domingo, 26 de enero de 2020

"Música vana"

   Escucho, en una entrevista, decir a Borges que le parece que a la poesía "El grillo" de Conrado Nalé Roxlo él nunca la entendió. Y analiza los elementos lingüístico-literarios del famoso soneto, señalando algo así como el absurdo de esos elementos. 
   Señala, por ejemplo, que decir que el grillo ve "una copa de oro" donde hay un espinillo y "porcelana" en el cielo, es algo que no se justifica, porque si lo ve con ojos de grillo es seguro que el grillo no es capaz de percibir esa realidad, no se si lo dirá por la pequeñez del grillo o por su irracionalidad. 
   Es aceptable que un poeta como Borges no comulgue con una poesía barroca, o, mejor aún, simbolista, modernista, que carga de sentidos elementos decorativos y lujosos, una corriente literaria que se distinguió por su artificiosidad, por su decorativismo. Pero denostar un soneto profundamente musical y expresivo como este, es signo de mezquindad intelectual. 
   En los últimos tiempos estoy siguiendo las charlas, reportajes y conferencias del frustrado premio Novel y le empezaba a tener respeto cuando me encontré con un reportaje muy interesante que le hizo Antonio Carrizo, en algún programa de años ha. Borges hablaba maravillosamente, sus conferencias son verdaderas obras de arte y su estilo clásico para recitar poesía, declamándola con su voz cascada y acuosa, es conmovedor, emocionante, aunque lo haga en idiomas que nos son extraños.
   Esta admiración que empecé a construir cautelosamente se tambaleó al escuchar esa crítica de mala fe, porque teniendo en cuenta lo que Borges sabía de poesía es obvio que su interpretación no está condicionada por su ignorancia de los recursos líricos, por su falta de competencias para interpretar metáforas, personificaciones, alegorías, por ejemplo, sino que su posición se arrincona en la terquedad del que no acepta los otros puntos de vista, o en este caso los estilos diferentes de hacer poesía. 
   Tal vez Borges, en ese encierro en el que él mismo cuenta que creció y vivió, perdió de algún modo la sensibilidad del tercer ojo, del que hablan los esoteristas, y cuando salió a caminar las calles de Buenos Aires ya no fue capaz de identificarse con un grillo, anónimo y solitario, siendo Borges casi tan solitario como lo era el grillo que se aguantó entre los pastitos esta afrenta y nunca salió a aclarar el malentendido del mitológico bibliotecario.
   La mayoría somos capaces de reconocer que ver como un grillo, o que el grillo vea como un humano, es algo absolutamente posible en poesía. Asumir que la poesía no tiene otra finalidad que ser pura expresión, ser "música vana", es un derecho que hay que otorgarle. Algo que Borges, encerrado en su intelectualismo, no logró entender, parece. Porque, aparte de Borges, no creo que haya alguien que no se conmueva con esta maravilla:



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domingo, 19 de enero de 2020

