viernes, 17 de junio de 2022

Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal vez amar  y desamar. El amor es uno de los tópicos de la literatura. Ni hablar de la literatura española en la que las escritoras religiosas escriben sobre el amor más ardoroso y carnal imaginable achacándoselo al espíritu santo, como Santa Teresa de Jesús:

“Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento;
por él renuncia todo lo criado,
y en él halla su gloria y su contento.
Aun de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.”

   Pero ella habla del buen amor, dirán, es amor místico, el amor religioso, el amor a Dios. Durante siglos hemos aceptado ese subterfugio y lo dejamos estar, pero aun así nos preguntamos ¿cuál es la diferencia entre el miserable amor carnal y sus laceraciones sobre nuestra vida y el amor que padecía la santa dama ésta? Sino, porqué repite en un puñado de estrofas en otro poema el mismo retintín desesperado:
“Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.”

   Bueno, dejémoslo así. Si miramos en América, veremos que Sor Juana Inés, la rebelde hija natural, la que quería ser erudita y no cortesana, es más franca:

“Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.”

Esta es la primera estrofa de uno de sus sonetos en el que la dama ha dado final a la relación y el galán desespera sin entender el porqué. En otro poema relata:

“Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.”

Y concluye con una reflexión que, dado el caso, no suele servir de consuelo:

"No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?"

   Naturalmente, me gusta más Doña Juana Inés, es más franca, es más cercana a cualquiera que no haya protegido con oraciones y encierros los pliegues sensibles de su alma, corazón o cuerpo, como mejor lo veas. Es una mujer que estuvo inmersa en los aromas y texturas de su tiempo y anduvo, solo ella lo supo hasta dónde, por esos tibios y misteriosos senderos de la vida donde el amor te atrapa, te apalabra y te entrega, carne de tragedia, a las miserias de su desamparo.
   Siempre es difícil mostrar al mundo esa parte de la vida que llamamos intimidad, entonces el humano inventó la poesía. Después inventó otras cosas, pero eso no nos incumbe. Se suele considerar que fue el Romanticismo el movimiento que se especializó en la expresión de lo íntimo y nuestra lengua tal vez sea Bécquer quien le dio su mejor voz, aunque es probable que el muchacho del bigotillo haya perdurado más por su poder de innovación que por sus mieles.     Sin embargo, no hay época ni movimiento, desde el latín romano hasta hoy, que no haya tocado el tema. Y esta es la ocasión de recordar a Catulo, cuyos antecedentes en lengua griega están encabezados por la lésbica Safo.

“Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.”
(Catulo, Poeseías, 85)

   Dice Catulo, que cantó a los caprichos de Lesvia y así perduró a la caída del Imperio y tuvo más glorias que los guerreros y emperadores que soñaron eterna a Roma. Los desencuentros con su amada lo hicieron sufrir, pero el poeta no dejó de amarla por ello:

“Tan enredada está mi razón, mi Lesbia, por tu culpa
y por seguirte a ti está tan perdida,
que ya no podré estimarte por muy bien que te portes
ni por muy mal que te portes dejaré de quererte.”

   Es que amor y desamor no son en la mirada literaria, más que dos caras de una misma moneda, aunque lamentemos tener que usar el lugar común.
   Probablemente entre los poemas de desamor más hermosos se pueden citar los Jorge Luis, caballero sin espada que no fulge por su prosa lógica y reflexiva y su narrativa precisa y clara, pero que en poesía, fino y delicado llegó a expresar el desamparo amoroso como muy pocos (personalmente, no conozco otro mejor). Y para muestra, valga la estrofa final de uno de sus sonetos:

“……
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.”

   Han cambiado las formas, no tengo idea de como aparecen estas cuestiones en los nuevos géneros expresivos, desde la poesía (encontré recetas en la web, algunas en broma y otras con propuestas que pretenden ser serias, pero dan más risa que las humorísticas) en la cumbia villera o el rap y esas cosas, géneros estéticos que no frecuento.
   Pero sí ando imbuida de músicos y poetas que para los jóvenes son de museo y encuentro que al final, siempre decimos lo mismo, escribir sobre el amor (tal vez pase también con otros tópicos, como el sentido de la vida, aquello de “Los ríos que van a dar a la mar”) y les he dado esta cháchara porque me detuve en una canción de Nicola Di Bari, de hace cuatro décadas, tal vez y la forma en que la interpreta un youtuber unos años después y hace ya unos años. Hay una mirada, algo sesgada del cantor que indica que se la está cantando a una persona en especial, no es solo un ejercicio artístico lo suyo, es un mensaje con destinatario. Así que me dije: “Catulo se reencarna en cada tiempo para padecer cada vez, nuevamente el mismo tormento”.
   Escuchemos esto y releamos los viejos y olvidados poemas que atravesaron nuestra vida en un tiempo en que fuimos jóvenes, frescos e inconscientes, tanto como para dejar que el amor nos crucifique con sus espinas. Y tan simples como para escribirles nuestros pobres versos.



