martes, 31 de diciembre de 2019

Gracias veinte diecinueve

Ha sido un año muy lindo.No porque no tuviera algún mal rato, sino porque, con escaso mérito de mi parte, tengo mucha gente que me acompaña: -a leer versos, a tomar mate, a conversar sobre cuestiones de lo más disimiles, a intentar en una mínima medida arreglar alguna cosa triste de este mundo, a recuperar recuerdos y esos aires de la juventud, a compartir belleza, a caminar esta ciudad que es la madre de mi corazón.
Cuando hago estas reflexiones introspectivas asumo, a regañadientes, que la vida es bella, el mundo es hermoso, de lo cual nunca dudo, y en mi destino me he topado con gente maravillosa. Desde aquella preciosa, dulce y delicada maestra de cuarto grado, de la cual Chiche estuvo muy enamorado, hasta el extranjero curioso que atravesó mis días como un cometa, y como tal dejó una estela de chispitas que tardará mucho en apagarse o esas muchachas del Refugio, que luchan a brazo partido contra la crueldad.
En el medio, la lista sería muuuuyyy larga, pero tengo que empezar a rendir cuentas porque el camino empezará a hacerse estrecho y como cualquiera no tengo idea de dónde está la curva final y definitiva. Tengo que hacer memoria, que es lo que hago con mayor asiduidad, porque estoy en esa etapa en que los recuerdos son como duendes que bailan sobre mi frente y nunca duermen. Como los recuerdos suelen ser desordenados, aleatorios, en ellos se mezclan mi maestra de séptimo grado y el caballo alazán de Don Cleto Lencinas, don Cleto con su enorme sonrisa, con su hermosa mujer y su irrenunciable resistencia de pobre.
Si es por etapas de vida, la gente que habitó mis momentos de aprendizaje fue fundante en los rumbos de mi destino, al menos en la actitud con que enfrenté, o escabullí, las cuestiones de mi vida: Francisco y Perla, cometo la osadía de nombrarlos, porque son para mi esa alhaja única y maravillosa que guardo en el rincón más cálido y secreto de mi corazón. Pero es importante en este inventario pagar el óvolo de la gratitud a los formadores de mi alma, en cuyo podio no dejo olvidada la sonrisa de Alfredo, el poeta.
Si es por temas del corazón la amistad es un ámbito de mi vida con cientos de espacios floridos y frescos donde la amistad siempre regó las raíces de mi emoción: desde mi querida Tere, aquellos imbatibles compañeros de promoción, los del A, los del B, indistintamente, hasta la tríada insuperable de mis años de UNNE: y si María Mina, Gachi, Mónica y la banda que venía detrás, (bueno, Marisel, no puedo nombrarlas a todas!!).
También, aunque no parezca, y alguno ni lo sospeche, tengo seis hermanos, una incontable retahíla de sobrinos, lindos, originales, únicos. Y aunque los hijos ya ni saludos manden, Ariel se queda, hace el aguante por los que no están, mientras el Memphis hace lo que puede. Lo mejor de esa historia es que ellos tienen sus logros y sus trabajos, su gente, sus amores, sus destinos, y en el inicio, en el punto de partida, siempre puedo recordar que estuve yo.
Del mismo modo en cada vida hay gente que llegó de a poco, gente con la que, gracias a su paciencia, hicimos un caminito claro, de piedrecitas y flores y llegamos a un banquito, tranquilo, bajo la luna, o mejor bajo el sol del crepúsculo, y ahí nos sentamos a leer versos. ¿Se imaginan? Unos versos leídos bajo la luz del crepúsculo. Creo que tendríamos que hablar especialmente sobre ello, la próxima vez, mis estimadas Norma y Brenda.
Alberto Cortés cantaba que a los amigos les adeudaba la ternura. Si, pero mi deuda es diferente: "a los amigos les adeudo la conversación". Porque no puede existir amistad sin conversación, sin ese intercambio de puntos de vista, de ideas, de reflexiones, de datos , que tenemos con Cristian, con quien celebramos las coincidencias y esquivamos sabiamente las diferencias. Este muchacho reflexivo y viajero es otro de los regalos que me dio la vida, o lo que fuere que mueve los astros de nuestro destino.
Este soliloquio no es un inventario, porque en ese caso esto sería peor que una guía telefónica. Además no solo hay gente en mi vida, también hay libros, los leídos, los por leer (y los que olvidé y los que ya nunca leeré), perros, gatos, gorriones, árboles, flores y hojas secas. Muchas hojas secas. Pero en mi patio las hojas secas no se queman, se quedan en el suelo y reciben la fuerza del sol subtropical y la lluvia que viene, a veces mansa, a veces desquiciada, y las hojas alimentan los gusanos de las preguntas, el asombro o el dolor, y un día se hacen verso, digo, se hacen flor.

