lunes, 25 de noviembre de 2019

Amores en la ciudad

   Ésta es Resistencia. Loca, colorida y exacerbada. Desde la ventanilla del ómnibus observo una pareja que espera, como nosotros, el verde del semáforo. Están en una camioneta blanca, él da un sorbido al mate que ella le alcanzó y se queda con los ojos fijos en algo que está más allá de los vehículos que esperan.
   Ella no mira nada, con una mano sostiene indolente el termo y con la otra mano hace un pequeño ejercicio de raspar con la uña del pulgar el interior de las uñas de los otros dedos. Su gesto es peor que de aburrimiento, es un gesto de frustración y tristeza, un amargor leve pero estable, una decepción inevitable le curva los labios hacia abajo. Ella está muy lejos de él. Ya no lo mira, no lo percibe sino con distancia, tal vez con rechazo.
   Él es hermoso. Un hombre de unos treinta años que no aparenta más que veinte. Mira severamente hacia adelante,con gesto atento y serio, hacia algo concreto. Yo también miro.
   En la avenida perpendicular dos artistas callejeros hacen malabarismos con clavas. Son muy morenos, una chica y un chico con ese corte de pelo en cresta, con los aladares rapados, visten casi harapos que parecen más intencionales que irremediables.
   Es una puesta en escena en la que la parejita intercambia movimientos y figuras compartidas en perfecta sincronización de abrazos y juegos de cercanía corporal donde la familiaridad del amor y la ternura hacen fácil la tarea compartida. 
   El ómnibus avanza y dobla en la rotonda. Dejo de ver para nunca jamás a estas parejas dispares. Los treintañeros burgueses (palabra tan vieja) con su mate aburrido que quizá ya no alimenta ni el compañerismo y la jovencísima pareja que parece volar sobre los parabrisas, ella tomada de la cintura de él, impulsando las clavas con grácil entusiasmo. El amor en todas partes, empieza, dura o no dura, se transforma o se muere y nos escupe en las playas de la vida con su prepotencia sin razón.

Escena de "Milagro en el convento de Santa María", José y María Luz, Grupo de teatro de U.N.N.E.

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miércoles, 13 de noviembre de 2019

Variaciones para el Evo




¡Salud, Evo de la primicia y el principio!

Indio tímido y manso
como el aire azuloso de la altura,
te saludo expectante,
con un terror sagrado
que me aprieta
de sangre la garganta.

Salud,
cultivador del verde
que consuela
y serena,
caminador de alturas donde el silencio
corporiza en piedra,
oscuro aguilucho
acosado de tiempo y de memoria,
Salud.

Un aura transparente
de nítidos lloridos
te preserva
de la morbosidad
de los que observan:
es que el llanto
               la sangre
             la nieve
              la pluma
                             la lana de la puna
te protege, te enmarca
y te corona.

Llanto de cinco siglos,
sangre lavada en llanto,
llanto teñido en sangre,
flor de misterio,
el corazón del niño
que eras
cuando cachorro
es testigo
ante el hombre
por el dolor
           el hambre
              la injusticia.

La nieve inalcanzable
de las cumbres
te propone
el alivio
a la furia, enfría
el ardor de la pútrida venganza.


Del corazón salado
y caliente de la América India
vienes
con un sesgo procaz
en tu dura sonrisa.
Salido de la roca
fijas tierna mirada
y enamoras la puna
con la seca prestancia
de tus pómulos indios.

II

Arriba del silencio,
en páramos helados,
tu voz impregna un tiempo
de mito desolado
en que la muerte come
la carne de la raza
y bebe sangre áspera
de indio acorralado.
Oscuro y apacible,
te instalas en tu antiguo lugar
de tótem sin resquicios
y de tus anchas manos
caen hasta la tierra
las antiguas semillas
guardadas a lo largo
de calladas centurias.
Sobre esta madre tierra
maravillada,
violada hasta la honda matriz
de su pródiga llaga,
esta semilla oscura
que promete la verde nervadura
del coraje y la astucia.

