miércoles, 18 de noviembre de 2020

Discursos

   Hay una señora ministra que está teniendo sus cinco minutos de fama. Sus dichos levantaron polvareda y con la polvareda a varios les dio un fuerte sarpullido. Ideológico, obvio. Con tonos y gestos de actriz de cine la dama espeta a los aturdidos oyentes que los docentes van al aula cargados de ideología. Luego colorea esta afirmación con una nota cuasi apocalíptica, para cierta sensibilidad medioclasista: la izquierda ha tomado los IES. Si tenemos en cuenta que con esa mirada la dictadura de Onganía casi desaparece las Universidades en los años sesenta, ese dicho ya es de lesa humanidad, porque no se puede pasar por alto que episodios como “la noche de los bastones” estuvieron justificados por esta perspectiva: limpiar ideológicamente las Universidades. 
   Y si bien los IES son mirados por sobre el hombro por unos cuantos que ponen un escalón arriba a las Universidades, debe haber quienes acuerdan con esta afirmación de la funcionaria. Pasa que la polvareda está espesa y mejor resguardarse para no recibir un cascotazo. Porque lo que afirma esta señora ya lo dijo Jaim Etcheverry en su libro “La tragedia educativa” (pág. 159, Prim. Ed., 18º reimpresión, 2009) cuya lectura propiciamos en los IES. La ministra cita textualmente el último segmento de la página cuando señala el segmento social del que vienen en la actualidad los nuevos educadores y los rasgos que los adornan: la edad en muchos casos supera la tercera o cuarta década, muchos son trabajadores precarizados, como la de sirvienta doméstica. Y Etcheverry parece haber recibido muchos aplausos. Etcheverry por otra parte abrevó en estadísticas, lo que, según el modelo cuantificador de la burocracia, es irrebatible. 
   Lo rebatible en este discurso denigrante y prejuicioso, salta a la vista. Si partimos del prejuicio de la clase media por las ideologías de los docentes, tenemos que apuntar a dos frentes: la noción de ideología y el derecho a participar de alguna de ellas. La ideología puede ser más frívola, utilitaria o compleja y profunda, puede tener más o menos hilos políticos en su trama o más o menos humanitarismo, pero no hay persona sin ideología. Podría decirse que a mayor formación académica la ideología es más rica, colorida y comprometida, pero por experiencia, sabemos que no es cierto. Las ideologías más potentes se nutren de lecturas, las más desnutridas suelen degenerar en fanatismo. Se colige que no es este el problema que desvela a la ministra y a los pedagogos que sufren por el modelo educativo insatisfactorio: lo que los preocupa es la ideología de izquierda en el abanico de ideologías que pueden desplegar los docentes argentinos, ya no solo los de la capital. Y en ese abanico, a ellos parece escapárseles que hay muchas corrientes y líneas: en primer lugar, el clásico nacional: peronismo-radicalismo. Y de esas paralelas salen múltiples ramas que hacen que el espectro sea muy colorido, pero también confuso; en este país no todo es verde o celeste, no todo es rojo o no rojo. Esto que pasa en la población en general impregna también el colectivo docente. 
   Entonces tenemos que ocuparnos de la cuestión del derecho a tener ideología y como el derecho al libre pensamiento y la libre expresión ya están legislados, parecería que ni es necesario este planteo. Sin embargo, es importante señalar que no se puede pasar los cerebros por la lavandina de la limpieza ideológica porque hay políticas represivas en el mundo que lo han intentado, o lo han hecho y terminaron en aberraciones. Lo segundo importante a decir brevemente aquí atañe a la obligación ética del docente: si voy a formar a otros debo trabajar en mi formación, debo conocer de qué lado de la vida, de los intereses y de las ideas me pongo respecto de todo lo voy a hacer en el aula, en la escuela y en mi propio devenir. Puesto que al menos dos generaciones se nutrirán con lo que el docente le escancie de saberes y sabiduría, es indispensable que éste tenga claro que está haciendo y porqué lo hace como lo hace. Si queremos docentes sin ideologías tendríamos que optar por darles las nuevas generaciones a un ejército de robots. 