La cierva de Borges

   Habré  tenido dieciséis años cuando alguien, Elsi Gorostizu casi seguro, me alcanzó "La rosa profunda" de Jorge Luis Borges. Y era Elsi la que me lo prestó porque ahora recuerdo que me señaló uno de los poemas en especial cuyo verso más citado dice: "soy los que ya no son" el cual tiene el título en inglés (All ouer yesterdays) y que no alude a la interpretación que Elsi intentó contagiarme (respecto a su clase social en decadencia -la de Borges-) sino que habla más bien de sus antepasados sajones y la literatura que les permite evocarlos y que él estudió con amor. 
   Siempre he estado distanciada de esas interpretaciones referidas al discurso, explícito o implícito, de una clase social que canta sus glorias o su decadencia, pero si me apasiona la memoria de un tiempo heroico, maravilloso, en el que la poesía era la forma mágica con que los pueblos archivaban en la memoria las bellezas de sus hazañas, la magnificencia de su cultura, el encanto de sus creencias, la manera de percibirse en el mundo. Creo que Borges alude a ello en esa poesía. Pero esto lo supe mucho después.
   De ese libro recuerdo mucho más el infinitamente citado "Los libros y la noche" y en especial uno, que me pareció maravilloso, en el que el poeta relata un sueño que tuvo en el que una cierva blanca cruzaba ante sus ojos, Borges en sus sueños no era ciego, y que le dejó una dulce sensación lírica que le duró en la vigilia, y tanto que escribió un poema en el que mostraba su extasiada mirada de ensueño sobre la cierva que lo encandiló durante unos segundos y le mostró su propia vida sintetizada en esa imagen efímera: su propia vida, tan fugaz, deslumbramiento efímero. 
   De todo un libro suelen quedarnos pequeños hilos, ideas, a veces casi nociones y en los textos excepcionales alguna frase. Cuando pienso en Borges no logro recuperar ni las peripecias ni los sentidos, siempre crípticos, de sus cuentos. Y tan poco me gustan sus cuentos, tan poco me conmueven, que él único desacuerdo que llegué tener con Alfredo Veiravé fue a causa de mi insensibilidad frente a la tragedia de Ema Sunz, cuento que tuve que analizar como tarea universitaria. 
   También, alguna vez hemos compartido nuestros diferentes puntos de vista sobre la obra del Homero argentino con René Sanchez que definió la poesía de Borges como "ripiosa" en ciertas ocasiones. Tal vez haya ripios en sus versos, no creo haberlos leído todos, pero a veces basta con un poema para apreciar la profundidad de la lírica de un poeta. En el caso de Borges ninguno de sus cuentos, los cuales parecen pensados en inglés y escritos en un proceso de traducción instantánea al castellano, puede alcanzar el vuelo de aquel verso: "A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires".
   Tengo la impresión de que Borges en poesía es el único género en que es hispanoparlante.  Y es en español que avistó la esencia de su propia vida: lo efímero y parcial de la existencia de un hombre que ve un solo lado de aquella "cierva blanca de un sueño". Mucho tiempo me duró la resonancia de ese verso, que parece un acto fallido de la inspiración de este ciego exótico y triste que creo recién ahora empiezo a comprender. 
   La cierva de su vida se le siguió escapando unos veinte años más, pero Borges ya había accedido, probablemente a la calma de quién entiende, sabe, que la vida, misteriosa ensoñación, salta frente a nosotros y se apaga dándonos, apenas, a algunos, la pequeña oportunidad de un sueño, o un verso.
    Rara vez, las dos cosas.

Imagen tomada de la web

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sábado, 18 de enero de 2020

Mi amiga Pochi

   Un día entré a comprar alguna revista, después empecé a llevar, al fiado, el diario de los domingos. Y con el tiempo me atraparon las colecciones de literatura, o de arte, o de música. Gracias a su quiosco y su paciencia recuperé los temas musicales de mi adolescencia con aquella magnifica colección de la revista Noticias. Y durante bastante tiempo fui la única lectora incondicional de "Ñ".
   No todo fue romance entre nosotras: hubo un largo verano en que decidió no traer al diario de los fines de semana porque no se vendía y no ameritaba el esfuerzo de traerlo para una sola lectora en cincuenta kilómetros a la redonda.
   Pero el resarcimiento fue generoso: ella fue la gran vendedora de mis libros para el pueblo y la colonia de aquel rincón perdido donde transcurría nuestra vida y nuestra relación circunstancial que de a poco se hizo amistad.
   Fue una amistad pudorosa y calma, matizada de charlas de ocasión: mis visitas tenían como objetivo adquirir lectura y su atención incluía la charla circunstancial. No podría retomar aquello de lo que hablábamos, ha pasado mucho tiempo y es seguro que eran charlas ocasionales, sin demasiada pulpa, pero en las que nos demorábamos con amistosa coincidencia dentro de los lugares comunes de las mujeres: los hijos, los vestidos,las costumbres.
   Me gustaba su estilo de señora tipo de familia tipo, aquella belleza no vistosa pero si delicada: una piel muy blanca y dos ojos muy celestes cuya luminosidad se exaltaba con el delineado negro. Prolija ama de casa, aplicada madre y esposa, patrona poco paciente con la torpeza de sus vendedores, suplía las probables carencias de su educación con el pulimento de las buenas costumbres. 
   Mi amiga Pochi se murió sin avisar, sin razones tal vez. Me quedo mirando el cielo, querida Pochi, en el que seguro creías, y veo un lucero inmenso como un ojo dorado sobre el horizonte de techos y copas verdes, un lucero inmenso y dorado que me saluda con el brillo tranquilo de tus ojos celestes.


