A P. A., la donante.
Liliana Zenobi me descubrió, con sus lecturas en voz alta, con su método que incluía destacar los mejores trabajos haciendo una devolución pública a partir de la lectura de la producción escrita del alumno, que la docencia era un quehacer profundamente humano y creativo. Esas lecturas me tuvieron por protagonista demasiado a menudo, tanto que ya en tercer año me dijo un día que dejaría de leer mis trabajos para darle lugar a otros alumnos, decisión que yo acepté sin resentimientos, puesto que tenía claro que, en el mundo, y en mi curso, siempre hay gente que se esmera más que uno, sobre todo aquellos que no nacieron con especiales ventajas. La decisión le duró hasta que en el siguiente trabajo se deslumbró con el retrato que yo había escrito de cierto muchacho del pueblo, del cual no daba el nombre, pero si detalles tan específicos de sus rasgos y su carácter, que varios descubrieron muy pronto quién era y dejaron al desnudo mi inclinación hacia los encantos del galán, del cual yo admiraba cada detalle de su rostro, aunque, por timidez solo lo mirara de reojo. El texto se tituló “El muchacho silencio” y describía un joven pálido y silencioso (después descubrí que solo lo era conmigo), de “ojos negros y labios de azucena”. Ahora me da mucha risa la lamentable metáfora, pero entonces yo era muy joven, en realidad todavía una niña y Liliana estaba encantada de tener una alumna que no se ruborizaba de escribir dulces tonterías.
No es lo único que recuerdo de Liliana, pero valga el citado para entender porqué fue tan esencial en mi destino. Hasta que un día se murió, de manera trágica, como para refrendar la mala estrella de un destino que no había sido muy afortunado y en cuya ruta áspera, aun con todas las dificultades, aquella muchacha supo construir una vida rica de saberes, profunda de vocación y elevada de aspiraciones.
Cuando llegué a la continuadora de su trabajo yo tenía, cultivado y floreciente, un universo de lecturas ya hechas y un sueño sin horizontes sobre mis posibilidades en la literatura y en la vida. Al margen de que no todo sale como uno lo imagina a los catorce años, sé que la siembra de Liliana y la confianza y afecto de su sucesora en mi destino, fueron una especie de isla para abrevar sed y aliviar fatiga cuando torcimos los caminos de la vida, cuando las brújulas se enloquecieron, cuando los sueños se cayeron. Así que ambas quedaron ahí, como vigilando, una desde la muerte, otra desde los anaqueles llenos de libros.
Liliana era deslumbrante por la riqueza de sus conocimientos, por el entusiasmo con lo que enseñaba, por la seguridad que emanaba su figura menuda golpeada por una triste enfermedad. Sabíamos que le gustaban los libros, imaginamos que fue una alumna brillante, lo que nos lo han confirmado hace unos días: fue mejor promedio de su promoción en el profesorado. No solo era muy inteligente, sino que sobre todo era deslumbradoramente lúcida y tenía una gran libertad para emitir opiniones o posicionarse en una perspectiva propia respecto de cualquier cuestión. Recuerdo que yo llegué un día cuestionando a nuestro querido Leopoldo Marechal por su obra de teatro “Las tres caras de Venus” y ella acordó conmigo sin dudar: “-Para mí, es una obra boba.” Dijo torciendo un poco el gesto. No acordar con un tótem como Marechal era el sumun de la valentía.
Por cuestiones de la vida, Liliana fue huésped de algunos colegas y cuando murió, ciertos objetos quedaron en aquella casa. Entre ellos los libros con que nutría su gran conocimiento del área que cultivaba. Ahora que la vida ha desbrozado tanto el estrecho sendero que nos queda, la guardiana de aquellos tan apreciados bienes, nos obsequia, nos pone de cuidadora de un tesoro invaluable a nuestro corazón y nuestra alma: “Historia de la literatura española e hispanoamericana de Emiliano Diez-Echarri y José María Roca Franquesa, segunda edición de Aguilar S.S. de Ediciones, 1966.
Busco en las redes sobre este impresionante libro y encuentro que es una joya editorial, lo cual ya lo sospechaba, tiene un valor que va de los 16 a los 20 euros, más gastos de envío, un poco más de cuatro euros. Por suerte no creo que los cacos que se especializan en motos y celulares lleguen a leer este texto. Además, no tendrían a quien venderlo.
El libro que fue de Liliana, y que tengo ahora el privilegio de custodiar, tiene su firma en la primera carátula, la misma que estampaba después de cada corrección en nuestros escritos: una firma ascendente, con una gran Z mayúscula en el inicio y dos firmes rectas marcando la dirección de la firma, con un lazo que se inicia en el descenso de la i final y envuelve el apellido en una curva amplia y casi cerrada. La firma de una mujer que tenía un camino recto y muy claro pero que se arropaba ¿tal vez en los libros? para protegerse de la crudeza de un destino cruel. Es un obsequio muy hermoso, un poco triste y terriblemente halagador para mis escasos merecimientos. Sin embargo, es también una especie de testimonio que recibimos: hay cierto legado que compartimos con estas magníficas mujeres y que ellas de algún modo me hacen entrega para lo que queda del tramo. Es un legado extraño y maravilloso.
Bajé una imagen de la web porque mi computadora no quiso bajar las fotos que saqué con el celular.
Ella es medio caprichosa a veces. Por eso prefiero los libros.
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