A veces aprendemos de los libros. Pero es difícil que un aprendizaje se consiga si no hay un impacto en ese meollo sensible que llevamos en el corazón los sentimentales, en el alma los espirituales y en el cerebro los intelectuales. Otros recurrimos a la memoria de la carne propia, la experiencia de sucesos, hechos, circunstancias que abonaron la tierra para que un día nos ubiquemos en una perspectiva equis respecto de las cuestiones que nos interpelan. Hace muchos años, cuando llegué a un pueblo de la región menos trasparente, estábamos en el fin de la primavera alfonsinista, pero el entusiasmo de sus seguidores no decaía y como siempre había un culpable previo, en este caso ineludible: el Proceso de la dictadura Militar.
El paisaje había cambiado mucho: los adolescentes habían comenzado a usar ropas rotas y pelos desprolijos otra vez, los gremialistas charlataneaban con descaro y conseguían afiliados hasta en las ramas de los árboles, los debates entre candidatos eran tan irracionales como lo han sido siempre en este país, la corrupción carcomía las raíces de las consciencias, pero aún no sacaba su descarada cabeza burlona como en la actualidad. Así que en ese panorama de politiquería de sobremesa se esperaría de mí algún posicionamiento por lo que mientras completaba la infinita documentación para formar parte de la institución y cobrar mi sueldo, la secretaria y sus acólitas aludieron a las cuestiones ideológicas sin que yo me diera por aludida. La secretaria entonces dijo: -G. debe ser radical, porque la gente inteligente es radical.
No di ninguna respuesta, no me sumé al juego y un año y medio después voté a Menem. Porque no se afeitaba las patillas, usaba poncho en las campañas, se decía peronista y había estado preso y desterrado en un pueblo tan opaco como en el que yo ahora vivía. Tan entusiasta iba que el profesor Fontanarrosa tuvo que atravesar Villa Ángela inundada aquel día para que yo votara al salvador de mis sueños en la EEP N.º 389. Cuáles habrán sido aquellos sueños, no puedo precisarlos, pero casi siempre están en relación con lo social: las carencias de un segmento de la población que se queda en el borde de los derechos, el acceso a la alimentación sana, la salud, la vivienda, la educación, la vida digna; los pobres, los que viven en necesidad, escasez, indigencia, estrechez, penuria, miseria y todos los sinónimos que podamos hallar.
Recuerdo clases mías, en Educación Cívica, analizando este tema cuando hablábamos de derechos, el derecho a una vida digna, y mis alumnos, para mi desazón, mirando por la ventana. Talvez hacían lo mismo que yo, desviar la mirada para no llorar. Hasta que un día uno de ellos dijo, casi en llanto: “-Porque los pobres, profe, también tenemos derecho a comer algo que no sea guiso todos los días.” Los que nunca lo vivieron dirán, “bueno, al menos tenía guiso”. Para satisfacción de los que piensen así, hay, hoy, gracias a la escandalosa traición a la Patria de Menem, y los desaguisados previos y subsiguientes, un 43 % de pobres, con una base vergonzosa de indigentes, desde los que duermen en las calles en las grandes ciudades hasta los originarios que pierden sus bebés por falta de agua en el norte argentino. Casi la mitad de la población viviendo una vida indigna.
Este paisaje de desolación, este panorama de páramo, no lo hacen los gobiernos solos. Colaboran, y muy eficientemente, los que se consideran por sobre las líneas de pobreza, que no necesariamente son los grandes empresarios, a quienes de nada exculpamos a su vez, sino gente cotidiana que convive con nosotros, que tienen un buen pasar y lo cuida regándolo con sangre de pobre.
En aquel pueblo, donde tanto aprendí de la humanidad y sus mezquindades, cierto día, mientras caminaba por la vereda de un de los autoservicios del centro, escuché un doloroso diálogo entre el dueño del mercado y un peón. El peón pedía se le adelante un poco del pago del trabajo que ya tenía en marcha para el empresario, aparentemente el alambrado de un predio, y le anotara un litro de leche para su bebé hambriento. El propietario se lo negó y le señaló que fuera a terminar el trabajo y que recibiría el pago cuando él supervisara el trabajo finiquitado. El hombre rogaba al borde del llanto, apoyado en una bicicleta de cuadro herrumbroso, sin color, vestido con ropas muy usadas, sin color, con la voz quebrada, sin color.
Aquel empresario era respetado en el pueblo, admirado incluso por los hombres que valoraban su capacidad para “hacer capital” y por las damas… por otros motivos. Parecería que nadie se planteara la cuestión de que los que hacen dinero suelen tener gente trabajando en miserables condiciones, que rozan la esclavitud, con sueldos miserables, sin beneficios sociales, sin viviendas, sin escuelas que los abriguen de la continuidad de esos abusos.
Podría dar otros ejemplos, tal como las empleadas domésticas, quienes excepcionalmente tienen sueldos acordes con lo establecido por la ley, que desconocen incluso las señoras que trabajan en el sistema judicial, por decir de alguien que no puede negar que está en contacto con el complicado y enciclopédico marco legal de nuestro país. Compensan a las sirvientas con ropa que ya no usan, con chucherías a las que ya les han perdido el antojo porque ahora han encontrado un adorno nuevo, un chiche más vistoso, una lámpara que ocupa menos espacio. Se ofenden si les faltan un día porque tuvieron que internar al padre o les dolía la espalda de fregar. Las descueran en las mesas de sus oficinas cuando cada una de ellas saca el tema de “mi empleada”.
Pero, sobre todo, se encarnizan con el peón que carneó una vaca de un hacendado que se ha nutrido de la sangre de generaciones de pobres a los que hizo labrar su tierra bajo el sol de enero, cuidar sus vacas bajo la helada, apacentar sus bienes como si fueran cabritos frágiles, mientras él descansaba en las sierras, en las playas, o volaba en chárter. O solo contaba billetes detrás de un mostrador, seguro y vanidoso, delante de los clientes, a los que tampoco les perdona ni un poquito de inflación.
Cuando recuerdo aquel muchacho que desesperaba porque su hijo tenía hambre, pienso que lo justificaría plenamente si ahora se hizo cuatrero y anda degollando vacas ajenas detrás del montecito. Bien hecho, hermano. Será justicia.
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