jueves, 31 de octubre de 2019

Dio sin paraíso

   Hace más de cuarenta años, yo vivía en un lugar de Resistencia en el que tuve un amigo que no estudiaba, no trabajaba, no casi nada. Salvo leer o fumar creo que no hacía otra cosa. Soñaba con lograr grandes hazañas que era incapaz de iniciar y menos aun de sostener, puesto que las grandes hazañas exigen esfuerzo, trabajo, constancia. Él era un turista de la vida. 
   En una ocasión me vendió por pocas monedas un libro de ciencia ficción, género que no llamaba demasiado mi atención por esos días. Al libro le faltaban unas hojas finales, cosa que descubrí cuando ya lo había leído en casi su totalidad. Pero no se lo recriminé porque yo sabía que si él me había hecho víctima de ese pequeño abuso de confianza era solo porque estaba desesperado: necesitaba el dinero para sus cigarrillos.
   El libro tenía tres relatos de ciencia ficción típicamente estadounidense. El primero de ellos se llamaba Dio y su autor era Damon Knight. El núcleo de la historia se asienta en el sueño de inmortalidad que tiene su mejor mito fundante en el suceso de Gil Gamesh. La humanidad ha logrado la inmortalidad. Y aunque ello ha sido a costa de vivir un presente perpetuo y de haber perdido la posibilidad de perpetuarse en un hijo, todos parecen estar satisfechos y felices.
  Es un mundo repartido entre dos tipos humanos, contradictorios y complementarios: los estudiantes y los jugadores. Los estudiantes investigan, proyectan, planifican y construyen el mundo en el que los jugadores viajan, usufructúan y gozan de los bienes que jamás producen. En general no se cruzan, no se alían ni se enfrentan, a excepción de Dio, estudiante, y Claire, jugadora, que se encuentran y se enamoran. Y todo fluye, el amor en sus inicios es así, hasta que Dio, el inmortal, se enferma de mortalidad.
   La historia de amor queda atravesada por el mal de Dio y los amantes se encuentran y desencuentran al ritmo de la evolución que Dio está viviendo y los inmortales son incapaces de comprender. Hasta que después de una larga separación Claire vuelve y halla un ser exótico que poco y nada tiene que ver con el Dio que amó y conoció. En la separación definitiva él la rechaza con suavidad apoyado en un argumento irrebatible: "-... tú eres una diosa. Una diosa inmortal... y yo soy un hombre."
   Pero no es la historia de amor la idea verdaderamente núcleo de este largo y patético cuento sino, más bien, la noción de que los seres humanos estamos divididos en opuestos: el blanco y el negro, el rico y el pobre, el bello y el feo, el humano y el dios, el que está destinado a salvarse y el que está destinado al martirio, al sacrificio, al trabajo, a la inmolación incluso.
   Es muy extraño que hayamos construido una realidad en torno a estas nociones y vivamos plenamente adaptados a ello, incluso cuestionándola de vez en vez, pero sin cambiar nada. Tanto así, que desde mi rincón de escritos y lecturas percibo que el mundo milenial está poniendo en práctica esta rara utopía de Damon Knight: los estudiantes y los jugadores conviven en mediana armonía, sin conciencia de que todos los sueños de igualdad, de equidad, son ignorados a menudo por una generación de felices vagabundos de primera clase que usufructúan los recursos del planeta, sus bellezas, sus culturas, su exotismo, su rica y acariciadora benevolencia, eternamente inmaduros, permanentemente adolescentes a lo largo del tiempo. 
   Mientras ellos sobrevuelan el planeta fotografiándolo, espiando sus superficialidades, cientos, miles, estudian, planifican, organizan y construyen un mundo que apenas atisban durante dos o tres semanas de vacaciones en alguna playa a su alcance. El resto de humanos es deshecho: muertos de hambre, de sed, de enfermedades, masacrados, expulsados, rechazados, violentados hasta la más sensible de sus vísceras, son solo el abono de un mundo que ya eligió el modelo existencial para los próximos doscientos años. 
   La ciencia ficción siempre fue prospectiva y predictiva. Dio, aquel maravilloso cuento que yo leí hace cuatro décadas, me estaba avisando que yo iba a ver este final: un mortal anciano y triste caminando despacio, bajo el viento, hacia un horizonte arrasado donde lo espera su tumba. Debajo de esa tierra desértica, o lejos de ella tal vez, una nueva especie construye un paraíso de fantasías.

