jueves, 5 de diciembre de 2019

Nombres

   El Juancho Sandoval es grandote como un ropero, un morocho imbatible del que recuerdo un niño de unos ocho o nueve años que alguien dejó de regalo en la casa,  donde finalmente formó parte, disfuncional y periférico, de una familia ensamblada y atípica, una extraña familia multitudinaria, organizada en castas, como la sociedad de la India.
   Aquella familia dirigida por los apetitos de un macho alfa con dos esposas, o una esposa y una concubina, que en algunas cuestiones era la favorita, era un tema típico del rincón semirural donde crecí.
   Los Sandoval llegaron un día, en muchedumbre, ruidosos, criollos de la tierra asentados en los bordes del mundo, que siempre es de otros, por la fuerza inflingida por el sistema, trabajadores de las tareas pegajosas y repulsivas que le permiten a los demás hombres alimentarse y andar pulcros, bien vestidos, dejando en la sombra de la intimidad esa parte animal que nos condena a ser bebedores de sangre para existir. 
   El padre Sandoval era carneador en el Matadero municipal y eso le aseguraba a la prolífica familia el alimento y el acceso a la propiedad de un pequeño trozo de tierra donde levantar una casa y organizar una vida comunitaria que incluía perros, cerdos y caballos. 
   La vida en común, con una misteriosa solidaridad que no dejaba de lado el oportunismo de agregar siempre otra mano al trabajo doméstico, incluía los niños del matrimonio legal, los niños  de la concubina,  los previos y los nuevos, algún nieto, y muchachos que llegaban en los domingos futboleros y se quedaban semanas, meses, compartiendo la mesa y la repulsiva labor de raspar tripas de vacunos que servirían luego para hacer embutidos.
   En la barahúnda de actividades y de vidas, el principio rector del chicote de Doña Luisa, la mater familis, era la manifestación de un sistema patriarcal que delegaba en la hembra fálica un poder omnímodo que venía del patriarca, cuyo silencio distante e impertérrito lo hacía parecer ajeno, indiferente. En ese cosmos de hijos, hijastros y entenados, el Juancho tuvo su acotado lugar de niño solo.
   Fue un regalo que le dejó un viejo ruidoso y borracho, que se decía su abuelo, a Doña Luisa, tal vez como pago por el opíparo asado de un domingo regado de vino y ensordecido de música regional. El Juancho tenía escasos ocho años, no se si legalizados en el registro civil pero que eran ya una vida entera de madre ausente. Y si bien solo tuvo un pantalón a lo largo de su vida, hasta que se hizo hombre y se independizó, como entenado de los Sandoval nunca recibió un golpe y tuvo un abrigo de la tormenta y la helada y se hizo hombre, eso que la cultura burguesa llama "hombre de bien".
   Ahora, cincuenta años después, el Juancho es un morocho saludable, alto y apabullante, viaja sereno y sin apuro en una moto más grande que un caballo y habita una enorme casa muy bien puesta sobre el bulevar que bordea el cementerio y convive con una esposa más rubia que los trigales, como el sueño de Mario Nestoroff, y me cuenta, cuando me tiene a su alcance, que los hijos ya se han ido por la vida y que "otra vez estamos los dos solos".
   Aunque yo nunca lo miré de niño, el Juancho, cuando logra tenerme a su alcance, me abraza con un abrazo inmenso como si abrazara la infancia que no tuvo y que hubiera querido y que todavía sueña y me dice "que tal gabriela, como te va". A veces, cuando vengo huyendo en mi bicicleta por la 1ero de mayo hacia ese fin que me espera, de la Jujuy hacia la derecha, el Juancho me grita desde alguna esquina "gabriela, chau gabriela".
   Mi hermana me cuenta que ya hombre el Juancho salió a buscar la madre que no lo crió y la encontró y cada tanto la visita, grandote y próspero, y yo imagino que ese encuentro cerró uno de los círculos karmáticos de este mundo y le ha dado al Juancho esa luz que brota de su morocha sonrisa sin renuncias.
   No me llamo Gabriela, Juan, pero gracias por haberme bautizado así, como si supieras todo lo que ese nombre maravilloso simboliza para mi. Gracias por existir, Juan. Gracias por llamarme con el nombre de la poesía, hermanito.

Familias de ayer. Archivo familiar.

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