viernes, 10 de junio de 2022

Las niñas, los niños, las niñeces

 


   Hay un par de hermanos franceses que está siendo éxito en Latinoamérica con miles de espectadores en teatros y multitudes que los esperan al menos para verlos. Empezaron siendo muy pequeños bajo la guía de su padre, un hombre sencillo de origen coreano, aunque eso parece solo racial y nada cultural. Ese papá que dicen trabajaba de cartero, es, por lo visto un melómano que domina un montón de instrumentos e inició a los pequeños desde muy temprano. Casi todos los comentarios alaban calurosamente a la niña que es muy dulce y graciosa y a veces algunos señalan las gracias del muchachito. Ambos son hermosos, dulces y muy avispados y este momento están entrando vertiginosamente en la adolescencia.
   Conozco otro par de hermanos, que sospecho han resultado de la inspiración que los anteriores sembraron en más de un padre, seguramente. Estos son latinoamericanos, su padre es un músico YouTuber con muchos seguidores. El canal de los hermanitos tiene también muchos seguidores. La niña es unos añitos mayor que el muchachito y al igual que en el anterior se lleva más elogios que este. Sin embargo, el pequeño, que no debe superar los siete años y empezó un poco trabado en sus intervenciones se lo ve ahora muy suelto y entusiasta.
   Hay otros niños trabajando en internet, pero estos son los que más conozco. Y digo trabajando porque los vídeos son monetizados y porque en alguna parte he leído sobre los niños de Hollywood y el usufructo que hizo la industria del cine de los niños que llegaron a ser estrellas, como el caso de la icónica y legendaria Shirley Temple. A algunos de esos niños, Hollywood, los adultos que rodeaban al niño en ese marco de la producción del espectáculo, los que debieron cuidarlos, los usaron, los explotaron y los arruinaron, en vez de protegerlos y mediar para que dicho quehacer, con su impronta de dinero a paladas y culto al yo, no los destruyera. Pero pudo más el ansia de figuración y el hambre de dinero fácil.
   Hace un tiempo leí en alguna parte que en el caso de los niños franceses los padres habían rechazado la producción de un documental sobre el talento y la carrera en las redes de sus niños y que fundaron su negativa en el deseo, sano, de que los chicos tuvieran una infancia normal. Pero los niños crecen, talvez fueron ellos mismos quienes quisieron salir a la palestra, hacer gala de su talento y cosechar de paso el aplauso y los réditos de años de formación musical, de ensayo, de sueños que fueron chiquitos y ahora los abrazan y sobrevuelan.
   Veo estos (y otros) niños cantores y pienso que ojalá crezcan seguros y felices, que esta extraña infancia que les tocó no les depare ningún daño. Es de esperar que estos padres sean más conscientes y menos ambiciosos, que por sobre las mieles del éxito sobrevuele el ala protectora del amor, y sobre todo de la responsabilidad para con el futuro adulto que deberá sobrellevar sobre sus hombros psicológicos las cargas de esplendor y gloria que ahora se les están echando encima.
   También está la mirada positiva con que se podría ver el suceso de los niños en las redes, tal como fue hasta hace poco el de los niños en la televisión o el cine: la oportunidad, la participación dichosa y entusiasta que lucen en los vídeos, la felicidad de ser niños que pueden cantar, reír y llevar arte y ternura a gran parte de esta tierra tristemente asolada en tantos lugares donde los niños sufren.
   Visto así, es de agradecer que haya niños que crecen en hogares donde se hace música, se pintan cuadros, se leen libros. Esos niños salvan a la humanidad, al menos ahí, donde están iluminando la vida con su brillo de estrellas.




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