Foto: José V. Gonzalez
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miércoles, 30 de octubre de 2019

Como las golondrinas

   En diálogo con mi extranjero curioso hemos intercambiado observaciones sobre lo que en el último lustro se ha dado en llamar la grieta. Yo supuse, por las relaciones que él frecuenta, que la idea la sacó de las charlas con esa gente de clase media, con alta cuota de sangre inmigrante, ideas cuasi fachistas y convencimiento de superioridad: "el medio pelo argentino" de Jauretche.
    El medio pelo argentino no siempre es de piel blanca y cabello rubio, así como un porcentaje acotado de cabecitas negras son de cabellos y ojos claros, pero el medio pelo goza, por esa circunstancia meritocrática e injusta de la sociedad que armamos los humanos de cierta situación que lo pone sobre piso de mosaico (perdón por el arcaismo, pero el medio pelo es arcaico), y le permite cierto nivel de acceso al consumo que lo hace verse a sí mismo cercano, como un pariente, a los personajes de televisión.
   El medio pelo actual tal vez ya no se debería clasificar como medio pelo sino como medio cerda, por la tosquedad e incultura que lo impregna y porque la  violencia de su xenofobia, de su reaccionarismo, de su prepotencia, lo pone en otro nivel al medio pelo de mediados del siglo XX al que la escuela pública con su enciclopedismo y sus valores nacionalistas e higienistas le había dado cierto refinamiento.
   El medio pelo chaqueño es un caso aparte, una subespecie no catalogada aun pero original y vistosa: se creen todos descendidos de los barcos (tal vez sus abuelos vinieron en barcos, al menos uno de ellos, pero para llegar a esta tierra mediterránea, polvorosa y ardiente es más seguro que hayan llegado en tren) y se creen todos pura sangre. 
   Yo le decía a mi extranjero curioso que eso no siempre es tan así porque nadie garantiza que la gringa no haya recibido las galanterías de un cocechero morochongo mientras su gringo negociaba el algodón en la cooperativa y porque todos sabemos que ese mismo gringo no desperdiciaba cocecheritas entre los líneos sedosos de blancos capullos de algodón. Y, aunque mi extranjero curioso es un ángel ingenuo, no es difícil sacar la conclusión de que esos muchachos y chicas que lucen vestidos tradicionales de la Europa del siglo XVII en las celebraciones de sus comunidades, racialmente no están muy lejos de los despreciados Brian y Yeni.
   Sin embargo, esos jovencitos son los futuros mediopelos del Chaco y del país, y como los argentinos somos mundiales, tal vez del mundo, porque esos jóvenes crecen arrullados por la canción de cuna que les cuenta que el Brian y la Yeni, subespecie urbana derivada de los trabajadores golondrinas del pasado, son los patas sucias, chorros, ladrones, mantenidos del estado, de este tiempo. 
   El Brian y la Yeni son los que caen en la escuela pública, son los que cambian votos por un bolsón de mercadería, son los que tienen hijos por la subvención, son los negritos que padecen portación de cara y que la gendarmería baja de los colectivos para revisarle la mochila cuando hace sus controles en los ómnibus de larga distancia.
   Todo esto traté de explicarle en palabras más sencillas a mi extranjero curioso, para no ofender su sensibilidad europea. Yo lo sé en primera persona, porque aunque no me llamo Yeni, vengo de ese margen siempre en la cornisa que construyó este norte productivo cambiando de lugar, de norte a sur, como las golondrinas, y que bregó en las fábricas y un día fue fiscal. Como el Brian.


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En realidad fue presidente de mesa, pero nos atenemos al primer rumor, por estética del discurso, je.

jueves, 24 de octubre de 2019

Cuatro palabras

¿Viste cuando alguien dice: "-Voy a decir algo cortito, solo cuatro palabras." y después no termina más? bueno, eso.


Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...