jueves, 26 de mayo de 2022

El canto ... dura más que el vuelo

   Hace ya unos años asistí a una Feria del Libro en Coronel Du Graty. Fue un día desafortunado porque no logré dar mi presentación. En las ferias el horario de cada participante suele estar bien acotado, pero aquel día no venía muy protegido de los númenes así que mi horario en la mañana fue invadido por el expositor que me precedía: un comisario de la zona, que hizo una exposición sobre las señales de tránsito, ocupó su tiempo y el mío, o sea, habló sin respirar durante dos horas. Así fue que mi exposición pasó para la tarde, pero en la tarde las iglesias y escuelas confesionales hicieron una protesta bastante agresiva contra la distribución de un libro avalado por el Ministerio de Cultura, o Educación, o ambos, resultante de un Taller de escritura para adolescentes que contenía poesías escritas por los jóvenes , poesías de marcado tinte pornográfico. La organizadora me llamó y me dijo compungida que toda la feria se les había ido por el desagüe de las buenas costumbres.
   No logré hacer mi presentación pero de aquella feria me traje un libro asombroso. En el stand del Instituto de Cultura encontré "La tusca memoria, patria, utopía" de Juan Manuel Carancho Ramírez. Me lo llevé sin dudar y no tuve esa premonición de que estaba, seguramente, desperdiciando dinero, como cuando compro los libros de los políticos o acomodados de turno. Le tenía fe a Caranchito porque sabía de él, de su víacrucis, del talento para la lucha y la vida en general, por aquellos mis mentores a quienes tanto tengo que agradecer. O sea, Caranchito era ya una leyenda, un zombi maravilloso, un muerto vivo de la Dictadura del Proceso, un hombre impregnado por el brillo de la tragedia que partió este país en tantos pedazos.
   Antes de esto, había oído hablar mucho de él. Hasta que un día cualquiera llegó el famoso hombre a El Anaquel. Venía con dos niños que estaban asomando a la adolescencia y una muchacha rubia como una margarita que presentó como su flamante esposa. Los niños eran los que dejó de ver bebés, uno recién nacido, cuando los esbirros lo sacaron de su hogar, la primera esposa había muerto, dizque, más que a causa de una operación desventurada, de tristeza y esta muchacha sería de ahora en más su compañera de vida y la madre adoptiva de sus muchachos. Si bien yo había oído hablar de su padre, el Carancho viejo, taninero, chaqueñero, como mi padre, poco sabía del hijo. Ese día, cuando él se fue, me contaron la historia.
   Es una historia que ya está en los libros, por lo que no se si amerita repetirla. Hay que ir a esos libros, porque son testimonio auténtico de lo que padeció este pueblo a manos de los esbirros de los grandes terratenientes nacionales y extranjeros que asolan nuestra patria, porque Carancho es un auténtico político, aunque ya no sea diputado. Porque tuvo que atravesar el infierno para aprender que la escritura lo estuvo esperando todos esos años, porque la literatura lo quería lastimado y resucitado, sobreviviente, para darle un espacio, para que su voz musical de acentos populares se alce en la exaltación de los que nunca figuran en la historia, a menos que se revelen.
   Caranchito escribe, o escribía, una columna en Diario Norte. Están recopiladas en "Lunas de barro" Esas columnas son representativas del estilo florido, la sonoridad lírica, de la prosa de Ramírez. Pero, por lo que alcanzamos a conocer del nuevo libro, esa prosa llega a su esplendor en éste: la prosa musical, propensa al recitado, al canto, que prefigura encajes de metáforas e imágenes visuales. Si a alguien le molesta la exaltación de la mística peronista, tendrá que tolerarlo, porque no se le puede pedir a un niño, que solo conocía el agua percudida de las cunetas y el esplendor de las represas bajo el sol de enero, que no recuerde con amor y gratitud a quienes lo llevaron a conocer el mar. El mar de las inmensas posibilidades de superación del pueblo trabajador argentino.
   Ayer intenté comprar el nuevo libro de Caranchito: "Plumas Negras -Memorias de un incorregible-", pero, uno no sabe si reír o llorar, la librería, cuya editorial publicó este texto, no tenía ningún ejemplar. Cuando lo consigamos, haremos su reseña, con toda la emoción que nos despierta la prosa y el verso de "el más incorregible de todos los peronistas".