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Autores citados, por orden de aparición:
Santa Teresa de Jesús o Teresa de Ávila
Sor Juana Inés de la Cruz
Gustavo Adolfo Bécquer
Catulo
Safo
Jorge Luis Borges
Nicola Di Bari

domingo, 12 de junio de 2022

Las niñas, los niños, las niñeces II



   Es noticia, hoy y por unos días, la muerte de un hombre pobre por los efectos del frío extremo (para nosotros, seres tropicales, habituados al sol escandaloso y las noches escaldadas, este es un frío extremo). Es menos noticia la muerte de un niño wichí a causa de la desnutrición. Y ni siquiera habrá un pequeño mensaje de los gobiernos locales, provinciales, nacionales, para ocuparse de una cuestión que empezó hace trecientos años (en el Chaco), y sobre lo que no se toma casi medida alguna, puesto que los que se ocupan suelen ser en general organizaciones humanitarias o agrupaciones que aportan caridad, pero no tienen la suficiente potestad para modificar las terribles situaciones de los marginados del sistema.
   Hace un tiempo, solían pasar por mi puerta dos niñitas, limpias, arregladitas, gentiles. Preguntaban si yo “tenía algo” …. No entendía que realmente querían o si querían vender alguna cosa… Hasta que ampliaron la frase diciendo “si no tenía algo para comer”. Casi nunca tengo comida que sobre, no suelo tener ni para un sándwich, la comida ha sido siempre la parte esforzada de mi vida: aderezar comida, aprender lo que tenía que tener en la casa para asegurar la subsistencia de mis hijos, organizar la economía para que la comida alcance a fin de mes… fue un aprendizaje mucho más difícil que conseguir los pergaminos académicos que guardo en un cajón.
   Estas nenas estaban bien vestidas, tenían la piel limpia y tersa de niños bien bañados, habían salido arregladitas para dar buena imagen y caer lo suficientemente bien para que alguien se sienta solidario y les entregue algún óvolo de bondad. Lo vi como una representación. Cómo podían tener ropa flamante y no tener comida era una contradicción.
   Recuerdo que cuando salieron los planes sociales “Trabajar”, que alguno aun recordará, se cobraban en el banco, las colas comenzaron a hacerse fatigosas para los que trabajábamos todo el día y empezó ese discurso reclamante sobre el merecimiento de dichos beneficios y los cuestionamientos sobre los beneficiarios, el uso que le daban a los recursos, el impacto que se lograba sobre los segmentos más carenciados, que, según los observadores resentidos, no era el esperado.
   Había ejemplos “a carradas”, como suele decirse: la esposa del productor de soja, que venía a cobrar el aporte en camioneta cuatro por cuatro, su cimbreante y esbelta figura enfundada en un jean que costaba la mitad de mi sueldo, el constructor albañil, que tenía peones a cargo, pero al no estar registrado figuraba como desocupado con familia numerosa, la señora que salía del banco y caía en “María I” (la tienda más surtida de las de tercera categoría en el pueblo) y luego pasaba por la farmacia por tintura para el pelo, esmalte de uñas y esas cosas. Recuerdo que el albañil que trabajaba en casa se quejó amargamente de que su esposa e hija cobraban los planes y lo gastaban todo “en perfume”.
   Después el recurso social de los planes se complejizó y armó un tejido en el que se entrecruzan varios hilos: lo social, lo educativo, lo sanitario, lo que replantea valores morales y sistema de creencias que apuntan a lo identitario personal o social. Lo cual demuestra dos cosas: que todo estaba muy planificado y que tenía un fin más político que humanitario. Ya sabemos que la política es la menos humanitaria de las disciplinas y haceres.
   Es evidente que había dinero para planificar y lograr un impacto social de relevancia que mejorara los niveles de vida facilitando el desarrollo de oportunidades a partir de buena alimentación y una formación académica de base que facilitara la autonomía y la capacidad para pensar por sí mismo. 
   Pero el modelo desde el inicio, desde las “Cajas PAN” del alfonsinismo, hasta el último beneficio de la actualidad solo tienen un fundamento que lo sustenta: conseguir votos para mantenerse en el poder y libar de las mieles económicas, narcisistas, de clase, etc., que el mismo facilita. Para ello apuntaron a un objetivo repugnante, porque es inhumano: el consumo. En una ocasión, el doctor Favaloro dijo “decidieron comprar teléfonos y no salud”, refiriéndose amargamente a la decadencia del sistema de salud. Después ya no habló, se pegó un tiro, para no seguir batallando en vano. En tanto el país se llenó de teléfonos celulares, de motocicletas, de ropa china.
   Mientras tanto se descuidó la seguridad nacional, se miró hacia el costado para no asumir el problema de la corrupción que nos transformó en menos de una década en un país narco, para ver como población en riesgo a los habitantes de los bordes, de las ciudades, de las provincias, de las regiones. Se persigue a sangre y fuego a colectivos de familias que buscan un rincón donde asentarse, se olvida como siempre a pueblos de originarios o de zonas rurales arrinconadas por la deforestación, las minas, la soja, y se los deja a merced de la enfermedad, la desnutrición y la muerte, los planes no han llegado a quienes no tienen documento, los que no existen… Y fatiga seguir…
   No debe ser difícil organizar un sistema de asistencia en el que los gobernantes no se roben la leche para los desnutridos y los beneficiarios no elijan priorizar la ropa y la buena presencia en vez de una adecuada alimentación para los niños, un sistema que actúe cuando se les avisa que en una esquina de la ciudad un prestamista retiene tarjetas a sus “beneficiarios” a cambio de créditos ilegales… Y fatiga seguir…
   De todos modos, aunque yo acá escriba este descargo, en el norte, ese borde entre Chaco y Salta, se murió otro bebé wichí, desnutrido. No sé si tenía nombre.