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lunes, 6 de enero de 2020

El cuento de la muchacha más linda del mundo

   Hubo un día en que conocí a la chica más linda del mundo. No estoy segura de que haya sido la chica más linda del mundo para todo el mundo pero si lo fue, desde ese día, para mi.
   Ella estaba sentada en la tribuna de la cancha de basquet de Progresista (el club de la Villa en el que teníamos las clases de educación física). Fumaba un cigarrillo con una especie de furia precisa y seca, apretando el tubito de papel con dos deditos de uñas muy cortas, como siempre las ha sabido llevar y apretando los labios, con severa concentración.
   Ese día había acompañado a su prima, que era nuestra compañera de promoción, y se aguantó el deplorable espectáculo de nuestro entrenamiento con distante paciencia, mirando lejos, tal vez avizorando la burbuja inasible de algún sueño. Al otro día le comenté a una compañera de curso que el día anterior había visto a la chica más hermosa que uno podía imaginar.
   El año siguiente después de un cursillo de ingreso en el que aprendí a dormir sentada y unos exámenes que superamos apoyadas en las pacientes lecturas de la estudiosa María Mina, ingresamos a la carrera de Letras en la, para nosotros mitológica, UNNE y empezamos a mirar el mundo desde los negros y alegres ojos de Alfredo Veiravé. En algún recreo, la chica más linda del mundo estaba haciendo unos garabatos en la pizarra envuelta en un vestido paisano que nunca más,después de ese día, se lo volví a ver.
   En esa primera, o segunda semana, María Mina incluyó entre los pasajeros de su Peugot a una chica que cursaba con nosotros,y que venía de nuestro mismo barrio. Era ella. Vivía a pocas cuadras de mi pensión y era una mezcla de princesa y Virginia Wolf. Era deslumbradora y alegre, sencilla y complicada.
    Podías no ver muchas cosas pero no podías ignorar el encanto inimitable de su enorme sonrisa. Los ojos de los muchachos caían arrobados a la sombra del meteorito frente al deslumbramiento de aquella sonrisa. En verdad la Villa entera supo iluminarse con la luz de esa sonrisa en aquellos carnavales de antología que la tuvieron de reina.
   Pero ver solo la sonrisa era un equívoco. Además de la sonrisa, ella tenía una grata y, a veces sesuda, a veces divertida, a veces las dos cosas, conversación. Traía también en su bagaje saberes y cuestionamientos que hasta entonces yo no había compartido con nadie y que pude charlarlos con ella. Ser reina de belleza no le quitaba la preocupación filosófica y no interfería en su delicada sensibilidad. Como a todas las bellas sensibles e inteligentes a veces le daba escozor que solo vieran en ella la "cara bonita". Lo que le molestaba de eso, al margen de que el halago le daba cierta satisfacción, era la chatura del lugar común.
   Caminando las veredas de Resistencia, compartiendo la frescura y los altibajos de las amistades comunes hallamos, ambas, un espacio pleno de coincidencias: lecturas, música (la maravillosa "Serenata del amor callado" de Daniel Altamirano), confidencias y esa perspectiva sobre la vida que se inscribía entre el asombro y el desencanto, o la disidencia, según los días. También teníamos en común el pueblo de origen, estábamos orgullosísimas de ello, y hasta el liviano vicio de escribir versos.
   Nuestra amistad fue intensa y fugaz, porque la vida nos llevó por caminos divergentes, pero su rescoldo de comprensión y coincidencias se reinventó en las redes, treinta años después. Aunque en las páginas luminosas de internet mi mirada y mi nostalgia son como una lentejuela desvaída en un traje bordado de luces en medio de tantos seguidores que la celebran, la aman, la juzgan, e incluso de vez en vez la cuestionan. 
   Un poco antes de que la pantalla la convirtiera en el icono televisivo del norte argentino, yo guardé su sonrisa, todavía adolescente, sin labial, y sin sospechas de los amargores que la vida le traería, en el álbum donde después también se reunieron las caras de mis hijos. Cuarenta años después, una tarde fría y opaca nos encontramos, como tenía que ser, porque la vida cierra círculos y organiza el caos, en la casa de María Mina. La sonrisa sin fin y los deditos de uñas cortas apretando con decisión el cigarrillo, en la rueda del afecto, la amistad y la vida: la muchacha más linda del mundo.

Foto: Silvia Insaurralde

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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...