Dejo la dirección web para ver el vídeo porque Literateca no me deja compartirlo. ¿!Véanlo, es muy bello.
https://www.youtube.com/watch?v=t3L2b1SfLLU




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lunes, 9 de mayo de 2022

El legado

A P. A., la donante.   
   Liliana Zenobi me descubrió, con sus lecturas en voz alta, con su método que incluía destacar los mejores trabajos haciendo una devolución pública a partir de la lectura de la producción escrita del alumno, que la docencia era un quehacer profundamente humano y creativo. Esas lecturas me tuvieron por protagonista demasiado a menudo, tanto que ya en tercer año me dijo un día que dejaría de leer mis trabajos para darle lugar a otros alumnos, decisión que yo acepté sin resentimientos, puesto que tenía claro que, en el mundo, y en mi curso, siempre hay gente que se esmera más que uno, sobre todo aquellos que no nacieron con especiales ventajas. La decisión le duró hasta que en el siguiente trabajo se deslumbró con el retrato que yo había escrito de cierto muchacho del pueblo, del cual no daba el nombre, pero si detalles tan específicos de sus rasgos y su carácter, que varios descubrieron muy pronto quién era y dejaron al desnudo mi inclinación hacia los encantos del galán, del cual yo admiraba cada detalle de su rostro, aunque, por timidez solo lo mirara de reojo. El texto se tituló “El muchacho silencio” y describía un joven pálido y silencioso (después descubrí que solo lo era conmigo), de “ojos negros y labios de azucena”. Ahora me da mucha risa la lamentable metáfora, pero entonces yo era muy joven, en realidad todavía una niña y Liliana estaba encantada de tener una alumna que no se ruborizaba de escribir dulces tonterías.
   No es lo único que recuerdo de Liliana, pero valga el citado para entender porqué fue tan esencial en mi destino. Hasta que un día se murió, de manera trágica, como para refrendar la mala estrella de un destino que no había sido muy afortunado y en cuya ruta áspera, aun con todas las dificultades, aquella muchacha supo construir una vida rica de saberes, profunda de vocación y elevada de aspiraciones.
   Cuando llegué a la continuadora de su trabajo yo tenía, cultivado y floreciente, un universo de lecturas ya hechas y un sueño sin horizontes sobre mis posibilidades en la literatura y en la vida. Al margen de que no todo sale como uno lo imagina a los catorce años, sé que la siembra de Liliana y la confianza y afecto de su sucesora en mi destino, fueron una especie de isla para abrevar sed y aliviar fatiga cuando torcimos los caminos de la vida, cuando las brújulas se enloquecieron, cuando los sueños se cayeron. Así que ambas quedaron ahí, como vigilando, una desde la muerte, otra desde los anaqueles llenos de libros.
   Liliana era deslumbrante por la riqueza de sus conocimientos, por el entusiasmo con lo que enseñaba, por la seguridad que emanaba su figura menuda golpeada por una triste enfermedad. Sabíamos que le gustaban los libros, imaginamos que fue una alumna brillante, lo que nos lo han confirmado hace unos días: fue mejor promedio de su promoción en el profesorado. No solo era muy inteligente, sino que sobre todo era deslumbradoramente lúcida y tenía una gran libertad para emitir opiniones o posicionarse en una perspectiva propia respecto de cualquier cuestión. Recuerdo que yo llegué un día cuestionando a nuestro querido Leopoldo Marechal por su obra de teatro “Las tres caras de Venus” y ella acordó conmigo sin dudar: “-Para mí, es una obra boba.” Dijo torciendo un poco el gesto. No acordar con un tótem como Marechal era el sumun de la valentía.
   Por cuestiones de la vida, Liliana fue huésped de algunos colegas y cuando murió, ciertos objetos quedaron en aquella casa. Entre ellos los libros con que nutría su gran conocimiento del área que cultivaba. Ahora que la vida ha desbrozado tanto el estrecho sendero que nos queda, la guardiana de aquellos tan apreciados bienes, nos obsequia, nos pone de cuidadora de un tesoro invaluable a nuestro corazón y nuestra alma: “Historia de la literatura española e hispanoamericana de Emiliano Diez-Echarri y José María Roca Franquesa, segunda edición de Aguilar S.S. de Ediciones, 1966.
   Busco en las redes sobre este impresionante libro y encuentro que es una joya editorial, lo cual ya lo sospechaba, tiene un valor que va de los 16 a los 20 euros, más gastos de envío, un poco más de cuatro euros. Por suerte no creo que los cacos que se especializan en motos y celulares lleguen a leer este texto. Además, no tendrían a quien venderlo.
   El libro que fue de Liliana, y que tengo ahora el privilegio de custodiar, tiene su firma en la primera carátula, la misma que estampaba después de cada corrección en nuestros escritos: una firma ascendente, con una gran Z mayúscula en el inicio y dos firmes rectas marcando la dirección de la firma, con un lazo que se inicia en el descenso de la i final y envuelve el apellido en una curva amplia y casi cerrada. La firma de una mujer que tenía un camino recto y muy claro pero que se arropaba ¿tal vez en los libros? para protegerse de la crudeza de un destino cruel. Es un obsequio muy hermoso, un poco triste y terriblemente halagador para mis escasos merecimientos. Sin embargo, es también una especie de testimonio que recibimos: hay cierto legado que compartimos con estas magníficas mujeres y que ellas de algún modo me hacen entrega para lo que queda del tramo. Es un legado extraño y maravilloso.