                                                                         La imagen fue tomada de la web.


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viernes, 10 de junio de 2022

Las niñas, los niños, las niñeces

 


   Hay un par de hermanos franceses que está siendo éxito en Latinoamérica con miles de espectadores en teatros y multitudes que los esperan al menos para verlos. Empezaron siendo muy pequeños bajo la guía de su padre, un hombre sencillo de origen coreano, aunque eso parece solo racial y nada cultural. Ese papá que dicen trabajaba de cartero, es, por lo visto un melómano que domina un montón de instrumentos e inició a los pequeños desde muy temprano. Casi todos los comentarios alaban calurosamente a la niña que es muy dulce y graciosa y a veces algunos señalan las gracias del muchachito. Ambos son hermosos, dulces y muy avispados y este momento están entrando vertiginosamente en la adolescencia.
   Conozco otro par de hermanos, que sospecho han resultado de la inspiración que los anteriores sembraron en más de un padre, seguramente. Estos son latinoamericanos, su padre es un músico YouTuber con muchos seguidores. El canal de los hermanitos tiene también muchos seguidores. La niña es unos añitos mayor que el muchachito y al igual que en el anterior se lleva más elogios que este. Sin embargo, el pequeño, que no debe superar los siete años y empezó un poco trabado en sus intervenciones se lo ve ahora muy suelto y entusiasta.
   Hay otros niños trabajando en internet, pero estos son los que más conozco. Y digo trabajando porque los vídeos son monetizados y porque en alguna parte he leído sobre los niños de Hollywood y el usufructo que hizo la industria del cine de los niños que llegaron a ser estrellas, como el caso de la icónica y legendaria Shirley Temple. A algunos de esos niños, Hollywood, los adultos que rodeaban al niño en ese marco de la producción del espectáculo, los que debieron cuidarlos, los usaron, los explotaron y los arruinaron, en vez de protegerlos y mediar para que dicho quehacer, con su impronta de dinero a paladas y culto al yo, no los destruyera. Pero pudo más el ansia de figuración y el hambre de dinero fácil.
   Hace un tiempo leí en alguna parte que en el caso de los niños franceses los padres habían rechazado la producción de un documental sobre el talento y la carrera en las redes de sus niños y que fundaron su negativa en el deseo, sano, de que los chicos tuvieran una infancia normal. Pero los niños crecen, talvez fueron ellos mismos quienes quisieron salir a la palestra, hacer gala de su talento y cosechar de paso el aplauso y los réditos de años de formación musical, de ensayo, de sueños que fueron chiquitos y ahora los abrazan y sobrevuelan.
   Veo estos (y otros) niños cantores y pienso que ojalá crezcan seguros y felices, que esta extraña infancia que les tocó no les depare ningún daño. Es de esperar que estos padres sean más conscientes y menos ambiciosos, que por sobre las mieles del éxito sobrevuele el ala protectora del amor, y sobre todo de la responsabilidad para con el futuro adulto que deberá sobrellevar sobre sus hombros psicológicos las cargas de esplendor y gloria que ahora se les están echando encima.
   También está la mirada positiva con que se podría ver el suceso de los niños en las redes, tal como fue hasta hace poco el de los niños en la televisión o el cine: la oportunidad, la participación dichosa y entusiasta que lucen en los vídeos, la felicidad de ser niños que pueden cantar, reír y llevar arte y ternura a gran parte de esta tierra tristemente asolada en tantos lugares donde los niños sufren.
   Visto así, es de agradecer que haya niños que crecen en hogares donde se hace música, se pintan cuadros, se leen libros. Esos niños salvan a la humanidad, al menos ahí, donde están iluminando la vida con su brillo de estrellas.




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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...