Él es Coqui. No se quién sacó la foto.

-@-



jueves, 5 de diciembre de 2019

Nombres

   El Juancho Sandoval es grandote como un ropero, un morocho imbatible del que recuerdo un niño de unos ocho o nueve años que alguien dejó de regalo en la casa,  donde finalmente formó parte, disfuncional y periférico, de una familia ensamblada y atípica, una extraña familia multitudinaria, organizada en castas, como la sociedad de la India.
   Aquella familia dirigida por los apetitos de un macho alfa con dos esposas, o una esposa y una concubina, que en algunas cuestiones era la favorita, era un tema típico del rincón semirural donde crecí.
   Los Sandoval llegaron un día, en muchedumbre, ruidosos, criollos de la tierra asentados en los bordes del mundo, que siempre es de otros, por la fuerza inflingida por el sistema, trabajadores de las tareas pegajosas y repulsivas que le permiten a los demás hombres alimentarse y andar pulcros, bien vestidos, dejando en la sombra de la intimidad esa parte animal que nos condena a ser bebedores de sangre para existir. 
   El padre Sandoval era carneador en el Matadero municipal y eso le aseguraba a la prolífica familia el alimento y el acceso a la propiedad de un pequeño trozo de tierra donde levantar una casa y organizar una vida comunitaria que incluía perros, cerdos y caballos. 
   La vida en común, con una misteriosa solidaridad que no dejaba de lado el oportunismo de agregar siempre otra mano al trabajo doméstico, incluía los niños del matrimonio legal, los niños  de la concubina,  los previos y los nuevos, algún nieto, y muchachos que llegaban en los domingos futboleros y se quedaban semanas, meses, compartiendo la mesa y la repulsiva labor de raspar tripas de vacunos que servirían luego para hacer embutidos.
   En la barahúnda de actividades y de vidas, el principio rector del chicote de Doña Luisa, la mater familis, era la manifestación de un sistema patriarcal que delegaba en la hembra fálica un poder omnímodo que venía del patriarca, cuyo silencio distante e impertérrito lo hacía parecer ajeno, indiferente. En ese cosmos de hijos, hijastros y entenados, el Juancho tuvo su acotado lugar de niño solo.
   Fue un regalo que le dejó un viejo ruidoso y borracho, que se decía su abuelo, a Doña Luisa, tal vez como pago por el opíparo asado de un domingo regado de vino y ensordecido de música regional. El Juancho tenía escasos ocho años, no se si legalizados en el registro civil pero que eran ya una vida entera de madre ausente. Y si bien solo tuvo un pantalón a lo largo de su vida, hasta que se hizo hombre y se independizó, como entenado de los Sandoval nunca recibió un golpe y tuvo un abrigo de la tormenta y la helada y se hizo hombre, eso que la cultura burguesa llama "hombre de bien".
   Ahora, cincuenta años después, el Juancho es un morocho saludable, alto y apabullante, viaja sereno y sin apuro en una moto más grande que un caballo y habita una enorme casa muy bien puesta sobre el bulevar que bordea el cementerio y convive con una esposa más rubia que los trigales, como el sueño de Mario Nestoroff, y me cuenta, cuando me tiene a su alcance, que los hijos ya se han ido por la vida y que "otra vez estamos los dos solos".
   Aunque yo nunca lo miré de niño, el Juancho, cuando logra tenerme a su alcance, me abraza con un abrazo inmenso como si abrazara la infancia que no tuvo y que hubiera querido y que todavía sueña y me dice "que tal gabriela, como te va". A veces, cuando vengo huyendo en mi bicicleta por la 1ero de mayo hacia ese fin que me espera, de la Jujuy hacia la derecha, el Juancho me grita desde alguna esquina "gabriela, chau gabriela".
   Mi hermana me cuenta que ya hombre el Juancho salió a buscar la madre que no lo crió y la encontró y cada tanto la visita, grandote y próspero, y yo imagino que ese encuentro cerró uno de los círculos karmáticos de este mundo y le ha dado al Juancho esa luz que brota de su morocha sonrisa sin renuncias.
   No me llamo Gabriela, Juan, pero gracias por haberme bautizado así, como si supieras todo lo que ese nombre maravilloso simboliza para mi. Gracias por existir, Juan. Gracias por llamarme con el nombre de la poesía, hermanito.

Familias de ayer. Archivo familiar.

-@-

Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...