Bajé una imagen de la web porque mi computadora no quiso bajar las fotos que saqué con el celular. 
Ella es medio caprichosa a veces. Por eso prefiero los libros.


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martes, 3 de mayo de 2022

La turbamulta



   He estado en estos días pasados en medio de un grupo de gente que se llaman a sí mismos escritores. “¿Qué es un escritor?” Me pregunto yo que siempre ando preguntándome, y no encuentro una respuesta que pudiera dejar satisfechos a este colectivo de gente que publica libros. Alguien que escribe es un escritor, es también un escriba, un copista y un amanuense o secretario, alguien que escribe deja por escrito un testimonio, una prueba, un dictamen, un comprobante o título, o sea es un escribano.
   Muchos de los escritores que conozco son meros copistas de sus emociones, sentimientos, impulsos, miedos, dolores y alegrías. Algunos son disciplinados amanuenses de la realidad que le pintan los medios y las modas y muchos son escribanos de los eventos sociales, políticos o culturales que atraviesan a la población en general en ciertos momentos cruciales, se ajustan a esos hechos y los recrean en textos que parecen una copia de la vida. En este último caso, incluso, pueden llegar a hacer disciplinadas y farragosas investigaciones para ser lo más fieles posibles a los hechos que pretenden recuperar y eternizar.
   No tengo nada de favor ni disfavor respecto de estos géneros de escritura que los escritores y sus lectores llaman literatura. Algunos hasta logran, aunque con producciones ingenuas y un poco adolescentes, creaciones conmovedoras y hasta líricas. Y estoy pensando en una novelita de tipo autobiográfica que leí hace mucho y que alguien me hizo recordar en estos días: “Los años del pacaá” de Omar Héctor Zenoff. También me acuerdo de “El Principito”, cuyo autor nunca habrá imaginado el barullo que hizo el mocoso que él inventó solo para piropear a su tóxica mujer. Cuando nos ilumina el estro, puede salir una creación bastante bonita.
   En ese sentido sería bueno que los escritores dejaran hablar a su obra. Sin embargo, por lo que veo, muchos escritores están supeditados al impulso más visible del homo sapiens: ganar… éxito, fama, dinero, reconocimiento de sus pares. Hice dos comprobaciones probatorias, aunque suene cacofónico.
   La primera entre mis jóvenes, ingenuos y esperanzados compañeros de quehacer. Una joven escritora le decía a su joven amigo escritor interlocutor: “-Un editor me dijo que uno no debe intentar estar en la cúspide de la lista sino estar en el medio.” Todos los esfuerzos cultivados en la última década para no entrometerme cuando la gente dice sandeces intolerables se derrumbaron en la milésima indignada de un segundo y le espeté: “-¡¡Yo no quiero estar en ninguna lista!! ¡Quiero escribir mejor!”. Nadie estaba hablando conmigo, pero ustedes ya saben, yo pierdo mi virtud antes de que llegue la tentación.
   La segunda comprobación me la dieron unos minutos después los escritores que presentaban la obra de Juan Chico. Me parece que si vas a recordar a un muerto que conociste mucho y que ha sido caro a tu corazón, hablarías sobre él, como se habla de alguien que uno quiere mucho, con emoción, con ternura, con nostalgia, pero narrando oralmente para pintar ese hombre que ya no está y que nos dejó este legado. No fue así, y aun aceptando que cada uno lo hace a su modo, no me parece que presentar a alguien sea ocasión para lucirnos. Los dos presentadores leyeron escritos propios, prólogos o capítulos de su propia obra, referidos al creador homenajeado, pero en los que se destacaban, por la entonación, la actitud entusiasta para con su propio texto, el claro deseo de lucimiento propio.
   Es probable que mi mirada sea un poco sesgada, veo demasiada vanidad en el oficio y no creo que escribir deba ser visto como un oficio. En cualquier actividad se diferencia muy bien el arte del oficio aun cuando un oficio requiera de habilidades artísticas y cuando la habilidad artística se complemente con cierto nivel de oficio. Digamos, por ejemplo, la pintura. Uno puede pintar paredes con habilidad y arte o puede pintar artísticamente una pared con un mural.
   Veo en el conjunto de escritores que conozco que casi todos aspiran a reconocimiento, lo cual es legítimo, dirán, pero ninguno habla sobre sus habilidades, su estilo, sus dificultades para superar las limitaciones a que nos enfrenta la medianía de nuestra capacidad. ¿Cómo puede uno preguntarse qué lugar le tocaría en una lista si no ha logrado aún evaluar su propio quehacer?
   Cuando miramos lo que escribimos a lo largo de décadas nos embarga un profundo desencanto: pensamos muchas veces porqué tenemos este extraño vicio al que no hemos logrado convertir en virtud diamantina. ¿De qué sirvió un don menguado y tan difícil de domeñar? ¿Qué derecho tenemos de andar a los codazos entre otros tan miserables como nosotros si somos apenas la arena menuda que nunca será acantilado? ¿Cómo puede alguien ser tan ingenuamente engreído?
   Una querida persona me ha regalado un libro impresionante: una “Historia de la Literatura Española e Hispanoamericana”, son mil quinientas ochenta y nueve páginas a dos columnas que hacen inventario de los escritores y su obra según un criterio que me ha hecho reír:
1-Los universales y eternos.
2-Los que, sin valor intrínseco permanente, deben ser conocidos por (…).
3-Los (…) de segundo orden.
4-La comparsería: turbamulta (…) que una circunstancia repentina dio repentina celebridad, (…). 
   Pueden elegir en qué categoría quieren ser recordados. Por mi parte creo que se cumplirá mi deseo: me iré de aquí fuera de toda lista, como Antonio: liviana de equipaje.
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viernes, 8 de abril de 2022

