En los inicios sádicos del Proceso hubo como un reflotar del modelo nacionalista militarizado, de aquella teoría de la defensa de la integridad territorial (que trajo la nefasta aventura de Malvinas como consecuencia) y de la identidad nacional representada en esa vaga y tan discutida noción del “ser nacional”.
En las escuelas no teníamos mucha conciencia, porque los docentes venían de una caótica primavera democrática con la que se habían impregnado los corazones esperanzados de un pueblo ingenuo y adolescente, como seguimos siendo, al que le llevó muchos años despertar a la realidad del baño de sangre a que sometió el gobierno militar a la población argentina, sobre el que se ha construido una grieta infame y lastimosa.
Dentro de este panorama, algún día de esos, el Director, nuestro siempre bien recordado Orlando Eloy Cuesta, me pidió que escribiera un texto sobre la invasión fluvial de Paraguay a la zona de Isla del Cerrito durante la Guerra de la Triple Alianza. No se explicó mucho, nunca me había imaginado que los paraguayos, pueblo vecino y muy cercano a nuestro corazón por su música maravillosa, habían sido alguna vez enemigos nuestros.
Busqué algo en mi fiel diccionario Mentor y en base a esa mínima información escribí dos o tres hojas, de las dos caras, o sea, unas cinco o seis cuartillas (……) y se las entregué. Un tiempo después el Director, me comentó deteniéndose junto a mi banco, mientras yo borroneaba la tarea de plástica que nos había encomendado, y me dijo que había conseguido mención de honor y que no tuvimos el primer premio porque había un error histórico (yo no tenía idea de sobre qué estaba escribiendo y espero que aquel engendro se haya perdido en la noche de los tiempos). Él estaba exultante al contármelo.
Unos días después luego de izar la bandera me hicieron entrega del premio: el ministerio había enviado dos libros de autores chaqueños: “Donde mueren los sueños”, de Simón Nusblat y “Tierra ceñida a mi costado” de Aledo Luis Meloni.
Ese día empezamos con Aledo un noviazgo muy largo.
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jueves, 1 de julio de 2021
La chica que era un hada
A María Mina Giménez,
por aquellos días,
por los nuevos encuentros
y por el futuro que aun espera.
Un día de julio cruzamos juntas la plaza, ella acurrucada en su campera inflable color rosa y yo con mi chaqueta de cuerina negra, estilo guerrillero, ella con un larguísimo cabello rubio de hada y yo con un oscuro matorral en la cabeza, embrollado e ingobernable, como mis ideas y mi vida. Parecíamos muy distintas. Y lo éramos. Éramos muy coincidentes en un montón de cosas, los libros y la poesía, para empezar, campo en el que se veía nuestra diferencia: ella quemó sus versos de juventud, yo los hice libro y los publiqué.
Aquel día de julio, frío y luminoso como eran los inviernos entonces, cuando el cambio climático apenas afilaba sus uñas, pero nosotros no lo sabíamos, íbamos a la Municipalidad, a representar a la escuela, el viejo y glorioso Bachillerato Nº 5, en una especie de concurso que se habían inventado los funcionarios de ese momento, en un tiempo en que el calendario de efemérides requería de los alardes literarios para la celebración.
Dos años después reinventamos el encuentro en medio del bullicio de setecientos ingresantes de la UNNE: yo estaba midiendo mis posibilidades emocionales de resistencia en esa multitud ruidosa de desorientados, que creíanse destinados a vaya a saber que olimpo del conocimiento, cuando sonó mi nombre entre el gentío y aquella chica se materializó en medio del caos, y como las hadas organizan con su varita el universo maravilloso, así también ella organizó el espacio, el ahora de ese día y el después de mi destino.