   Un aspecto que ha abierto una herida profunda en la sensibilidad del colectivo docente de todo el país, aunque la dama solo hablaba de la gran ciudad, está en relación con el origen social, el capital cultural que aportan y la edad en que se concreta el ingreso a la docencia de un alto porcentaje de docentes desde hace unos diez años, y algo más. La fuente también es Etcheverry y no me parece errónea esta afirmación. Es una verdad, medida por estadísticas que están hechas para lecturas sesgadas. Lo malo de estos dichos es el prejuicio y el desconocimiento de los rasgos de estas personas y la clase social de la que vienen. Con los palos de los bombos la habrían corrido a esta señora si en Santiago del Estero hubiera dicho que por pobres no “tienen capital cultural para enriquecer la experiencia” de …… ¿quién? 
   Es un prejuicio reaccionario creer que las clases populares no tienen cultura, no tienen saberes, no tienen valores, no tienen ideas. Ya lo dijo alguien (¿Galeano, talvez?): los ricos hacen arte, los pobres, artesanías. El maestro venido de las clases populares, a veces de los indigentes que viven en las calles, los cartoneros, los villeros, los cosecheros del interior, las sirvientas de los ricos, cuentan con una experiencia de vida, no solo rica sino pedagógica, para las nuevas generaciones: ha conocido el lado oscuro de la sobrevivencia y ha tenido la fuerza de voluntad y la valentía de enfrentar las limitaciones, no solo personales, sino las que le ponía el sistema. A eso le puso como valor agregado los saberes librescos, clásicos o innovadores, que le ofreció la profesión. Tal vez no haya pulido su estilo para socializar, tal vez lo aqueje cierto escozor de pobre, o quizá sienta orgullo de venir de abajo, de haber sido capaz de sacudirse el yugo y entrar al universo del pensamiento, cada quien lo expresará del modo que haya logrado internalizarlo. Pero un docente venido de la pobreza no es que no sepa nada, que no tenga cultura: sabe otras cosas, trae otras historias, otros rituales, otras necesidades y otras expectativas. Si, además, incorporó el hábito de la lectura y no solo el del consumo, le agrega un nutriente profundamente humano al capital cultural que vaya a ofrecer. 
   Es extraño también que la mención de una edad tardía y del abandono de otras carreras no hayan encontrado una objeción orgullosa en lugar de solo sentirse ofendidos. Muchos hijos de clase media y alta, derivan por instituciones educativas sin recibirse nunca, o cambiando de carrera como aves migratorias hasta que el padre o tutor declina en sus habilidades y terminan refugiando su mediocridad en el negocio familiar. La hija de algún político quiere ser candidata en las próximas elecciones porque lo único que aprendió en la facultad fue a copiar. Valga el mal ejemplo. Eso no quiere decir que los pobres no se copien alguna vez. Lo que se debería destacar es el esfuerzo sostenido, la capacidad de resiliencia, la constancia, la valentía para dejar un camino que se cierra por una senda que tienen que abrir a puras trasnochadas de apuntes y fotocopias. Teniendo hijos, a veces hasta nietos. No son delincuentes a denostar, como tantos políticos, son modelos a seguir. 
   Y el aludido discursillo de la rubia cinematográfica, escupido con suficiencia, no es de cosecha propia. Ella abreva en nuestros intelectuales, en formadores dilectos y prestigiosos, que nos enseñaron a ser discriminadores con nosotros mismos. Y a reaccionar, casi siempre, con el enojo, el insulto, la puteada. Reaccionemos leyendo los libros que ellos creen que no sabemos leer y hagámoselos llegar a nuestros alumnos. Y será justicia.

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