martes, 31 de mayo de 2022

En nombre de Robin Hood

   A veces aprendemos de los libros. Pero es difícil que un aprendizaje se consiga si no hay un impacto en ese meollo sensible que llevamos en el corazón los sentimentales, en el alma los espirituales y en el cerebro los intelectuales. Otros recurrimos a la memoria de la carne propia, la experiencia de sucesos, hechos, circunstancias que abonaron la tierra para que un día nos ubiquemos en una perspectiva equis respecto de las cuestiones que nos interpelan. Hace muchos años, cuando llegué a un pueblo de la región menos trasparente, estábamos en el fin de la primavera alfonsinista, pero el entusiasmo de sus seguidores no decaía y como siempre había un culpable previo, en este caso ineludible: el Proceso de la dictadura Militar.
   El paisaje había cambiado mucho: los adolescentes habían comenzado a usar ropas rotas y pelos desprolijos otra vez, los gremialistas charlataneaban con descaro y conseguían afiliados hasta en las ramas de los árboles, los debates entre candidatos eran tan irracionales como lo han sido siempre en este país, la corrupción carcomía las raíces de las consciencias, pero aún no sacaba su descarada cabeza burlona como en la actualidad. Así que en ese panorama de politiquería de sobremesa se esperaría de mí algún posicionamiento por lo que mientras completaba la infinita documentación para formar parte de la institución y cobrar mi sueldo, la secretaria y sus acólitas aludieron a las cuestiones ideológicas sin que yo me diera por aludida. La secretaria entonces dijo: -G. debe ser radical, porque la gente inteligente es radical.
   No di ninguna respuesta, no me sumé al juego y un año y medio después voté a Menem. Porque no se afeitaba las patillas, usaba poncho en las campañas, se decía peronista y había estado preso y desterrado en un pueblo tan opaco como en el que yo ahora vivía. Tan entusiasta iba que el profesor Fontanarrosa tuvo que atravesar Villa Ángela inundada aquel día para que yo votara al salvador de mis sueños en la EEP N.º 389. Cuáles habrán sido aquellos sueños, no puedo precisarlos, pero casi siempre están en relación con lo social: las carencias de un segmento de la población que se queda en el borde de los derechos, el acceso a la alimentación sana, la salud, la vivienda, la educación, la vida digna; los pobres, los que viven en necesidad, escasez, indigencia, estrechez, penuria, miseria y todos los sinónimos que podamos hallar.
   Recuerdo clases mías, en Educación Cívica, analizando este tema cuando hablábamos de derechos, el derecho a una vida digna, y mis alumnos, para mi desazón, mirando por la ventana. Talvez hacían lo mismo que yo, desviar la mirada para no llorar. Hasta que un día uno de ellos dijo, casi en llanto: “-Porque los pobres, profe, también tenemos derecho a comer algo que no sea guiso todos los días.” Los que nunca lo vivieron dirán, “bueno, al menos tenía guiso”. Para satisfacción de los que piensen así, hay, hoy, gracias a la escandalosa traición a la Patria de Menem, y los desaguisados previos y subsiguientes, un 43 % de pobres, con una base vergonzosa de indigentes, desde los que duermen en las calles en las grandes ciudades hasta los originarios que pierden sus bebés por falta de agua en el norte argentino. Casi la mitad de la población viviendo una vida indigna.