Miguel Ángel Estrella

   Miguel Ángel Estrella entra en esa categoría de personas que son célebres, pero no famosas como supo decir del doctor Maradona un cronista de Clarín hace ya mucho tiempo. Tal vez por ello su muerte no fue tendencia en las redes.
   Los medios poblaron sus necrológicas con la esmerada actividad política social de Estrella, quién tenía el convencimiento de que el arte tiene que llegar a todos, y en cierto modo dejaron por debajo de esa consideración el talento y la maestría pianística del compositor e interprete que actuó en todos los grandes escenarios de la música clásica del planeta, incluyendo el Colón en Argentina.
   Esa actividad socio-cultural-musical lo llevó hasta las mazmorras del Proceso y lo decidió por el exilio. Como otros artistas de esos años, no solo argentinos sino latinoamericanos, terminó completando su carrera en París y cerrando los ojos allí.
   Sencillo y provinciano fue fiel a sus orígenes y acaso esa actitud ante la banalidad de la exposición y del discurso mediático opacó su quehacer y su presencia en el Olimpo de la fama y el brillo.
   Uno de los relatos que suelen citarse en primer término acerca de su vida y formación es aquel según el cual Estrella, que no tuvo piano propio en sus inicios, recorría casa de amigos para practicar en los tiempos en que inició su formación. Además de la ternura que puede inspirar esta circunstancia, prevalece la feroz fuerza de voluntad de ese muchachito que empolló un hombre tranquilo, sereno, pero de una incalculable capacidad de resistencia.
   Alguna vez leí que los torturadores trataron de romperle los dedos para que no volviera a tocar, hecho que no he logrado confirmar. Sin embargo, veo esas manos casi regordetas, livianas y gráciles, aun así, recorrer el teclado de lado a lado, de arriba abajo, y aunque soy una absoluta analfabeta musical no puedo dejar de pensar que, al niño tucumano, descendiente de inmigrantes, no podían quitarle la música, el ángel que lo habitaba había puesto sus alas en esas manos. Y aunque a veces su música quede como un aditamento de su preocupación humanística, fue el piano la herramienta y el arma de su lucha.
   En realidad, así como no sé nada de música tampoco creo en los ángeles, pero a pesar de ello, Don Miguel Ángel Estrella, que en gloria esté, como se solía decir.