Salud,
Señor de las alturas,
vecino de la nieve;
una base de lodo
amasado con sangre,
secado al sol cruel de la injusticia,
vuelto piedra de dura resistencia,
sustenta
la potencia de tus tobillos indios
y allá arriba
tu frente mimetiza su asombro
con la piedra que trepa
hasta volverse ala…

Salud,
Señor callado y quieto,
tu pelambre aborigen
me anima la esperanza,
indio de crines recias
y corazón mullido,
salud!

América,
                                magullada,
                          verde,
                                acechada,
con su cintura tensa de hijos
y sus pechos cuarteados
y sus manos obscenas
de caricias hediondas,
te saluda,
                                   desconfiada,
                            trémula,
como una perra hambrienta
que busca un dueño firme,
dispuesto a la ternura.

                                                                            América
abandona sobre tus hombros indios
el tejido haraposo
de su historia terrible…
tal vez agregues hilos
de tu lana más blanca,
tal vez reconstituyas la calidez del nido…

Tal vez no sea en vano
saludarte…
¡Salud!

(Imagen tomada de la web.
Texto: "El paladar de la Victoria" Gregoria Leiva, Dunken 2010) 

*

sábado, 9 de noviembre de 2019

Panamericanismo y sus cuestiones

  Mi extranjero curioso está asombrado ante los movimientos de la política argentina y latinoamericana y me plantea preguntas que son muy largas de explicar. Dar una respuesta sencilla a las cuestiones de la realidad latinoamericana es dejar de lado muchos aspectos que interactúan en un punto álgido y sensible de la condición humana: la verdad de las problemáticas latinoamericanas  siempre pareció tener un matiz diferente en Argentina. Argentina era un país sin negros, sin indios, europeizada y aristocratizante, campeona de la cultura y del deporte, con una estrecha relación de sangre con las aristocracias europeas. Esa es la caricatura de Argentina que los movimientos populares dejaron al descubierto al visualizar a las clases trabajadoras, sus esfuerzos, su inmolación en beneficio de una clase dominante, extranjerizante, negacionista de la identidad multirracial y multilingüe del pueblo argentino.
   La fisura del discurso, cuando aun era solo ideología y no se lo denominaba discurso y todavía no se lo designaba peyorativamente como relato, esa fisura se hizo grieta el día que unos lloraron la muerte de su heroína y los otros rieron la tragedia. En ese momento se hizo manifiesto el largo desencuentro que Galeano describió detalladamente en "Las venas abiertas de América Latina" o que desmenuza Gastón Gori en "La Forestal: la tragedia del quebracho colorado".
   La explotación dolosa de los recursos por parte de un grupo que se aprovechó de circunstancias histórica y de la vocación de lucha del pueblo para lograr la liberación de estos lares de manos extranjeras, una clase que instaló un pensamiento centrado en nociones racistas, europeizantes y darwinianas para justificar la apropiación y los privilegios que se arrogó, sigue siendo el problema núcleo que explica la crudeza de la derecha cebada sobre Brasil, insolentada y represiva en Chile, vengativa y escandalosa en Bolivia, rigurosa en Ecuador, siempre asesina, siempre entreguista de los bienes de la tierra a manos de los poderes del sistema multinacional.
   Cuando citamos obras clásicas y dejamos de lado nuevas miradas latinoamericanistas solo lo hacemos porque es necesario señalar que Latinoamérica no despertó hoy, no es nuevo el fragor que nos atraviesa, no es recién creado el cuchillo que nos rasga las esperanzas y condena a las nuevas generaciones al hambre, el desamparo, a la miseria y la inhumanidad. Es un plan nacido en el mismo instante en que nos constituimos como naciones y se enraíza en los primeros estadios de la conquista.
   Con la experiencia de lo ya vivido, somos conscientes de que Chile la tiene muy difícil, de que Evo puede caer cruelmente y toda su obra ser destruida, de que Brasil no se repondrá fácilmente de las secuelas que dejará el gobierno criminal de Bolsonaro, por citar solo los casos más cercanos a Argentina.
   El caos económico, social y educativo generado por la política de endeudamiento y de evasión del gobierno de Macri es vergonzante para los argentinos ante el mundo y ante nuestros hermanos latinoamericanos. Sin embargo, lo único que puede ayudar en la resistencia y la búsqueda de superación de las graves secuelas de una administración plagada de aberraciones, consiste en alianzas de hecho entre los países latinoamericanos. Argentina ha salido, en las últimas semanas, a cultivar esas alianzas: grupos de argentinos han cruzado los Andes para intervenir en la lucha de los chilenos, el presidente electo ha visitado México para empezar a aceitar una convivencia indispensable si queremos enfrentar con alguna esperanza el regreso a nuestra identidad.
   Aun así, todavía falta mirar por sobre el hombro: no deberíamos dejar solo a Evo Morales, no podemos olvidar el terrible peligro que acecha al pueblo boliviano. Argentina debería tenderle la mano antes de que la sangre ciegue todas las posibles vías de solución a la crisis boliviana. Porque nosotros también somos Bolivia. 

