Decía Jean Paul...
Hacía mucho calor esta mañana. La bicicleta ayuda a superar distancias en pocos minutos pero de todos modos siempre termino hiperventilando y empapada. El tránsito es difícil en la Villa, así que insulto como un gañán a los motociclistas y a sus motos y no miro más que mi propia sobrevivencia, por lo que si alguien saluda ni siquiera lo veo. Además, nunca he sido muy saludadora.
Así que llego a un negocio de artículos tecnológicos y mientras tomo aire hago la cola con distanciamiento. La muchacha que está delante me saluda con sorpresa y simpatía: yo solo veo un enorme tapabocas negro y una hermosa cabellera rubia de grandes ondas naturales. Contesto apenas, porque siempre me molesta que me reconozcan desconocidos. Concluyo que debió ser mi alumna alguna vez, “allá lejos… y hace tiempo”.
Reflexiono que debe ser una de tantas de las que en el aula ni me oían pero a la que la mayoría de edad les trajo de premio la nostalgia de la adultez por la hermosa y muerta adolescencia. No me recuerda a mi, recuerda a la muchachita que fue, aquellos sueños, aquellas risas, aquellos primeros amores y aquellas lejanas y tontas melancolías. Me he convertido en algo así como la vigilante de un portal que esconde los dulces y oxidados tesoros del ayer idílico.
Acepto una “amiga” en facebook y la muchacha me regala un largo mensaje, en el que me recuerda como su profesora… etc… etc. Si bien el nombre puede resultarme familiar, llegué a tener familias completas de alumnos con el mismo apellido, no así el rostro. Concluyo que la vida y un toque de labial pueden funcionar como una máscara que oculta a la muchachita que fue mi alumna, tal vez.
Cierto día voy a un evento cualquiera y una antigua alumna me dice que yo le había dado a leer cierto cuento de cierto autor al que siempre he relegado al limbo de los insufribles. Le señalo que seguramente lo leyó con la otra profesora de la institución, ella reconoce que es factible.
Digamos entonces, sin que nuestra autoestima se sienta muy acongojada, que éramos un elemento más, indiscriminado y apenas sumatorio en medio de la masa de docentes que pasaron por la vida de esta niña sin atravesarla, sin impactar en eso que ella era por sí misma, sin necesidad de nosotros. Somos, para ella, si acaso, un recuerdo inventado de vaya a saber que representación de virtudes y defectos que no creemos ser.
El ayer vuelve disfrazado de nostalgia pero no tiene mucho que ver con lo que tal vez fuimos y menos aun con esto que somos y aun en menor medida, si es posible, con lo que los demás creen haber sido mientras eran con nosotros.
Lo que más me molesta de estas situaciones tiene que ver con el desentendimiento que nos enreda en una trama de nostalgia pegajosa en la que el otro (en este caso mi rol para ellas en aquellos días) era un algo que tenía que ver con ellas. Lo cual es engañoso y triste porque es igual a ese saludo que nos damos al cruzar una esquina: mecánico y ajeno, sin saber apenas quién o qué es el otro.
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