domingo, 19 de enero de 2020

La cierva de Borges

   Habré  tenido dieciséis años cuando alguien, Elsi Gorostizu casi seguro, me alcanzó "La rosa profunda" de Jorge Luis Borges. Y era Elsi la que me lo prestó porque ahora recuerdo que me señaló uno de los poemas en especial cuyo verso más citado dice: "soy los que ya no son" el cual tiene el título en inglés (All ouer yesterdays) y que no alude a la interpretación que Elsi intentó contagiarme (respecto a su clase social en decadencia -la de Borges-) sino que habla más bien de sus antepasados sajones y la literatura que les permite evocarlos y que él estudió con amor. 
   Siempre he estado distanciada de esas interpretaciones referidas al discurso, explícito o implícito, de una clase social que canta sus glorias o su decadencia, pero si me apasiona la memoria de un tiempo heroico, maravilloso, en el que la poesía era la forma mágica con que los pueblos archivaban en la memoria las bellezas de sus hazañas, la magnificencia de su cultura, el encanto de sus creencias, la manera de percibirse en el mundo. Creo que Borges alude a ello en esa poesía. Pero esto lo supe mucho después.
   De ese libro recuerdo mucho más el infinitamente citado "Los libros y la noche" y en especial uno, que me pareció maravilloso, en el que el poeta relata un sueño que tuvo en el que una cierva blanca cruzaba ante sus ojos, Borges en sus sueños no era ciego, y que le dejó una dulce sensación lírica que le duró en la vigilia, y tanto que escribió un poema en el que mostraba su extasiada mirada de ensueño sobre la cierva que lo encandiló durante unos segundos y le mostró su propia vida sintetizada en esa imagen efímera: su propia vida, tan fugaz, deslumbramiento efímero. 
   De todo un libro suelen quedarnos pequeños hilos, ideas, a veces casi nociones y en los textos excepcionales alguna frase. Cuando pienso en Borges no logro recuperar ni las peripecias ni los sentidos, siempre crípticos, de sus cuentos. Y tan poco me gustan sus cuentos, tan poco me conmueven, que él único desacuerdo que llegué tener con Alfredo Veiravé fue a causa de mi insensibilidad frente a la tragedia de Ema Sunz, cuento que tuve que analizar como tarea universitaria. 
   También, alguna vez hemos compartido nuestros diferentes puntos de vista sobre la obra del Homero argentino con René Sanchez que definió la poesía de Borges como "ripiosa" en ciertas ocasiones. Tal vez haya ripios en sus versos, no creo haberlos leído todos, pero a veces basta con un poema para apreciar la profundidad de la lírica de un poeta. En el caso de Borges ninguno de sus cuentos, los cuales parecen pensados en inglés y escritos en un proceso de traducción instantánea al castellano, puede alcanzar el vuelo de aquel verso: "A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires".
   Tengo la impresión de que Borges en poesía es el único género en que es hispanoparlante.  Y es en español que avistó la esencia de su propia vida: lo efímero y parcial de la existencia de un hombre que ve un solo lado de aquella "cierva blanca de un sueño". Mucho tiempo me duró la resonancia de ese verso, que parece un acto fallido de la inspiración de este ciego exótico y triste que creo recién ahora empiezo a comprender. 
   La cierva de su vida se le siguió escapando unos veinte años más, pero Borges ya había accedido, probablemente a la calma de quién entiende, sabe, que la vida, misteriosa ensoñación, salta frente a nosotros y se apaga dándonos, apenas, a algunos, la pequeña oportunidad de un sueño, o un verso.
    Rara vez, las dos cosas.

Imagen tomada de la web

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