   Este paisaje de desolación, este panorama de páramo, no lo hacen los gobiernos solos. Colaboran, y muy eficientemente, los que se consideran por sobre las líneas de pobreza, que no necesariamente son los grandes empresarios, a quienes de nada exculpamos a su vez, sino gente cotidiana que convive con nosotros, que tienen un buen pasar y lo cuida regándolo con sangre de pobre.
   En aquel pueblo, donde tanto aprendí de la humanidad y sus mezquindades, cierto día, mientras caminaba por la vereda de un de los autoservicios del centro, escuché un doloroso diálogo entre el dueño del mercado y un peón. El peón pedía se le adelante un poco del pago del trabajo que ya tenía en marcha para el empresario, aparentemente el alambrado de un predio, y le anotara un litro de leche para su bebé hambriento. El propietario se lo negó y le señaló que fuera a terminar el trabajo y que recibiría el pago cuando él supervisara el trabajo finiquitado. El hombre rogaba al borde del llanto, apoyado en una bicicleta de cuadro herrumbroso, sin color, vestido con ropas muy usadas, sin color, con la voz quebrada, sin color.
   Aquel empresario era respetado en el pueblo, admirado incluso por los hombres que valoraban su capacidad para “hacer capital” y por las damas… por otros motivos. Parecería que nadie se planteara la cuestión de que los que hacen dinero suelen tener gente trabajando en miserables condiciones, que rozan la esclavitud, con sueldos miserables, sin beneficios sociales, sin viviendas, sin escuelas que los abriguen de la continuidad de esos abusos.
   Podría dar otros ejemplos, tal como las empleadas domésticas, quienes excepcionalmente tienen sueldos acordes con lo establecido por la ley, que desconocen incluso las señoras que trabajan en el sistema judicial, por decir de alguien que no puede negar que está en contacto con el complicado y enciclopédico marco legal de nuestro país. Compensan a las sirvientas con ropa que ya no usan, con chucherías a las que ya les han perdido el antojo porque ahora han encontrado un adorno nuevo, un chiche más vistoso, una lámpara que ocupa menos espacio. Se ofenden si les faltan un día porque tuvieron que internar al padre o les dolía la espalda de fregar. Las descueran en las mesas de sus oficinas cuando cada una de ellas saca el tema de “mi empleada”.
   Pero, sobre todo, se encarnizan con el peón que carneó una vaca de un hacendado que se ha nutrido de la sangre de generaciones de pobres a los que hizo labrar su tierra bajo el sol de enero, cuidar sus vacas bajo la helada, apacentar sus bienes como si fueran cabritos frágiles, mientras él descansaba en las sierras, en las playas, o volaba en chárter. O solo contaba billetes detrás de un mostrador, seguro y vanidoso, delante de los clientes, a los que tampoco les perdona ni un poquito de inflación.
   Cuando recuerdo aquel muchacho que desesperaba porque su hijo tenía hambre, pienso que lo justificaría plenamente si ahora se hizo cuatrero y anda degollando vacas ajenas detrás del montecito. Bien hecho, hermano. Será justicia.