Tenía el don de darle sentido a los momentos más vacíos, llenaba el espacio con su encanto liviano, con su silencio, con detalles que yo no había aprendido a mirar. Hasta entonces había pasado por la gente sin distinguir en ellos esa parte de humanidad: los matices del mundo, de las cosas, de las personas, eso que hace que un vestido sea bonito, que una hora de sol estreche el afecto, que la lluvia nos encierre en un manso silencio.
Le debo mucho a aquella chica rubia y mansa, delicada como un objeto de porcelana y que, sin embargo, como pocos, supo rearmarse en el dolor de la estafa con absoluta dignidad: en las fotos de sus peores días, sonríe luminosa, como si estuviera apretando con los tacos de sus siempre novedosos y encantadores zapatos la cabeza insistente de la tristeza. Un hada dispuesta a resistir.
Navegué por su casa y a su vera un tiempo demasiado corto para lo larga y trabajada que viene a ser la existencia, pero lo bastante como para guardarla en el lugar de mis mejores bienes. Tanto que cuando la vida amainó sus tormentas y ya pude sentarme con mis hijos menores a hablar del pasado, ella (y aquella que bien sabe que es ella) fueron las protagonistas de mis narraciones. Tanto que uno de ellos, cuando llegó a la urbe, antes que estudiar prefirió buscar aquellas amistades de la madre y ver cuánto de luminosos eran aquellos recuerdos.
Y tan luminosos eran que él descubrió que también podían iluminar sus días, porque las hadas son las dueñas de la luz.
Hay una señora ministra que está teniendo sus cinco minutos de fama. Sus dichos levantaron polvareda y con la polvareda a varios les dio un fuerte sarpullido. Ideológico, obvio. Con tonos y gestos de actriz de cine la dama espeta a los aturdidos oyentes que los docentes van al aula cargados de ideología. Luego colorea esta afirmación con una nota cuasi apocalíptica, para cierta sensibilidad medioclasista: la izquierda ha tomado los IES. Si tenemos en cuenta que con esa mirada la dictadura de Onganía casi desaparece las Universidades en los años sesenta, ese dicho ya es de lesa humanidad, porque no se puede pasar por alto que episodios como “la noche de los bastones” estuvieron justificados por esta perspectiva: limpiar ideológicamente las Universidades.
Y si bien los IES son mirados por sobre el hombro por unos cuantos que ponen un escalón arriba a las Universidades, debe haber quienes acuerdan con esta afirmación de la funcionaria. Pasa que la polvareda está espesa y mejor resguardarse para no recibir un cascotazo. Porque lo que afirma esta señora ya lo dijo Jaim Etcheverry en su libro “La tragedia educativa” (pág. 159, Prim. Ed., 18º reimpresión, 2009) cuya lectura propiciamos en los IES. La ministra cita textualmente el último segmento de la página cuando señala el segmento social del que vienen en la actualidad los nuevos educadores y los rasgos que los adornan: la edad en muchos casos supera la tercera o cuarta década, muchos son trabajadores precarizados, como la de sirvienta doméstica. Y Etcheverry parece haber recibido muchos aplausos. Etcheverry por otra parte abrevó en estadísticas, lo que, según el modelo cuantificador de la burocracia, es irrebatible.
Lo rebatible en este discurso denigrante y prejuicioso, salta a la vista. Si partimos del prejuicio de la clase media por las ideologías de los docentes, tenemos que apuntar a dos frentes: la noción de ideología y el derecho a participar de alguna de ellas. La ideología puede ser más frívola, utilitaria o compleja y profunda, puede tener más o menos hilos políticos en su trama o más o menos humanitarismo, pero no hay persona sin ideología. Podría decirse que a mayor formación académica la ideología es más rica, colorida y comprometida, pero por experiencia, sabemos que no es cierto. Las ideologías más potentes se nutren de lecturas, las más desnutridas suelen degenerar en fanatismo. Se colige que no es este el problema que desvela a la ministra y a los pedagogos que sufren por el modelo educativo insatisfactorio: lo que los preocupa es la ideología de izquierda en el abanico de ideologías que pueden desplegar los docentes argentinos, ya no solo los de la capital. Y en ese abanico, a ellos parece escapárseles que hay muchas corrientes y líneas: en primer lugar, el clásico nacional: peronismo-radicalismo. Y de esas paralelas salen múltiples ramas que hacen que el espectro sea muy colorido, pero también confuso; en este país no todo es verde o celeste, no todo es rojo o no rojo. Esto que pasa en la población en general impregna también el colectivo docente.