                                                                  
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martes, 22 de marzo de 2022

El que regala notas es un docente

Se puede dar por sentado que la vieja escuela secundaria, con su modelo disciplinar y de disciplinamiento ha sucumbido definitivamente. Algún día tenía que suceder. Ha cambiado el hombre occidental, ha cambiado la cultura, ha cambiado América Latina y ha cambiado, al menos en la superficie, este país de facilistas y conformistas simuladores de inconformismo. Así que, por necesidad y urgencia, tenía que cambiar la escuela de este país.
Para analizar y entender a grandes rasgos un fenómeno tan complejo es necesario revisar algunos aspectos que son marco y esqueleto de una institución social que fuera fundamental en la configuración de las superestructuras de este país en lo social, en lo cultural, en lo económico y en lo político. Una mirada por alguna bibliografía de los ochenta - noventa puede ayudar: libros como el de Filmus, "Estado, sociedad y educación en la Argentina de fin de siglo", o el de Adriana Puigrós, "Qué pasó en la educación en Argentina", para conocer la evolución del sistema como herramienta indispensable en la búsqueda de una identidad y una construcción ideológica de la nación. Naturalmente que esta nación ha sido puesta en jaque de continuo por los intereses de los poderes globales y podemos tomarnos la atribución de señalar que, en este país, sus gobernantes y su mismo pueblo han distraído su atención en las cuestiones económicas y de política internacional y han descuidado la mirada reflexiva sobre el sistema educativo, cuyo paradigma hizo crisis en la última década del siglo XX y estalló en la primera década del siglo XXI.
Una mirada clarificadora sobre esta silenciosa y enmascarada tragedia se puede encontrar en "El Banco Mundial, intervención y disciplinamiento. El caso argentino, enseñanzas para América Latina" de María Alejandra Corvalán, o en "La Educación según el banco mundial" de Coraggio y Torres. Estas lecturas nos inician en el carozo áspero de la manipulación de nuestra cultura académica y el planificado boicot a su calidad y a la autonomización intelectual e ideológica de nuestros docentes y nuestro estudiantado. Que el objetivo se ha conseguido con creces y que va a llevar años revertirlo lo prueban el estado atroz de las escuelas en Argentina, tanto primarias como secundaria, y no amerita que disimulemos la falacia de nuestra educación terciaria y ni aún de nuestras hoy debilitadas universidades.
Los resultados de las pruebas de evaluación estadística, llámense Fifa o como quisieran, han puesto en evidencia el desmoronamiento de un sistema educativo y de una cultura académica que fuera señera en América Latina y el mundo. La proliferación de mediocres, verticalistas y mojigatas escuelas privadas en abierta avanzada sobre la escuela pública testimonian los desencantos de una población que ya no encuentra en los docentes a los transformadores sociales de antaño y se refugia en los valores dogmáticos para garantizar a sus hijos un espacio en el tejido social que lo salve de la debacle, la marginación y les asegure un mínimo grado de oportunidades de punto de partida en una sociedad con todas sus redes degradadas y en continua situación de riesgo.
El abaratamiento social del rol docente, su carencia de autoridad intelectual, su incapacidad para elevarse como ejemplo ético, el vaciamiento innoble de contenidos, la búsqueda contradictoria, incesante y atolondrada de nuevos procedimientos en los procesos de planificación, selección y secuenciación de contenidos, los desorientados e inoperantes ensayos para conciliar tecnología y saber escolar, las dificultades de convivencia, la inoperancia de los roles jerárquicos, el palabrerío del modelo político y de la documentación teórica venida desde el estado, que intenta encubrir y disimular la debacle...: todo lo enumerado y/o lo que aquí no se reseña por sentido común y porque hay bibliografía y trabajos publicados en los medios que se ocupan de ello, son apenas el cordón de cirios olorosos de vacío, que velan el muerto vivo de la educación en este país.
Dentro de este panorama levantamos una pequeña y perdida pancarta para repudiar el caso de la docente regala notas. Porque ella, con su actitud seudohumanitaria, está siendo una herramienta utilísima en el paradigma del aplanamiento educativo que se han propuesto para nuestro país los que gobiernan el mundo. Traigo a colación una anécdota que contaba Luis Iglesias, maestro de maestros. Los docentes enterados saben que Luis Iglesias, autor de "La escuela rural unitaria", dio con sus ideas progresistas y contestatarias en medio de una escuela rural, así como otros dan con sus huesos en la cárcel, es decir, castigado.
En aquella escuela rural Iglesias quiso poner en práctica lo que para él era innovador. Y puso a sus alumnos a hacer huerta. Muy satisfecho con su tarea complementaria, con su sentido de apertura pedagógica no había mirado a su alrededor. Hasta que una mañana vino un padre a hablar con él. El hombre, peón humilde, cuya actividad era eso: sembrar, cuidar la cosecha, cosechar, acaso lo ajeno, le cuestionó a Iglesias la actividad complementaria. Contaba el maestro que el peón le dijo que él mandaba su hijo a la escuela para que el maestro le enseñara lo que él como padre no podía enseñarle, que sembrar y cosechar era lo que todos aprendía por allí casi desde que empezaban a caminar. Pero la escuela estaba para enseñar a leer y escribir, para darles la herramienta que estos hombres de campo no tenían y que el maestro dominaba.
