La exclusión genera explotación, violencia, ignorancia, adicciones, delincuencia, pobreza extrema, incapacidad de los sujetos para desarrollar competencias sociales que les permitan pergeñar, al menos imaginar, un proyecto de vida y luchar por él. Pero incluir para lograr estadísticas tramposas, promover alumnos por piedad o solidaridad mal entendida es menospreciar la calidad humana de nuestros alumnos, es desconocer que ellos también pueden aprender, es negar que son sujetos libres e integrales, es prohibirles el acceso a su propia condición humana y condenarlos, de buenitos que somos, a ser la carnaza amasada de miseria material, intelectual y espiritual de que se alimenta este sistema perverso. Y yo, permítaseme usar la primera persona porque hace más de treinta años que estoy sola en esto, yo, no transo con eso, señora docente regaladora de notas.

-@-

viernes, 4 de febrero de 2022

Yo... y los otros

Decía Jean Paul...
   
   Hacía mucho calor esta mañana. La bicicleta ayuda a superar distancias en pocos minutos pero de todos modos siempre termino hiperventilando y empapada. El tránsito es difícil en la Villa, así que insulto como un gañán a los motociclistas y a sus motos y no miro más que mi propia sobrevivencia, por lo que si alguien saluda ni siquiera lo veo. Además, nunca he sido muy saludadora.
   Así que llego a un negocio de artículos tecnológicos y mientras tomo aire hago la cola con distanciamiento. La muchacha que está delante me saluda con sorpresa y simpatía: yo solo veo un enorme tapabocas negro y una hermosa cabellera rubia de grandes ondas naturales. Contesto apenas, porque siempre me molesta que me reconozcan desconocidos. Concluyo que debió ser mi alumna alguna vez, “allá lejos… y hace tiempo”.
   Reflexiono que debe ser una de tantas de las que en el aula ni me oían pero a la que la mayoría de edad les trajo de premio la nostalgia de la adultez por la hermosa y muerta adolescencia. No me recuerda a mi, recuerda a la muchachita que fue, aquellos sueños, aquellas risas, aquellos primeros amores y aquellas lejanas y tontas melancolías. Me he convertido en algo así como la vigilante de un portal que esconde los dulces y oxidados tesoros del ayer idílico.
   Acepto una “amiga” en facebook y la muchacha me regala un largo mensaje, en el que me recuerda como su profesora… etc… etc. Si bien el nombre puede resultarme familiar, llegué a tener familias completas de alumnos con el mismo apellido, no así el rostro. Concluyo que la vida y un toque de labial pueden funcionar como una máscara que oculta a la muchachita que fue mi alumna, tal vez.
   Cierto día voy a un evento cualquiera y una antigua alumna me dice que yo le había dado a leer cierto cuento de cierto autor al que siempre he relegado al limbo de los insufribles. Le señalo que seguramente lo leyó con la otra profesora de la institución, ella reconoce que es factible.
   Digamos entonces, sin que nuestra autoestima se sienta muy acongojada, que éramos un elemento más, indiscriminado y apenas sumatorio en medio de la masa de docentes que pasaron por la vida de esta niña sin atravesarla, sin impactar en eso que ella era por sí misma, sin necesidad de nosotros. Somos, para ella, si acaso, un recuerdo inventado de vaya a saber que representación de virtudes y defectos que no creemos ser.
   El ayer vuelve disfrazado de nostalgia pero no tiene mucho que ver con lo que tal vez fuimos y menos aun con esto que somos y aun en menor medida, si es posible, con lo que los demás creen haber sido mientras eran con nosotros.
   Lo que más me molesta de estas situaciones tiene que ver con el desentendimiento que nos enreda en una trama de nostalgia pegajosa en la que el otro (en este caso mi rol para ellas en aquellos días) era un algo que tenía que ver con ellas. Lo cual es engañoso y triste porque es igual a ese saludo que nos damos al cruzar una esquina: mecánico y ajeno, sin saber apenas quién o qué es el otro.