Entonces tenemos que ocuparnos de la cuestión del derecho a tener ideología y como el derecho al libre pensamiento y la libre expresión ya están legislados, parecería que ni es necesario este planteo. Sin embargo, es importante señalar que no se puede pasar los cerebros por la lavandina de la limpieza ideológica porque hay políticas represivas en el mundo que lo han intentado, o lo han hecho y terminaron en aberraciones. Lo segundo importante a decir brevemente aquí atañe a la obligación ética del docente: si voy a formar a otros debo trabajar en mi formación, debo conocer de qué lado de la vida, de los intereses y de las ideas me pongo respecto de todo lo voy a hacer en el aula, en la escuela y en mi propio devenir. Puesto que al menos dos generaciones se nutrirán con lo que el docente le escancie de saberes y sabiduría, es indispensable que éste tenga claro que está haciendo y porqué lo hace como lo hace. Si queremos docentes sin ideologías tendríamos que optar por darles las nuevas generaciones a un ejército de robots.
Un aspecto que ha abierto una herida profunda en la sensibilidad del colectivo docente de todo el país, aunque la dama solo hablaba de la gran ciudad, está en relación con el origen social, el capital cultural que aportan y la edad en que se concreta el ingreso a la docencia de un alto porcentaje de docentes desde hace unos diez años, y algo más. La fuente también es Etcheverry y no me parece errónea esta afirmación. Es una verdad, medida por estadísticas que están hechas para lecturas sesgadas. Lo malo de estos dichos es el prejuicio y el desconocimiento de los rasgos de estas personas y la clase social de la que vienen. Con los palos de los bombos la habrían corrido a esta señora si en Santiago del Estero hubiera dicho que por pobres no “tienen capital cultural para enriquecer la experiencia” de …… ¿quién?
Es un prejuicio reaccionario creer que las clases populares no tienen cultura, no tienen saberes, no tienen valores, no tienen ideas. Ya lo dijo alguien (¿Galeano, talvez?): los ricos hacen arte, los pobres, artesanías. El maestro venido de las clases populares, a veces de los indigentes que viven en las calles, los cartoneros, los villeros, los cosecheros del interior, las sirvientas de los ricos, cuentan con una experiencia de vida, no solo rica sino pedagógica, para las nuevas generaciones: ha conocido el lado oscuro de la sobrevivencia y ha tenido la fuerza de voluntad y la valentía de enfrentar las limitaciones, no solo personales, sino las que le ponía el sistema. A eso le puso como valor agregado los saberes librescos, clásicos o innovadores, que le ofreció la profesión. Tal vez no haya pulido su estilo para socializar, tal vez lo aqueje cierto escozor de pobre, o quizá sienta orgullo de venir de abajo, de haber sido capaz de sacudirse el yugo y entrar al universo del pensamiento, cada quien lo expresará del modo que haya logrado internalizarlo. Pero un docente venido de la pobreza no es que no sepa nada, que no tenga cultura: sabe otras cosas, trae otras historias, otros rituales, otras necesidades y otras expectativas. Si, además, incorporó el hábito de la lectura y no solo el del consumo, le agrega un nutriente profundamente humano al capital cultural que vaya a ofrecer.