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domingo, 29 de mayo de 2022

Elegía a los libros perdidos


   


   A veces he robado. Una vez robé una cachorrita de días que unas vecinas tenían matando de hambre, como ya lo habían hecho con otros. Cuando creció un poco y ya correteaba feliz alguien la adoptó. Me mandaron fotos donde se la veía muy bien. Igual me puso triste perderla.
   En algunas ocasiones he rescatado libros. En una casa de pensión donde viví un tiempo había libros tirados en la mesa del asado o la pileta de lavar, en el patio. Alguno no tenía tapa, otro tenía una dedicatoria del autor a un vecino de la vuelta y un tercero lo di prestado a alguien y nunca volvió. Todavía lo extraño. O sea, se puede decir que he robado libros.
   También me he quedado con un libro de una biblioteca porque cuando fui a devolverlo la bibliotecaria y la biblioteca habían desaparecido: había solo un amplio espacio vacío de paredes blancas y piso ajedrezado. Treinta años después supe que la bibliotecaria había muerto sorpresivamente y que la biblioteca fue reubicada en un barrio periférico de la ciudad. Hablé con el director hace un tiempo: me dijo que él solo estaba tres días a la semana en la biblioteca. No sé por qué prerrogativas. No voy a devolver un libro que está conmigo hace cuarenta y cinco años a alguien de esa índole.
   También tengo libros que dejaron alumnos particulares. Cuando terminaban con los temas que necesitaban preparar se iban y el libro, o los libros, quedaban como pájaros huérfanos en mi mesa. Naturalmente, los he cuidado y aún está aquí, conmigo.
   He rescatado libros de la basura, a muchos tuve que limpiarles las heridas, reponerles tapas, inventarles un nuevo encuadernado o una nueva carátula. Algunos de mis libros han llegado como obsequio, pero la mayor parte han sido comprados con el estipendio de un trabajo honrado.
   Pero, aunque para la mayoría de la gente ya debería sentirme satisfecha con todos los que tengo, puedo asegurarles que aún siento gran pena por los que perdí y si pudiera viajar en el tiempo no sería para reintentar la aventura de algún amor o cambiar el rumbo de mi vida y estar en las listas de las que compiten por premios literarios. No. Sería para salvar el primer libro no escolar que empecé a leer y no logré concluir: “En el octavo día” de Ellery Queen. Mi padre lo rescató del basurero de las oficinas de la fábrica (vengo de una estirpe de ladrones de libros) y me lo trajo de regalo. ¿Tendría yo unos nueve años? Mi madre lo echó al fuego del horno, un malhadado día en que yo no atendía a sus llamados por leer sin respiro la historia de unos terribles crímenes que sucedían en el convento de un pueblo perdido en el desierto. Todavía lo extraño. Amén de que nunca supe quién era el asesino.
   Si fuera posible, también rescataría los que dejé en un hotel del que me fui sin pagar la última noche de mi estadía, entre los que estaba una antología de Armando Tejada Gómez. Y años después los que perdí en una inundación: “El rey cuervo” en una edición maravillosa con las ilustraciones más bellas que uno pueda imaginarse y una tapa en el que la heroína aparece con un vestido de ensueño, tan rojo y extravagante como su inmensa vanidad; y una versión de la “Ilíada”, adaptada, resumida, para pequeños lectores con ilustraciones de Raúl Soldi.
   Pero los que más duele siempre perder, son los prestados. He atesorado los libros de la escuela secundaria: a algunos, los que no presté, aun los tengo. Hay dos de ellos que añoro dolorosamente cada vez que los recuerdo: “Historia Antigua y Medieval” de Astolfi y “Educación Democrática” de no recuerdo quién. La “Historia…” de Astolfi se lo compré usado a Tapón Fernández y “Educación…” también era usado, pero no recuerdo como lo conseguí.
   Éste último se lo llevó un colega docente para enseñar algún tema que en realidad lo iba a dar un practicante. Nunca volvió, aunque sé que está bien guardado. El segundo tuvo un destino decididamente trágico. Cuando armaba mi mudanza de regreso a Villa Ángela fui a pedírselo a la docente que me lo había pedido quince años antes para preparar una práctica docente. Me contó sin sonrojarse que no lo tenía más porque su madre cierto día, de hacía ya unos años puso en una caja todos los libros que rodaban por la casa y lo dejó con las bolsas de la basura para que se los llevara el camión municipal. Eso significaba que seguramente mi libro fue incinerado, porque aquello coincidió con la época en que ni bien se hacía la descarga de basura, se la rociaba con algún inflamable y se les prendía fuego. No puedo recordar esto sin maldecir desde lo más hondo de mi vida a esta persona.
   Desde entonces un libro prestado me parece ya definitivamente perdido. Pocas veces vuelven. Y no importa quién se los lleve. Siempre siento que los he abandonado en malas manos, sobre todo porque casi nunca regresan a las mías. Sé que poca gente sabe cuidar a la gente, ¿por qué sabrían, y se esmerarían, en cuidar un libro si para comprenderlos te lleva la vida entera? Los libros prestados que no han vuelto los siento como partes de mí que malos magos, magos del vacío y el silencio, han secuestrado. Partes que le quedan faltando a mi vida.



