La chica que era un hada
A María Mina Giménez,
por aquellos días,
por los nuevos encuentros
y por el futuro que aun espera.
Un día de julio cruzamos juntas la plaza, ella acurrucada en su campera inflable color rosa y yo con mi chaqueta de cuerina negra, estilo guerrillero, ella con un larguísimo cabello rubio de hada y yo con un oscuro matorral en la cabeza, embrollado e ingobernable, como mis ideas y mi vida. Parecíamos muy distintas. Y lo éramos. Éramos muy coincidentes en un montón de cosas, los libros y la poesía, para empezar, campo en el que se veía nuestra diferencia: ella quemó sus versos de juventud, yo los hice libro y los publiqué.
Aquel día de julio, frío y luminoso como eran los inviernos entonces, cuando el cambio climático apenas afilaba sus uñas, pero nosotros no lo sabíamos, íbamos a la Municipalidad, a representar a la escuela, el viejo y glorioso Bachillerato Nº 5, en una especie de concurso que se habían inventado los funcionarios de ese momento, en un tiempo en que el calendario de efemérides requería de los alardes literarios para la celebración.
Dos años después reinventamos el encuentro en medio del bullicio de setecientos ingresantes de la UNNE: yo estaba midiendo mis posibilidades emocionales de resistencia en esa multitud ruidosa de desorientados, que creíanse destinados a vaya a saber que olimpo del conocimiento, cuando sonó mi nombre entre el gentío y aquella chica se materializó en medio del caos, y como las hadas organizan con su varita el universo maravilloso, así también ella organizó el espacio, el ahora de ese día y el después de mi destino.
Tenía el don de darle sentido a los momentos más vacíos, llenaba el espacio con su encanto liviano, con su silencio, con detalles que yo no había aprendido a mirar. Hasta entonces había pasado por la gente sin distinguir en ellos esa parte de humanidad: los matices del mundo, de las cosas, de las personas, eso que hace que un vestido sea bonito, que una hora de sol estreche el afecto, que la lluvia nos encierre en un manso silencio.
Le debo mucho a aquella chica rubia y mansa, delicada como un objeto de porcelana y que, sin embargo, como pocos, supo rearmarse en el dolor de la estafa con absoluta dignidad: en las fotos de sus peores días, sonríe luminosa, como si estuviera apretando con los tacos de sus siempre novedosos y encantadores zapatos la cabeza insistente de la tristeza. Un hada dispuesta a resistir.
Navegué por su casa y a su vera un tiempo demasiado corto para lo larga y trabajada que viene a ser la existencia, pero lo bastante como para guardarla en el lugar de mis mejores bienes. Tanto que cuando la vida amainó sus tormentas y ya pude sentarme con mis hijos menores a hablar del pasado, ella (y aquella que bien sabe que es ella) fueron las protagonistas de mis narraciones. Tanto que uno de ellos, cuando llegó a la urbe, antes que estudiar prefirió buscar aquellas amistades de la madre y ver cuánto de luminosos eran aquellos recuerdos.
Y tan luminosos eran que él descubrió que también podían iluminar sus días, porque las hadas son las dueñas de la luz.
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