Es extraño también que la mención de una edad tardía y del abandono de otras carreras no hayan encontrado una objeción orgullosa en lugar de solo sentirse ofendidos. Muchos hijos de clase media y alta, derivan por instituciones educativas sin recibirse nunca, o cambiando de carrera como aves migratorias hasta que el padre o tutor declina en sus habilidades y terminan refugiando su mediocridad en el negocio familiar. La hija de algún político quiere ser candidata en las próximas elecciones porque lo único que aprendió en la facultad fue a copiar. Valga el mal ejemplo. Eso no quiere decir que los pobres no se copien alguna vez. Lo que se debería destacar es el esfuerzo sostenido, la capacidad de resiliencia, la constancia, la valentía para dejar un camino que se cierra por una senda que tienen que abrir a puras trasnochadas de apuntes y fotocopias. Teniendo hijos, a veces hasta nietos. No son delincuentes a denostar, como tantos políticos, son modelos a seguir.
Y el aludido discursillo de la rubia cinematográfica, escupido con suficiencia, no es de cosecha propia. Ella abreva en nuestros intelectuales, en formadores dilectos y prestigiosos, que nos enseñaron a ser discriminadores con nosotros mismos. Y a reaccionar, casi siempre, con el enojo, el insulto, la puteada. Reaccionemos leyendo los libros que ellos creen que no sabemos leer y hagámoselos llegar a nuestros alumnos. Y será justicia.
Nunca conocimos al hombre. Pero siempre se lo envidiamos a aquella Claudia, ciega de espíritu y sorda de corazón, que no fue capaz de amarlo. Sabíamos que era una contradicción andando en sandalias franciscanas entre flores y espinas,como el de Asís. Leímos en alguna parte poemas sueltos, como aquel que aseguraba que ella había perdido más que él,porque a ella nadie la amaría como él lo hizo, pero el sí podría amar a otra como la amó a ella. Qué amargo para una mujer que un hombre te diga eso tan terrible. Qué valientes son los poetas para desnudar sentimientos tan feroces y revanchistas y seguir por el mundo con un hábito blanco que parecía no vivir en este mundo tan lleno de manchas y suciedad.
Valiente era, también lo aprendimos a fuerza de hallar siempre noticias sueltas de sus andares: eligió quedarse por esas selvas a acompañar a los que luchaban por sus derechos, reinventó la doctrina cristiana en una versión benevolente para los que se revelan hartos de injusticia. Reescribió salmos acordes a los tiempos y las nuevas desgracias de la humanidad y arriesgó no solo la vida de su cuerpo sino la de eso que los creyentes llaman alma, y que los dueños de la verdad y consignatarios de las bondades del poder divino distribuyen sobre los humanos con regulada mano. El destierro de la promesa de salvación duró décadas y solo volvieron a abrirle las puertas del paraíso cuando vieron que era casi un fantasma huesudo y desencajado que ya estaba piropeando a la muerte.
Fue un poeta, un santo y un guerrero. Lo despedimos llorando, porque se fue y porque hace casi tres décadas un ex-alumno se llevó en préstamo su libro de los "Salmos" y nunca nos lo devolvió. Lo despedimos con lágrimas, profeta de la esperanza, de los desesperanzados y de las mujeres que no lo eligieron. Que vuele alto, por el cielo de esta Latinoamérica que lo amó y sepa que una latinoamericana lo eligió en su corazón. Que no fue en vano.
Miramos los escritos de este blog y vemos que un poema escrito ex-profeso para impresionar a lectores interesados en lo fáctico más que en lo poético, ha tenido más de mil visitas y que otros textos de mejor factura, tienen una decena de visitas. Y nos quedamos pensando que a la gente le interesa mucho más la biografía de los escritores que la obra en la que desaparece el literato, el docente, el ser biológico y social para manifestarse el ser profundo, esencial, en cierto sentido universal, y que constituye, el texto, una creación única, irrepetible, autónoma, que debería tener valor en sí misma y no por quién la escribió ni por los datos privados que se puedan husmear en el.