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jueves, 26 de mayo de 2022

El canto ... dura más que el vuelo

   Hace ya unos años asistí a una Feria del Libro en Coronel Du Graty. Fue un día desafortunado porque no logré dar mi presentación. En las ferias el horario de cada participante suele estar bien acotado, pero aquel día no venía muy protegido de los númenes así que mi horario en la mañana fue invadido por el expositor que me precedía: un comisario de la zona, que hizo una exposición sobre las señales de tránsito, ocupó su tiempo y el mío, o sea, habló sin respirar durante dos horas. Así fue que mi exposición pasó para la tarde, pero en la tarde las iglesias y escuelas confesionales hicieron una protesta bastante agresiva contra la distribución de un libro avalado por el Ministerio de Cultura, o Educación, o ambos, resultante de un Taller de escritura para adolescentes que contenía poesías escritas por los jóvenes , poesías de marcado tinte pornográfico. La organizadora me llamó y me dijo compungida que toda la feria se les había ido por el desagüe de las buenas costumbres.
   No logré hacer mi presentación pero de aquella feria me traje un libro asombroso. En el stand del Instituto de Cultura encontré "La tusca memoria, patria, utopía" de Juan Manuel Carancho Ramírez. Me lo llevé sin dudar y no tuve esa premonición de que estaba, seguramente, desperdiciando dinero, como cuando compro los libros de los políticos o acomodados de turno. Le tenía fe a Caranchito porque sabía de él, de su víacrucis, del talento para la lucha y la vida en general, por aquellos mis mentores a quienes tanto tengo que agradecer. O sea, Caranchito era ya una leyenda, un zombi maravilloso, un muerto vivo de la Dictadura del Proceso, un hombre impregnado por el brillo de la tragedia que partió este país en tantos pedazos.
   Antes de esto, había oído hablar mucho de él. Hasta que un día cualquiera llegó el famoso hombre a El Anaquel. Venía con dos niños que estaban asomando a la adolescencia y una muchacha rubia como una margarita que presentó como su flamante esposa. Los niños eran los que dejó de ver bebés, uno recién nacido, cuando los esbirros lo sacaron de su hogar, la primera esposa había muerto, dizque, más que a causa de una operación desventurada, de tristeza y esta muchacha sería de ahora en más su compañera de vida y la madre adoptiva de sus muchachos. Si bien yo había oído hablar de su padre, el Carancho viejo, taninero, chaqueñero, como mi padre, poco sabía del hijo. Ese día, cuando él se fue, me contaron la historia.
   Es una historia que ya está en los libros, por lo que no se si amerita repetirla. Hay que ir a esos libros, porque son testimonio auténtico de lo que padeció este pueblo a manos de los esbirros de los grandes terratenientes nacionales y extranjeros que asolan nuestra patria, porque Carancho es un auténtico político, aunque ya no sea diputado. Porque tuvo que atravesar el infierno para aprender que la escritura lo estuvo esperando todos esos años, porque la literatura lo quería lastimado y resucitado, sobreviviente, para darle un espacio, para que su voz musical de acentos populares se alce en la exaltación de los que nunca figuran en la historia, a menos que se revelen.
   Caranchito escribe, o escribía, una columna en Diario Norte. Están recopiladas en "Lunas de barro" Esas columnas son representativas del estilo florido, la sonoridad lírica, de la prosa de Ramírez. Pero, por lo que alcanzamos a conocer del nuevo libro, esa prosa llega a su esplendor en éste: la prosa musical, propensa al recitado, al canto, que prefigura encajes de metáforas e imágenes visuales. Si a alguien le molesta la exaltación de la mística peronista, tendrá que tolerarlo, porque no se le puede pedir a un niño, que solo conocía el agua percudida de las cunetas y el esplendor de las represas bajo el sol de enero, que no recuerde con amor y gratitud a quienes lo llevaron a conocer el mar. El mar de las inmensas posibilidades de superación del pueblo trabajador argentino.
   Ayer intenté comprar el nuevo libro de Caranchito: "Plumas Negras -Memorias de un incorregible-", pero, uno no sabe si reír o llorar, la librería, cuya editorial publicó este texto, no tenía ningún ejemplar. Cuando lo consigamos, haremos su reseña, con toda la emoción que nos despierta la prosa y el verso de "el más incorregible de todos los peronistas".