-@-

domingo, 30 de enero de 2022

El paraíso borgiano

   Cuenta Borges que fue empleado público en una biblioteca durante nueve años y que en todo ese tiempo fue profundamente desdichado. Durante el primer día clasificó cuatrocientos libros así que sus compañeros lo llamaron y le pidieron que no trabajara tanto porque el jefe se iba a disgustar con ellos. Desde entonces hacía el trabajo de bibliotecario en una hora y pasaba las otras cinco en el sótano, leyendo o escribiendo. Sus compañeros solo estaban interesados en “las carreras de caballos, los partidos de fútbol y los chistes verdes”.
   Escuchar este recuerdo desolado de Borges me llevó, cómo en un caleidoscopio a una etapa bastante amarga de mi propia experiencia: también tuve un empleíto público, pero me fui pronto, creo que apenas estuve unos seis meses. La democracia había empezado hacía muy poco y los políticos premiaban a los militantes con empleos públicos, nuestra burocracia que siempre había sido kafkiana, terminó de constituirse en el gigantesco pulpo incompetente que absorbe energía a la sociedad devolviendo apenas un mínimo de aporte con malos servicios y escasa atención.
   En la oficina en que estuve, una secretaria engallada en su miserable cargo ni siquiera te explicaba lo que tenías que hacer y un grupo de amables colgados como yo hacía gala de extraordinaria incompetencia. Solo había que copiar expedientes y notas que iban y venían en un absurdo sinsentido burocrático hacia la cúspide del mando principal y de allí de vuelta hacia la base de los últimos escalones del sistema.
   Un día, agobiado por la nulidad de una de las copistas, el jefe me pidió que redactara, no copiara, una nota que había pedido a las siete de la mañana y que, aquella muchacha, después de llenar el cesto de bollos de papel aun no había logrado concretar. Escribí la nota en dos minutos, con ese estilo florido de la poeta reprimida que agonizaba en mi perro destino y el hombre quedó deslumbrado.
   Una semana después fui a avisarle que había conseguido trabajo y que dejaba su benemérita oficina. El hombre me señaló las dificultades de trabajar en la docencia sin título y en el inhóspito interior del Chaco. Le agradecí, pero me fui.
   Cuando llegué al pueblito lleno de tierra y sol me di cuenta de inmediato que era como enterrarse en vivo en un limbo de soledad y silencio, pero me prometí no disimular quién y cómo era. No desnudé a la escritora que era, más que en las glosas que escribí para infinitos actos, casi nadie supo que yo hacía versos hasta que publiqué mi primer libro, pero mientras el chisme corría más caliente que el mate, yo pensaba versos.
   No quiero imaginar el padecimiento de Borges en nueve años. No puedo medir la profunda soledad en la que se habrá debatido durante todo ese tiempo. Por suerte el peronismo lo dejó sin trabajo y lo devolvió al lugar del que no debió haber salido nunca: su biblioteca.
   El mundo es un lugar muy inhóspito, hay que aprender a proteger el paraíso propio.