Rumiando estas confusas ideas, mejor no imaginar en quién estarán pensando algunas gentes cuando leen:
"Hoy camino las calles
sin recordar tu nombre."
y nos reímos un poquito de que no puedan acceder a ciertos secretos. Para ponerlos en la huella de la apenas encubierta intención les dejamos otro texto más explícito de nuestras malas artes. Pero muy pocos lo leyeron y es obvio que no detectaron la trama secreta del "dibujo en el tapiz".
Decepcionados por el fracaso de estos juegos literarios nos entretuvimos todo este tiempo persiguiendo en la web la imagen balbuceante, tierna, desdichada e inteligentísima de un hombre, de un escritor al que habíamos ninguneado durante décadas. Y después de ver, a veces solo escuchar, al menos dos decenas de entrevistas, sesudas y profundas, encontramos una especie de conferencia televisiva en la que participan varios escritores latinoamericanos y entre ellos, con su siempre original y disonante intervención, nuestro último conferenciante favorito: Jorge Luis Borges.
La charla trata de desatar el nudo gordiano de si el arte debe ser la voz de los desposeídos, por decirlo con un lugar común o debe ser una expresión puramente artística. Redundando, se plantea la cuestión del valor implícito del arte por el arte o el valor agregado del arte comprometido, ese debate ya tradicional que aparece en el siglo veinte con los movimientos pro-derechos y las luchas sociales, en las que escritores influyentes como Sartre adhirieron a la identificación del arte con el compromiso.
Luego de una intervención de Arreola que defiende la valía del objeto artístico, en este caso, el poema, por sí mismo, el histórico bibliotecario, vierte su opinión que transcribo aquí.
"Borges: -Creo que es más natural que lo dominen a uno las miserias naturales, que son reales porque a todos nos toca nuestra amplia cuota (...) de desdicha, que las de las masas, que son abstractas... porque no hay masas, realmente, no hay países... no hay continentes. Lo que hay, son individuos. ESO si es real. Un individuo es real. (........) No, no, esas son abstracciones.
Lo que puede interesarle a un hombre, realmente, es... que una mujer lo quiera, que la vida sea demasiado corta, o demasiado larga, saber quién es, de qué es capaz...
En cambio, si estamos pensando en términos de geografía política me parece que estamos limitándonos [eee..] algo que va a cambiar, [me parece] estamos sujetándonos deliberadamente a la política que, para mi, es una actividad triste, mas bien, y escribiendo [sobre política] parece tan difícil [que... me parece que] es mejor dejar que las cosas se escriban [a sí mismas].
Ahora... si eso sirve para explicar otras personas o no, eso es secundario, puede no explicar a nadie, puede ser, simplemente,como Arreola ha dicho, un poema puede ser un poema simplemente, y basta con que sea un poema.
Creo que la poesía en sí es muy importante, es muy misteriosa, tan importante como para que nos entreguemos a ella totalmente.
Entrevistador: -¿Para quién creen, ustedes, que debe escribir el creador literario?
B: -Para nadie. (Apresuradamente, muy enfático)
E: -¿Para las mayorías... (no alcanza a concluir la pregunta)
B: -Nooo. Ni para las mayorías ni para las minorías. Debe escribir porque el espíritu, digamos, por nombrar algo misterioso y profundo, el espíritu quiere que escriba... [para que el escritor] cumpla con su deber. Ahora, que eso sea leído, no sea leído, haya difusión, no haya difusión, todo son problemas de libreros, de editores, no interesan a ningún escritor." El debate continúa, pero nos quedamos con este fragmento porque de él podemos sacar dos ideas magníficas con las que siempre hemos comulgado, y en la actualidad son como nuestro escudo del caballero andante: nos protegen y nos engalanan.
La primera de esas ideas es la que avala lo que los románticos llamaban inspiración, y los clásicos estro: se escribe por una necesidad profunda de la que no se puede escapar (¡"el espíritu quiere que escriba", dice Borges!).