Dejo la dirección web para ver el vídeo porque Literateca no me deja compartirlo. ¿!Véanlo, es muy bello.
https://www.youtube.com/watch?v=t3L2b1SfLLU




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lunes, 9 de mayo de 2022

El legado

A P. A., la donante.   
   Liliana Zenobi me descubrió, con sus lecturas en voz alta, con su método que incluía destacar los mejores trabajos haciendo una devolución pública a partir de la lectura de la producción escrita del alumno, que la docencia era un quehacer profundamente humano y creativo. Esas lecturas me tuvieron por protagonista demasiado a menudo, tanto que ya en tercer año me dijo un día que dejaría de leer mis trabajos para darle lugar a otros alumnos, decisión que yo acepté sin resentimientos, puesto que tenía claro que, en el mundo, y en mi curso, siempre hay gente que se esmera más que uno, sobre todo aquellos que no nacieron con especiales ventajas. La decisión le duró hasta que en el siguiente trabajo se deslumbró con el retrato que yo había escrito de cierto muchacho del pueblo, del cual no daba el nombre, pero si detalles tan específicos de sus rasgos y su carácter, que varios descubrieron muy pronto quién era y dejaron al desnudo mi inclinación hacia los encantos del galán, del cual yo admiraba cada detalle de su rostro, aunque, por timidez solo lo mirara de reojo. El texto se tituló “El muchacho silencio” y describía un joven pálido y silencioso (después descubrí que solo lo era conmigo), de “ojos negros y labios de azucena”. Ahora me da mucha risa la lamentable metáfora, pero entonces yo era muy joven, en realidad todavía una niña y Liliana estaba encantada de tener una alumna que no se ruborizaba de escribir dulces tonterías.
   No es lo único que recuerdo de Liliana, pero valga el citado para entender porqué fue tan esencial en mi destino. Hasta que un día se murió, de manera trágica, como para refrendar la mala estrella de un destino que no había sido muy afortunado y en cuya ruta áspera, aun con todas las dificultades, aquella muchacha supo construir una vida rica de saberes, profunda de vocación y elevada de aspiraciones.
   Cuando llegué a la continuadora de su trabajo yo tenía, cultivado y floreciente, un universo de lecturas ya hechas y un sueño sin horizontes sobre mis posibilidades en la literatura y en la vida. Al margen de que no todo sale como uno lo imagina a los catorce años, sé que la siembra de Liliana y la confianza y afecto de su sucesora en mi destino, fueron una especie de isla para abrevar sed y aliviar fatiga cuando torcimos los caminos de la vida, cuando las brújulas se enloquecieron, cuando los sueños se cayeron. Así que ambas quedaron ahí, como vigilando, una desde la muerte, otra desde los anaqueles llenos de libros.
   Liliana era deslumbrante por la riqueza de sus conocimientos, por el entusiasmo con lo que enseñaba, por la seguridad que emanaba su figura menuda golpeada por una triste enfermedad. Sabíamos que le gustaban los libros, imaginamos que fue una alumna brillante, lo que nos lo han confirmado hace unos días: fue mejor promedio de su promoción en el profesorado. No solo era muy inteligente, sino que sobre todo era deslumbradoramente lúcida y tenía una gran libertad para emitir opiniones o posicionarse en una perspectiva propia respecto de cualquier cuestión. Recuerdo que yo llegué un día cuestionando a nuestro querido Leopoldo Marechal por su obra de teatro “Las tres caras de Venus” y ella acordó conmigo sin dudar: “-Para mí, es una obra boba.” Dijo torciendo un poco el gesto. No acordar con un tótem como Marechal era el sumun de la valentía.
   Por cuestiones de la vida, Liliana fue huésped de algunos colegas y cuando murió, ciertos objetos quedaron en aquella casa. Entre ellos los libros con que nutría su gran conocimiento del área que cultivaba. Ahora que la vida ha desbrozado tanto el estrecho sendero que nos queda, la guardiana de aquellos tan apreciados bienes, nos obsequia, nos pone de cuidadora de un tesoro invaluable a nuestro corazón y nuestra alma: “Historia de la literatura española e hispanoamericana de Emiliano Diez-Echarri y José María Roca Franquesa, segunda edición de Aguilar S.S. de Ediciones, 1966.
   Busco en las redes sobre este impresionante libro y encuentro que es una joya editorial, lo cual ya lo sospechaba, tiene un valor que va de los 16 a los 20 euros, más gastos de envío, un poco más de cuatro euros. Por suerte no creo que los cacos que se especializan en motos y celulares lleguen a leer este texto. Además, no tendrían a quien venderlo.
   El libro que fue de Liliana, y que tengo ahora el privilegio de custodiar, tiene su firma en la primera carátula, la misma que estampaba después de cada corrección en nuestros escritos: una firma ascendente, con una gran Z mayúscula en el inicio y dos firmes rectas marcando la dirección de la firma, con un lazo que se inicia en el descenso de la i final y envuelve el apellido en una curva amplia y casi cerrada. La firma de una mujer que tenía un camino recto y muy claro pero que se arropaba ¿tal vez en los libros? para protegerse de la crudeza de un destino cruel. Es un obsequio muy hermoso, un poco triste y terriblemente halagador para mis escasos merecimientos. Sin embargo, es también una especie de testimonio que recibimos: hay cierto legado que compartimos con estas magníficas mujeres y que ellas de algún modo me hacen entrega para lo que queda del tramo. Es un legado extraño y maravilloso.