-@-

sábado, 4 de diciembre de 2021

Tierra mía

   Hace casi cincuenta años leí, y releí, “El mundo es ancho y ajeno”, una de las mayores novelas del llamado realismo regionalista o indigenista. Tal vez en lo primero que se piensa ahora es en la clasificación un poco prejuiciosa, y tal vez despectiva, que espero no siga teniendo vigencia, aunque no es mejor la mirada compasiva y monjil que se le suele dar a la tragedia latinoamericana por parte de los que reflexionan, o dicen hacerlo, sobre ella. Esta obra es la tercera y última novela de Ciro Alegría y fue muy leída en los años sesenta, en la actualidad no tengo datos. Es un relato de despojo, que son los temas del interior de América Latina, de los desalojos, de la expulsión de los dueños naturales de la tierra a manos de los que se aprovechan del mucho o poco poder que ostentan para arrebatar, con violencia, los lugares en los que los pobres sobreviven, producen y construyen el mundo que los pícaros solo ven como recurso y fuente de riqueza material.
   Recuerdo de aquella novela una prosa musical, como casi toda la literatura de América Latina hasta el boom, que llevó al máximun esa cualidad del lenguaje en las literaturas nacionales. Recuerdo escenas dolorosísimas como la expulsión de los originarios de sus territorios a manos de un usurpador, la explotación de esos desplazados en la selva amazónica extrayendo caucho para las florecientes industrias automotrices y las tragedias personales de los mismos sufriendo escalofriantes accidentes en el proceso de manipulación de la famosa goma del caucho.
   Recuerdo la impotencia de mi espíritu juvenil ante la escandalosa injusticia, la maldad de los ambiciosos, su impunidad. Recuerdo el descreimiento hacia los vanos consuelos de los creyentes en cualquier credo que esperan que su dios arregle lo que los hombres organizaron como una máquina precisa de despojo, explotación y descarte de los humanos que quedan bajo las plantillas de los poderosos. No pude desde entonces dejar de relacionar la ceguera y mendicidad en que termina el personaje principal, símbolo de un colectivo expoliado y devaluado, con un obrero de la fábrica “La Chaqueña” que padeció la explosión de un tanque de tanino hirviente sobre su cuerpo y falleció dejando una viuda y tres huérfanos, aunque en este caso debió haber una pequeña pensión para la mujer… quiero creer. Era una realidad que teníamos ante nuestros ojos y que parecía que nadie era capaz de ver.
   De pronto, hoy, a más de cuarenta años de aquella lectura, de aquel llanto impotente al que me arrastró el desnudamiento de las verdaderas raíces de nuestra América, raíces empapadas en sangre, hediondas de miseria, temblorosas de martirio, que siguen nutriendo un mundo “ancho y ajeno”. Porque nada ha cambiado, los desalojos violentos de los pobres y olvidados por el sistema se repiten ante las cámaras como un espectáculo, como una película, sin que los gobernantes asuman su obligación de actuar para que haya justicia, para que cada uno tenga un lugar donde armar un refugio, sostener un quehacer, criar hijos y darles alimento, salud y educación.
   Me pregunto, ¿de qué ha servido nuestra vida si solo hemos predicado en el desierto por la justicia, los derechos y el compromiso por un mundo mejor? Porque vi como el municipio de Sylvina arrasaba la precaria vivienda de una niña que fue mi alumna alguna vez y que lloraba el arrasamiento con un niño en brazos; vi las imágenes del desalojo, escandaloso, insultante para la condición humana, de los sin techo, cientos de desamparados del sistema sacados a fuego y balas de Guernica o de asentamientos aborígenes en la Patagonia o en Jujuy, o la ley “Zavala-Riera”, que convierte en crimen las ocupaciones de tierra en Paraguay y que está justificando los atroces desalojos a comunidades paraguayas en este mismo momento en favor de terratenientes latifundistas, para quienes no rige ninguna ley.
   “El mundo es ancho… y ajeno” todavía hoy, con tanto engañoso progreso. Porque mientras Elon Musk padece por la posible quiebra de su empresa de turismo espacial, aquí hay humanos, seres pensantes y sintientes como cualquier humano, que quedan fuera de todo margen del mundo inventado para unos pocos. Seres expulsados de su condición humana, no ya solo de un pedazo mínimo de suelo.


https://www.clacso.org/rechazo-a-los-desalojos-a-comunidades-campesinas-e-indigenas-en paraguay/fbclid=IwAR3_TrdaprMkomtA2NDdDd2Txj8z2pyoo9ZhEoW9yJx6QjstslVu_-qoq7w

-@-

domingo, 1 de agosto de 2021

El poeta chaqueño

   En los inicios sádicos del Proceso hubo como un reflotar del modelo nacionalista militarizado, de aquella teoría de la defensa de la integridad territorial (que trajo la nefasta aventura de Malvinas como consecuencia) y de la identidad nacional representada en esa vaga y tan discutida noción del “ser nacional”.
   En las escuelas no teníamos mucha conciencia, porque los docentes venían de una caótica primavera democrática con la que se habían impregnado los corazones esperanzados de un pueblo ingenuo y adolescente, como seguimos siendo, al que le llevó muchos años despertar a la realidad del baño de sangre a que sometió el gobierno militar a la población argentina, sobre el que se ha construido una grieta infame y lastimosa.
   Dentro de este panorama, algún día de esos, el Director, nuestro siempre bien recordado Orlando Eloy Cuesta, me pidió que escribiera un texto sobre la invasión fluvial de Paraguay a la zona de Isla del Cerrito durante la Guerra de la Triple Alianza. No se explicó mucho, nunca me había imaginado que los paraguayos, pueblo vecino y muy cercano a nuestro corazón por su música maravillosa, habían sido alguna vez enemigos nuestros.
   Busqué algo en mi fiel diccionario Mentor y en base a esa mínima información escribí dos o tres hojas, de las dos caras, o sea, unas cinco o seis cuartillas (……) y se las entregué. Un tiempo después el Director, me comentó deteniéndose junto a mi banco, mientras yo borroneaba la tarea de plástica que nos había encomendado, y me dijo que había conseguido mención de honor y que no tuvimos el primer premio porque había un error histórico (yo no tenía idea de sobre qué estaba escribiendo y espero que aquel engendro se haya perdido en la noche de los tiempos). Él estaba exultante al contármelo.
   Unos días después luego de izar la bandera me hicieron entrega del premio: el ministerio había enviado dos libros de autores chaqueños: “Donde mueren los sueños”, de Simón Nusblat y “Tierra ceñida a mi costado” de Aledo Luis Meloni. 
   Ese día empezamos con Aledo un noviazgo muy largo.






_@_

Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...