Foto: Memphis No

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domingo, 3 de noviembre de 2019

Fulgencio



   Los niños de los departamentos de al lado de mi casa mataron a ladrillazos a uno de los sapos que andan por mi patio. Las madres estaban en la vereda, viendo lo que hacían sus hijos. Escuché el barullo que hacían pero ya ni salgo a mirarlos. Y por si les parece una pavada: un sapo es un ser vivo, un ser sintiente, un ser inocente e indefenso. Son además, muy útiles al humano, comen miles de mosquitos y forman parte importante de las cadenas ecológicas. Por otra parte, varios de los ladrillos usados en el acoso al animalito, estaban en mi pasillo, o sea que lo persiguieron cuando él había salido de su refugio, que lo tenía entre mis plantas. 
   Cuando me recriminan que prefiero los perros a los niños no contrargumento para defenderme, porque mi elección entre las personas humanas y las otras creo que se definió el día que al volver de la escuela encontré a nuestro perro colgado de la cumbrera del galpón. Mi padre lo había ahorcado porque le sacó un trozo de carne de la mesa. Yo no le daba demasiada importancia a aquel perro pero cuando lo vi colgando de la soga, su cuerpo martirizado sin ninguna lógica me rompió el corazón.
   Creo que desde entonces sopesé entre los padecimientos que merecían mi compasión y los que merecen apenas mi reflexión y mi esfuerzo educativo. Si escribo este texto de escaso estilo y tan visceral es porque quisiera conseguir que los humanos dejen en paz a los seres de este mundo. Que los dejen vivir en paz. Ni siquiera les pido que les den amor o protección porque ni siquiera protegen a sus propias crías: esos niños hicieron eso entre la una y las dos de las madrugada, en la calle, mientras las madres se refrescaban, charlaban y hasta chapoteaban en la pelopincho que instalaron en el pasillo y en la que desperdician miles de litros de agua potable.
   Es decir: estos niños son una especie de brote perverso de padres indiferentes, vacuos y ciegos. Padres que para educar usan la amenaza milenaria: "-Vení adentro, que ahí te va a agarrar el sapo." Este sapo era apenas el tamaño de la mano de un hombre, nació y había crecido entre los ladrillos del pozo de mi patio y cuando se despabilaba con el verano salía y se instalaba, pacífico, silencioso, sobre el blanco piso del pasillo. En estos dos años lo vi crecer, tomarme confianza, respirar atento junto a mi tobillo mientras yo le contaba mis tonterías de mujer sola y triste.
   Dirán que, como vieja loca que soy, lloro por un sapo. No lloro por un sapo, lloro por esta humanidad inhumana que solo aprende a hacer daño, a infligir dolor y no aprende el amor, ni la compasión, ni la ternura, ni la bondad. Lloro porque este ser que se llama a sí mismo humano no merece el paraíso que le tocó.

Fulgencio en su esplendor Foto: José V. Gonzalez.


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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...