Si, sabemos lo que dicen los filósofos de la posmodernidad: la escuela con sus enseñanzas sistemáticas es uno de los medios del poder. El maestro tiene poder, tiene el poder de abrir las puertas al conocimiento, al saber. El sistema ya entonces creía que el aislamiento, el exilio hacia el interior de la tierra nacional era una forma de castigo y de invisibilización. Y a veces lo era. Pero hay docentes que se hacen oír. Hay docentes innovadores y creativos en la construcción de la mente del alumno. Hay docentes que no se creen héroes, hay docentes que hacen autocrítica. Iglesias se cayó del árbol y puso en práctica la hora de escritura creativa, un espacio que reemplazó a la huerta, en el que los alumnos escribían y dibujaban lo que quisieran. Muchos años después Iglesias publicó una selección de aquellas producciones bajo el título "Viento de estrellas".
Es evidente que no se puede comparar esa experiencia pedagógica con lo que hizo la docente de marras y vamos a enunciar las razones:
-Lo de Iglesias fue una experiencia pedagógica, tuvo reglas claras que conciliaban la libertad creadora con el compromiso y la responsabilidad, el niño no hacía "lo que quería", aunque sí lo que podía.
-Iglesias nunca dejó de lado los contenidos escolares, saberes que esos niños necesitan para romper la burbuja de su aislamiento y sojuzgamiento social, tal como el padre aquel, tan lúcido y consciente le hizo ver.
-Iglesias no usó el cuaderno de la escritura creativa como subterfugio para perdonar o aprobar a un alumno que no había hecho la tarea o estudiado.
-Iglesias fue un modelo de trabajador: cuatro tomos de propuestas didácticas en "La escuela rural unitaria", novedosos juegos didácticos inventados por el propio maestro con los materiales más sencillos, reorganización didáctica y aprovechamiento de los espacios de aula, y lo que no alcanzamos a enumerar, lo demuestran.
-Iglesias apuntó a lograr un alumno pensante y emancipado.
-Iglesias nunca transó con el sistema y la ideología dominante de su tiempo.
Por estas razones ( aunque hay todavía más que no ha lugar aquí), Luis Fortunato Iglesias es el epítome de educador que nos permite desautorizar, como docentes que también somos, a estos maestros incapaces que aprueban alumnos oportunistas por comodidad y luego ofrecen sus logros sin logros a la viralidad de las redes sociales por narcisismo o por falta de conciencia.
Si miramos el caso de la jovencita que viene a rendir diciendo que no estudió, que no tiene carpeta y que no tiene libro, este lugar del alumno que usufructúa el rol de carenciado, es propio de nuestro tiempo porque ese joven sabe que se enfrenta, sí: se enfrenta, a un docente y a una praxis docente que es cualquier cosa, menos educativa, porque:
-Una alumna que no estudió debería tener una profunda vergüenza de presentarse a una mesa de examen. Si no es así, esta persona no ha internalizado un mínimo de una cualidad que le será fundamental para vivir consigo misma y con los otros: responsabilidad, compromiso, hacerse cargo. No hay leyes, sabe que puede hacer o no "lo que quiere".
-La joven es pobre e inmigrante, o sea que necesita más que los que tienen recursos aprender en qué mundo vive, salir de su burbuja social con una mente emancipada por el conocimiento. Los saberes de geografía referidos a su propia situación podrían hacer de ella una boliviana-argentina consciente y lúcida. Podrían, cuando alguien se los enseñe.
-No tener carpeta ni libro es un subterfugio, como lo es no considerar los contenidos que tiene que rendir: si no hizo carpeta a lo largo del año, ¿qué hizo? ¿no aprendió que los libros se pueden conseguir prestados, o en una biblioteca?
-Una docente trabajadora y estudiosa tendría que saber que puede hacer rendir a la alumna los contenidos utilizando el libro, por ejemplo, la clásica prueba a libro abierto. Y de paso ejercita lectura comprensiva y escritura creativa, que es lo que finalmente cree haber conseguido.
-El escrito de la joven tiene serios defectos de coherencia, habla de su vida cotidiana y de saberes que apenas le servirán para seguir siendo mano de obra barata. No hay ningún procedimiento que oriente la mente de la muchacha al pensamiento crítico, a hacer reflexión sobre su vida, su situación y su lugar en el mundo, lo cual sí se podría lograr si se trabajara con contenidos escolares.
-La docente adopta una salida de emergencia: que la alumna escriba cualquier cosa, y le da dos consignas que no responden a ningún principio, que no tienen ningún sentido, ninguna relación con lo que pudo haber hecho en el aula a lo largo del año. Permitir el desperdicio de un alumno, hoy, es transar con el sistema.
Es irrebatible la necesidad de incluir. La exclusión genera explotación, violencia, ignorancia, adicciones, delincuencia, pobreza extrema, incapacidad de los sujetos para desarrollar competencias sociales que les permitan pergeñar, al menos imaginar, un proyecto de vida y luchar por él. Pero incluir para lograr estadísticas tramposas, promover alumnos por piedad o solidaridad mal entendida es menospreciar la calidad humana de nuestros alumnos, es desconocer que ellos también pueden aprender, es negar que son sujetos libres e integrales, es prohibirles el acceso a su propia condición humana y condenarlos, de buenitos que somos, a ser la carnaza amasada de miseria material, intelectual y espiritual de que se alimenta este sistema perverso. Y yo, permítaseme usar la primera persona porque hace más de treinta años que estoy sola en esto, yo, no transo con eso, señora docente regaladora de notas.

