He estado en estos días pasados en medio de un grupo de gente que se llaman a sí mismos escritores. “¿Qué es un escritor?” Me pregunto yo que siempre ando preguntándome, y no encuentro una respuesta que pudiera dejar satisfechos a este colectivo de gente que publica libros. Alguien que escribe es un escritor, es también un escriba, un copista y un amanuense o secretario, alguien que escribe deja por escrito un testimonio, una prueba, un dictamen, un comprobante o título, o sea es un escribano.
Muchos de los escritores que conozco son meros copistas de sus emociones, sentimientos, impulsos, miedos, dolores y alegrías. Algunos son disciplinados amanuenses de la realidad que le pintan los medios y las modas y muchos son escribanos de los eventos sociales, políticos o culturales que atraviesan a la población en general en ciertos momentos cruciales, se ajustan a esos hechos y los recrean en textos que parecen una copia de la vida. En este último caso, incluso, pueden llegar a hacer disciplinadas y farragosas investigaciones para ser lo más fieles posibles a los hechos que pretenden recuperar y eternizar.
No tengo nada de favor ni disfavor respecto de estos géneros de escritura que los escritores y sus lectores llaman literatura. Algunos hasta logran, aunque con producciones ingenuas y un poco adolescentes, creaciones conmovedoras y hasta líricas. Y estoy pensando en una novelita de tipo autobiográfica que leí hace mucho y que alguien me hizo recordar en estos días: “Los años del pacaá” de Omar Héctor Zenoff. También me acuerdo de “El Principito”, cuyo autor nunca habrá imaginado el barullo que hizo el mocoso que él inventó solo para piropear a su tóxica mujer. Cuando nos ilumina el estro, puede salir una creación bastante bonita.
En ese sentido sería bueno que los escritores dejaran hablar a su obra. Sin embargo, por lo que veo, muchos escritores están supeditados al impulso más visible del homo sapiens: ganar… éxito, fama, dinero, reconocimiento de sus pares. Hice dos comprobaciones probatorias, aunque suene cacofónico.
La primera entre mis jóvenes, ingenuos y esperanzados compañeros de quehacer. Una joven escritora le decía a su joven amigo escritor interlocutor: “-Un editor me dijo que uno no debe intentar estar en la cúspide de la lista sino estar en el medio.” Todos los esfuerzos cultivados en la última década para no entrometerme cuando la gente dice sandeces intolerables se derrumbaron en la milésima indignada de un segundo y le espeté: “-¡¡Yo no quiero estar en ninguna lista!! ¡Quiero escribir mejor!”. Nadie estaba hablando conmigo, pero ustedes ya saben, yo pierdo mi virtud antes de que llegue la tentación.
La segunda comprobación me la dieron unos minutos después los escritores que presentaban la obra de Juan Chico. Me parece que si vas a recordar a un muerto que conociste mucho y que ha sido caro a tu corazón, hablarías sobre él, como se habla de alguien que uno quiere mucho, con emoción, con ternura, con nostalgia, pero narrando oralmente para pintar ese hombre que ya no está y que nos dejó este legado. No fue así, y aun aceptando que cada uno lo hace a su modo, no me parece que presentar a alguien sea ocasión para lucirnos. Los dos presentadores leyeron escritos propios, prólogos o capítulos de su propia obra, referidos al creador homenajeado, pero en los que se destacaban, por la entonación, la actitud entusiasta para con su propio texto, el claro deseo de lucimiento propio.
Es probable que mi mirada sea un poco sesgada, veo demasiada vanidad en el oficio y no creo que escribir deba ser visto como un oficio. En cualquier actividad se diferencia muy bien el arte del oficio aun cuando un oficio requiera de habilidades artísticas y cuando la habilidad artística se complemente con cierto nivel de oficio. Digamos, por ejemplo, la pintura. Uno puede pintar paredes con habilidad y arte o puede pintar artísticamente una pared con un mural.
Veo en el conjunto de escritores que conozco que casi todos aspiran a reconocimiento, lo cual es legítimo, dirán, pero ninguno habla sobre sus habilidades, su estilo, sus dificultades para superar las limitaciones a que nos enfrenta la medianía de nuestra capacidad. ¿Cómo puede uno preguntarse qué lugar le tocaría en una lista si no ha logrado aún evaluar su propio quehacer?
Cuando miramos lo que escribimos a lo largo de décadas nos embarga un profundo desencanto: pensamos muchas veces porqué tenemos este extraño vicio al que no hemos logrado convertir en virtud diamantina. ¿De qué sirvió un don menguado y tan difícil de domeñar? ¿Qué derecho tenemos de andar a los codazos entre otros tan miserables como nosotros si somos apenas la arena menuda que nunca será acantilado? ¿Cómo puede alguien ser tan ingenuamente engreído?
Una querida persona me ha regalado un libro impresionante: una “Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana”, son mil quinientas ochenta y nueve páginas a dos columnas que hacen inventario de los escritores y su obra según un criterio que me ha hecho reír:
1-Los universales y eternos.
2-Los que, sin valor intrínseco permanente, deben ser conocidos por (…).
3-Los (…) de segundo orden.
4-La comparsería: turbamulta (…) que una circunstancia repentina dio repentina celebridad, (…).
Pueden elegir en qué categoría quieren ser recordados. Por mi parte creo que se cumplirá mi deseo: me iré de aquí fuera de toda lista, como Antonio: liviana de equipaje.
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