domingo, 30 de enero de 2022

El paraíso borgiano

   Cuenta Borges que fue empleado público en una biblioteca durante nueve años y que en todo ese tiempo fue profundamente desdichado. Durante el primer día clasificó cuatrocientos libros así que sus compañeros lo llamaron y le pidieron que no trabajara tanto porque el jefe se iba a disgustar con ellos. Desde entonces hacía el trabajo de bibliotecario en una hora y pasaba las otras cinco en el sótano, leyendo o escribiendo. Sus compañeros solo estaban interesados en “las carreras de caballos, los partidos de fútbol y los chistes verdes”.
   Escuchar este recuerdo desolado de Borges me llevó, cómo en un caleidoscopio a una etapa bastante amarga de mi propia experiencia: también tuve un empleíto público, pero me fui pronto, creo que apenas estuve unos seis meses. La democracia había empezado hacía muy poco y los políticos premiaban a los militantes con empleos públicos, nuestra burocracia que siempre había sido kafkiana, terminó de constituirse en el gigantesco pulpo incompetente que absorbe energía a la sociedad devolviendo apenas un mínimo de aporte con malos servicios y escasa atención.
   En la oficina en que estuve, una secretaria engallada en su miserable cargo ni siquiera te explicaba lo que tenías que hacer y un grupo de amables colgados como yo hacía gala de extraordinaria incompetencia. Solo había que copiar expedientes y notas que iban y venían en un absurdo sinsentido burocrático hacia la cúspide del mando principal y de allí de vuelta hacia la base de los últimos escalones del sistema.
   Un día, agobiado por la nulidad de una de las copistas, el jefe me pidió que redactara, no copiara, una nota que había pedido a las siete de la mañana y que, aquella muchacha, después de llenar el cesto de bollos de papel aun no había logrado concretar. Escribí la nota en dos minutos, con ese estilo florido de la poeta reprimida que agonizaba en mi perro destino y el hombre quedó deslumbrado.
   Una semana después fui a avisarle que había conseguido trabajo y que dejaba su benemérita oficina. El hombre me señaló las dificultades de trabajar en la docencia sin título y en el inhóspito interior del Chaco. Le agradecí, pero me fui.
   Cuando llegué al pueblito lleno de tierra y sol me di cuenta de inmediato que era como enterrarse en vivo en un limbo de soledad y silencio, pero me prometí no disimular quién y cómo era. No desnudé a la escritora que era, más que en las glosas que escribí para infinitos actos, casi nadie supo que yo hacía versos hasta que publiqué mi primer libro, pero mientras el chisme corría más caliente que el mate, yo pensaba versos.
   No quiero imaginar el padecimiento de Borges en nueve años. No puedo medir la profunda soledad en la que se habrá debatido durante todo ese tiempo. Por suerte el peronismo lo dejó sin trabajo y lo devolvió al lugar del que no debió haber salido nunca: su biblioteca.
   El mundo es un lugar muy inhóspito, hay que aprender a proteger el paraíso propio.


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