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viernes, 4 de febrero de 2022

Yo... y los otros

Decía Jean Paul...
   
   Hacía mucho calor esta mañana. La bicicleta ayuda a superar distancias en pocos minutos pero de todos modos siempre termino hiperventilando y empapada. El tránsito es difícil en la Villa, así que insulto como un gañán a los motociclistas y a sus motos y no miro más que mi propia sobrevivencia, por lo que si alguien saluda ni siquiera lo veo. Además, nunca he sido muy saludadora.
   Así que llego a un negocio de artículos tecnológicos y mientras tomo aire hago la cola con distanciamiento. La muchacha que está delante me saluda con sorpresa y simpatía: yo solo veo un enorme tapabocas negro y una hermosa cabellera rubia de grandes ondas naturales. Contesto apenas, porque siempre me molesta que me reconozcan desconocidos. Concluyo que debió ser mi alumna alguna vez, “allá lejos… y hace tiempo”.
   Reflexiono que debe ser una de tantas de las que en el aula ni me oían pero a la que la mayoría de edad les trajo de premio la nostalgia de la adultez por la hermosa y muerta adolescencia. No me recuerda a mi, recuerda a la muchachita que fue, aquellos sueños, aquellas risas, aquellos primeros amores y aquellas lejanas y tontas melancolías. Me he convertido en algo así como la vigilante de un portal que esconde los dulces y oxidados tesoros del ayer idílico.
   Acepto una “amiga” en facebook y la muchacha me regala un largo mensaje, en el que me recuerda como su profesora… etc… etc. Si bien el nombre puede resultarme familiar, llegué a tener familias completas de alumnos con el mismo apellido, no así el rostro. Concluyo que la vida y un toque de labial pueden funcionar como una máscara que oculta a la muchachita que fue mi alumna, tal vez.
   Cierto día voy a un evento cualquiera y una antigua alumna me dice que yo le había dado a leer cierto cuento de cierto autor al que siempre he relegado al limbo de los insufribles. Le señalo que seguramente lo leyó con la otra profesora de la institución, ella reconoce que es factible.
   Digamos entonces, sin que nuestra autoestima se sienta muy acongojada, que éramos un elemento más, indiscriminado y apenas sumatorio en medio de la masa de docentes que pasaron por la vida de esta niña sin atravesarla, sin impactar en eso que ella era por sí misma, sin necesidad de nosotros. Somos, para ella, si acaso, un recuerdo inventado de vaya a saber que representación de virtudes y defectos que no creemos ser.
   El ayer vuelve disfrazado de nostalgia pero no tiene mucho que ver con lo que tal vez fuimos y menos aun con esto que somos y aun en menor medida, si es posible, con lo que los demás creen haber sido mientras eran con nosotros.
   Lo que más me molesta de estas situaciones tiene que ver con el desentendimiento que nos enreda en una trama de nostalgia pegajosa en la que el otro (en este caso mi rol para ellas en aquellos días) era un algo que tenía que ver con ellas. Lo cual es engañoso y triste porque es igual a ese saludo que nos damos al cruzar una esquina: mecánico y ajeno, sin saber apenas quién o qué es el otro.