Bajé una imagen de la web porque mi computadora no quiso bajar las fotos que saqué con el celular. 
Ella es medio caprichosa a veces. Por eso prefiero los libros.


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martes, 3 de mayo de 2022

La turbamulta



   He estado en estos días pasados en medio de un grupo de gente que se llaman a sí mismos escritores. “¿Qué es un escritor?” Me pregunto yo que siempre ando preguntándome, y no encuentro una respuesta que pudiera dejar satisfechos a este colectivo de gente que publica libros. Alguien que escribe es un escritor, es también un escriba, un copista y un amanuense o secretario, alguien que escribe deja por escrito un testimonio, una prueba, un dictamen, un comprobante o título, o sea es un escribano.
   Muchos de los escritores que conozco son meros copistas de sus emociones, sentimientos, impulsos, miedos, dolores y alegrías. Algunos son disciplinados amanuenses de la realidad que le pintan los medios y las modas y muchos son escribanos de los eventos sociales, políticos o culturales que atraviesan a la población en general en ciertos momentos cruciales, se ajustan a esos hechos y los recrean en textos que parecen una copia de la vida. En este último caso, incluso, pueden llegar a hacer disciplinadas y farragosas investigaciones para ser lo más fieles posibles a los hechos que pretenden recuperar y eternizar.
   No tengo nada de favor ni disfavor respecto de estos géneros de escritura que los escritores y sus lectores llaman literatura. Algunos hasta logran, aunque con producciones ingenuas y un poco adolescentes, creaciones conmovedoras y hasta líricas. Y estoy pensando en una novelita de tipo autobiográfica que leí hace mucho y que alguien me hizo recordar en estos días: “Los años del pacaá” de Omar Héctor Zenoff. También me acuerdo de “El Principito”, cuyo autor nunca habrá imaginado el barullo que hizo el mocoso que él inventó solo para piropear a su tóxica mujer. Cuando nos ilumina el estro, puede salir una creación bastante bonita.
   En ese sentido sería bueno que los escritores dejaran hablar a su obra. Sin embargo, por lo que veo, muchos escritores están supeditados al impulso más visible del homo sapiens: ganar… éxito, fama, dinero, reconocimiento de sus pares. Hice dos comprobaciones probatorias, aunque suene cacofónico.
   La primera entre mis jóvenes, ingenuos y esperanzados compañeros de quehacer. Una joven escritora le decía a su joven amigo escritor interlocutor: “-Un editor me dijo que uno no debe intentar estar en la cúspide de la lista sino estar en el medio.” Todos los esfuerzos cultivados en la última década para no entrometerme cuando la gente dice sandeces intolerables se derrumbaron en la milésima indignada de un segundo y le espeté: “-¡¡Yo no quiero estar en ninguna lista!! ¡Quiero escribir mejor!”. Nadie estaba hablando conmigo, pero ustedes ya saben, yo pierdo mi virtud antes de que llegue la tentación.