La segunda idea rechaza el concepto de la teoría textual de que el escritor construye un lector. "Para nadie", dice Borges y eso es automáticamente contradicho por los otros escritores, pero nosotros acordamos con el argentino porque si bien podemos construir un lector algunos elegimos escribir para nosotros mismos. Sabemos, al menos a un nivel personal adhiero a ello, que uno es su propio mejor lector. En realidad es más fácil crear un tipo de lector y ser obsecuente a las demandas de ese lector: mi experimento lo prueba ampliamente, y lo demuestra la industria editorial que inventó los best seller y la auto-ayuda.
Es tan raro ver, en estos tiempos el escritor autónomo, salvajemente solitario, no en su torre de marfil ni en la roca azotada por las bravas olas de la tragedia como el estereotipo del modernismo o del romanticismo sino en ese rincón penumbroso donde un escritor se recluye a escuchar las voces "del espíritu" y cumple con aquello para lo cual ha sido elegido. A veces las voces del mundo nos llegan, fragorosas, confundidas y sufrientes, pero entre esas voces colectivas siempre está el hombre, la mujer, el ser humano desnudo y herido, con el corazón tembloroso como un pajarillo desconsolado que no se cansa de pedir consuelo. Al final somos individuos que garabateamos papeles, papeles que hablarán paradójicamente del amor perdido, de las noches solitarias, de los sueños tejidos a la luz de la luna y de la hora en que una vez en la vida, rotos pero enteros, fuimos valientes... y nos quedamos solos.
Escucho, en una entrevista, decir a Borges que le parece que a la poesía "El grillo" de Conrado Nalé Roxlo él nunca la entendió. Y analiza los elementos lingüístico-literarios del famoso soneto, señalando algo así como el absurdo de esos elementos.
Señala, por ejemplo, que decir que el grillo ve "una copa de oro" donde hay un espinillo y "porcelana" en el cielo, es algo que no se justifica, porque si lo ve con ojos de grillo es seguro que el grillo no es capaz de percibir esa realidad, no se si lo dirá por la pequeñez del grillo o por su irracionalidad.
Es aceptable que un poeta como Borges no comulgue con una poesía barroca, o, mejor aún, simbolista, modernista, que carga de sentidos elementos decorativos y lujosos, una corriente literaria que se distinguió por su artificiosidad, por su decorativismo. Pero denostar un soneto profundamente musical y expresivo como este, es signo de mezquindad intelectual.
En los últimos tiempos estoy siguiendo las charlas, reportajes y conferencias del frustrado premio Novel y le empezaba a tener respeto cuando me encontré con un reportaje muy interesante que le hizo Antonio Carrizo, en algún programa de años ha. Borges hablaba maravillosamente, sus conferencias son verdaderas obras de arte y su estilo clásico para recitar poesía, declamándola con su voz cascada y acuosa, es conmovedor, emocionante, aunque lo haga en idiomas que nos son extraños.
Esta admiración que empecé a construir cautelosamente se tambaleó al escuchar esa crítica de mala fe, porque teniendo en cuenta lo que Borges sabía de poesía es obvio que su interpretación no está condicionada por su ignorancia de los recursos líricos, por su falta de competencias para interpretar metáforas, personificaciones, alegorías, por ejemplo, sino que su posición se arrincona en la terquedad del que no acepta los otros puntos de vista, o en este caso los estilos diferentes de hacer poesía.
Tal vez Borges, en ese encierro en el que él mismo cuenta que creció y vivió, perdió de algún modo la sensibilidad del tercer ojo, del que hablan los esoteristas, y cuando salió a caminar las calles de Buenos Aires ya no fue capaz de identificarse con un grillo, anónimo y solitario, siendo Borges casi tan solitario como lo era el grillo que se aguantó entre los pastitos esta afrenta y nunca salió a aclarar el malentendido del mitológico bibliotecario.