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domingo, 30 de enero de 2022

El paraíso borgiano

   Cuenta Borges que fue empleado público en una biblioteca durante nueve años y que en todo ese tiempo fue profundamente desdichado. Durante el primer día clasificó cuatrocientos libros así que sus compañeros lo llamaron y le pidieron que no trabajara tanto porque el jefe se iba a disgustar con ellos. Desde entonces hacía el trabajo de bibliotecario en una hora y pasaba las otras cinco en el sótano, leyendo o escribiendo. Sus compañeros solo estaban interesados en “las carreras de caballos, los partidos de fútbol y los chistes verdes”.
   Escuchar este recuerdo desolado de Borges me llevó, cómo en un caleidoscopio a una etapa bastante amarga de mi propia experiencia: también tuve un empleíto público, pero me fui pronto, creo que apenas estuve unos seis meses. La democracia había empezado hacía muy poco y los políticos premiaban a los militantes con empleos públicos, nuestra burocracia que siempre había sido kafkiana, terminó de constituirse en el gigantesco pulpo incompetente que absorbe energía a la sociedad devolviendo apenas un mínimo de aporte con malos servicios y escasa atención.
   En la oficina en que estuve, una secretaria engallada en su miserable cargo ni siquiera te explicaba lo que tenías que hacer y un grupo de amables colgados como yo hacía gala de extraordinaria incompetencia. Solo había que copiar expedientes y notas que iban y venían en un absurdo sinsentido burocrático hacia la cúspide del mando principal y de allí de vuelta hacia la base de los últimos escalones del sistema.
   Un día, agobiado por la nulidad de una de las copistas, el jefe me pidió que redactara, no copiara, una nota que había pedido a las siete de la mañana y que, aquella muchacha, después de llenar el cesto de bollos de papel aun no había logrado concretar. Escribí la nota en dos minutos, con ese estilo florido de la poeta reprimida que agonizaba en mi perro destino y el hombre quedó deslumbrado.
   Una semana después fui a avisarle que había conseguido trabajo y que dejaba su benemérita oficina. El hombre me señaló las dificultades de trabajar en la docencia sin título y en el inhóspito interior del Chaco. Le agradecí, pero me fui.
   Cuando llegué al pueblito lleno de tierra y sol me di cuenta de inmediato que era como enterrarse en vivo en un limbo de soledad y silencio, pero me prometí no disimular quién y cómo era. No desnudé a la escritora que era, más que en las glosas que escribí para infinitos actos, casi nadie supo que yo hacía versos hasta que publiqué mi primer libro, pero mientras el chisme corría más caliente que el mate, yo pensaba versos.
   No quiero imaginar el padecimiento de Borges en nueve años. No puedo medir la profunda soledad en la que se habrá debatido durante todo ese tiempo. Por suerte el peronismo lo dejó sin trabajo y lo devolvió al lugar del que no debió haber salido nunca: su biblioteca.
   El mundo es un lugar muy inhóspito, hay que aprender a proteger el paraíso propio.


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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...