   La segunda comprobación me la dieron unos minutos después los escritores que presentaban la obra de Juan Chico. Me parece que si vas a recordar a un muerto que conociste mucho y que ha sido caro a tu corazón, hablarías sobre él, como se habla de alguien que uno quiere mucho, con emoción, con ternura, con nostalgia, pero narrando oralmente para pintar ese hombre que ya no está y que nos dejó este legado. No fue así, y aun aceptando que cada uno lo hace a su modo, no me parece que presentar a alguien sea ocasión para lucirnos. Los dos presentadores leyeron escritos propios, prólogos o capítulos de su propia obra, referidos al creador homenajeado, pero en los que se destacaban, por la entonación, la actitud entusiasta para con su propio texto, el claro deseo de lucimiento propio.
   Es probable que mi mirada sea un poco sesgada, veo demasiada vanidad en el oficio y no creo que escribir deba ser visto como un oficio. En cualquier actividad se diferencia muy bien el arte del oficio aun cuando un oficio requiera de habilidades artísticas y cuando la habilidad artística se complemente con cierto nivel de oficio. Digamos, por ejemplo, la pintura. Uno puede pintar paredes con habilidad y arte o puede pintar artísticamente una pared con un mural.
   Veo en el conjunto de escritores que conozco que casi todos aspiran a reconocimiento, lo cual es legítimo, dirán, pero ninguno habla sobre sus habilidades, su estilo, sus dificultades para superar las limitaciones a que nos enfrenta la medianía de nuestra capacidad. ¿Cómo puede uno preguntarse qué lugar le tocaría en una lista si no ha logrado aún evaluar su propio quehacer?
   Cuando miramos lo que escribimos a lo largo de décadas nos embarga un profundo desencanto: pensamos muchas veces porqué tenemos este extraño vicio al que no hemos logrado convertir en virtud diamantina. ¿De qué sirvió un don menguado y tan difícil de domeñar? ¿Qué derecho tenemos de andar a los codazos entre otros tan miserables como nosotros si somos apenas la arena menuda que nunca será acantilado? ¿Cómo puede alguien ser tan ingenuamente engreído?
   Una querida persona me ha regalado un libro impresionante: una “Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana”, son mil quinientas ochenta y nueve páginas a dos columnas que hacen inventario de los escritores y su obra según un criterio que me ha hecho reír:
1-Los universales y eternos.
2-Los que, sin valor intrínseco permanente, deben ser conocidos por (…).
3-Los (…) de segundo orden.
4-La comparsería: turbamulta (…) que una circunstancia repentina dio repentina celebridad, (…). 
   Pueden elegir en qué categoría quieren ser recordados. Por mi parte creo que se cumplirá mi deseo: me iré de aquí fuera de toda lista, como Antonio: liviana de equipaje.
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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...