La mayoría somos capaces de reconocer que ver como un grillo, o que el grillo vea como un humano, es algo absolutamente posible en poesía. Asumir que la poesía no tiene otra finalidad que ser pura expresión, ser "música vana", es un derecho que hay que otorgarle. Algo que Borges, encerrado en su intelectualismo, no logró entender, parece. Porque, aparte de Borges, no creo que haya alguien que no se conmueva con esta maravilla:
Habré tenido dieciséis años cuando alguien, Elsi Gorostizu casi seguro, me alcanzó "La rosa profunda" de Jorge Luis Borges. Y era Elsi la que me lo prestó porque ahora recuerdo que me señaló uno de los poemas en especial cuyo verso más citado dice: "soy los que ya no son" el cual tiene el título en inglés (All ouer yesterdays) y que no alude a la interpretación que Elsi intentó contagiarme (respecto a su clase social en decadencia -la de Borges-) sino que habla más bien de sus antepasados sajones y la literatura que les permite evocarlos y que él estudió con amor.
Siempre he estado distanciada de esas interpretaciones referidas al discurso, explícito o implícito, de una clase social que canta sus glorias o su decadencia, pero si me apasiona la memoria de un tiempo heroico, maravilloso, en el que la poesía era la forma mágica con que los pueblos archivaban en la memoria las bellezas de sus hazañas, la magnificencia de su cultura, el encanto de sus creencias, la manera de percibirse en el mundo. Creo que Borges alude a ello en esa poesía. Pero esto lo supe mucho después.
De ese libro recuerdo mucho más el infinitamente citado "Los libros y la noche" y en especial uno, que me pareció maravilloso, en el que el poeta relata un sueño que tuvo en el que una cierva blanca cruzaba ante sus ojos, Borges en sus sueños no era ciego, y que le dejó una dulce sensación lírica que le duró en la vigilia, y tanto que escribió un poema en el que mostraba su extasiada mirada de ensueño sobre la cierva que lo encandiló durante unos segundos y le mostró su propia vida sintetizada en esa imagen efímera: su propia vida, tan fugaz, deslumbramiento efímero.
De todo un libro suelen quedarnos pequeños hilos, ideas, a veces casi nociones y en los textos excepcionales alguna frase. Cuando pienso en Borges no logro recuperar ni las peripecias ni los sentidos, siempre crípticos, de sus cuentos. Y tan poco me gustan sus cuentos, tan poco me conmueven, que él único desacuerdo que llegué tener con Alfredo Veiravé fue a causa de mi insensibilidad frente a la tragedia de Ema Sunz, cuento que tuve que analizar como tarea universitaria.
También, alguna vez hemos compartido nuestros diferentes puntos de vista sobre la obra del Homero argentino con René Sanchez que definió la poesía de Borges como "ripiosa" en ciertas ocasiones. Tal vez haya ripios en sus versos, no creo haberlos leído todos, pero a veces basta con un poema para apreciar la profundidad de la lírica de un poeta. En el caso de Borges ninguno de sus cuentos, los cuales parecen pensados en inglés y escritos en un proceso de traducción instantánea al castellano, puede alcanzar el vuelo de aquel verso: "A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires".
Tengo la impresión de que Borges en poesía es el único género en que es hispanoparlante. Y es en español que avistó la esencia de su propia vida: lo efímero y parcial de la existencia de un hombre que ve un solo lado de aquella "cierva blanca de un sueño". Mucho tiempo me duró la resonancia de ese verso, que parece un acto fallido de la inspiración de este ciego exótico y triste que creo recién ahora empiezo a comprender.
La cierva de su vida se le siguió escapando unos veinte años más, pero Borges ya había accedido, probablemente a la calma de quién entiende, sabe, que la vida, misteriosa ensoñación, salta frente a nosotros y se apaga dándonos, apenas, a algunos, la pequeña oportunidad de un sueño, o un verso.