domingo, 1 de marzo de 2020

Despedida


Muchachas que algún día leáis emocionadas
estos versos
y soñéis con un poeta:
sabed que yo los hice para una como vosotras
y que fue en vano.



   Nunca conocimos al hombre. Pero siempre se lo envidiamos a aquella Claudia, ciega de espíritu y sorda de corazón, que no fue capaz de amarlo. Sabíamos que era una contradicción andando en sandalias franciscanas entre flores y espinas,como el de Asís. Leímos en alguna parte poemas sueltos, como aquel que aseguraba que ella había perdido más que él,porque a ella nadie la amaría como él lo hizo, pero el sí podría amar a otra como la amó a ella. Qué amargo para una mujer que un hombre te diga eso tan terrible. Qué valientes son los poetas para desnudar sentimientos tan feroces y revanchistas y seguir por el mundo con un hábito blanco que parecía no vivir en este mundo tan lleno de manchas y suciedad.
   Valiente era, también lo aprendimos a fuerza de hallar siempre noticias sueltas de sus andares: eligió quedarse por esas selvas a acompañar a los que luchaban por sus derechos, reinventó la doctrina cristiana en una versión benevolente para los que se revelan hartos de injusticia. Reescribió salmos acordes a los tiempos y las nuevas desgracias de la humanidad y arriesgó no solo la vida de su cuerpo sino la de eso que los creyentes llaman alma, y que los dueños de la verdad y consignatarios de las bondades del poder divino distribuyen sobre los humanos con regulada mano. El destierro de la promesa de salvación duró décadas y solo volvieron a abrirle las puertas del paraíso cuando vieron que era casi un fantasma huesudo y desencajado que ya estaba piropeando a la muerte.
   Fue un poeta, un santo y un guerrero. Lo despedimos llorando, porque se fue y porque hace casi tres décadas un ex-alumno se llevó en préstamo su libro de los "Salmos" y nunca nos lo devolvió. Lo despedimos con lágrimas, profeta de la esperanza, de los desesperanzados y de las mujeres que no lo eligieron. Que vuele alto, por el cielo de esta Latinoamérica que lo amó y sepa que una latinoamericana lo eligió en su corazón. Que no fue en vano.

La imagen fue tomada de la web.

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jueves, 27 de febrero de 2020

Escribir para nadie

Miramos los escritos de este blog y vemos que un poema escrito ex-profeso para impresionar a lectores interesados en lo fáctico más que en lo poético, ha tenido más de mil visitas y que otros textos de mejor factura, tienen una decena de visitas. Y nos quedamos pensando que a la gente le interesa mucho más la biografía de los escritores que la obra en la que desaparece el literato, el docente, el ser biológico y social para manifestarse el ser profundo, esencial, en cierto sentido universal, y que constituye, el texto, una creación única, irrepetible, autónoma, que debería tener valor en sí misma y no por quién la escribió ni por los datos privados que se puedan husmear en el.
Rumiando estas confusas ideas, mejor no imaginar en quién estarán pensando algunas gentes cuando leen:
"Hoy camino las calles 
sin recordar tu nombre."

y nos reímos un poquito de que no puedan acceder a ciertos secretos. Para ponerlos en la huella de la apenas encubierta intención les dejamos otro texto más explícito de nuestras malas artes. Pero muy pocos lo leyeron y es obvio que no detectaron la trama secreta del "dibujo en el tapiz". 

   Decepcionados por el fracaso de estos juegos literarios nos entretuvimos todo este tiempo persiguiendo en la web la imagen balbuceante, tierna, desdichada e inteligentísima de un hombre, de un escritor al que habíamos ninguneado durante décadas. Y después de ver, a veces solo escuchar, al menos dos decenas de entrevistas, sesudas y profundas, encontramos una especie de conferencia televisiva en la que participan varios escritores latinoamericanos y entre ellos, con su siempre original y disonante intervención, nuestro último conferenciante favorito: Jorge Luis Borges.

   La charla trata de desatar el nudo gordiano de si el arte debe ser la voz de los desposeídos, por decirlo con un lugar común o debe ser una expresión puramente artística. Redundando, se plantea la cuestión del valor implícito del arte por el arte o el valor agregado del arte comprometido, ese debate ya tradicional que aparece en el siglo veinte con los movimientos pro-derechos y las luchas sociales, en las que escritores influyentes como Sartre adhirieron a la identificación del arte con el compromiso. 
   Luego de una intervención de Arreola que defiende la valía del objeto artístico, en este caso, el poema, por sí mismo, el histórico bibliotecario, vierte su opinión que transcribo aquí.

"Borges: -Creo que es más natural que lo dominen a uno las miserias naturales, que son reales porque a todos nos toca nuestra amplia cuota (...) de desdicha, que las de las masas, que son abstractas... porque no hay masas, realmente, no hay países... no hay continentes. Lo que hay, son individuos. ESO si es real. Un individuo es real. (........) No, no, esas son abstracciones.
Lo que puede interesarle a un hombre, realmente, es... que una mujer lo quiera, que la vida sea demasiado corta, o demasiado larga, saber quién es, de qué es capaz...
En cambio, si estamos pensando en términos de geografía política me parece que estamos limitándonos [eee..] algo que va a cambiar, [me parece] estamos sujetándonos deliberadamente a la política que, para mi, es una actividad triste, mas bien, y escribiendo [sobre política] parece tan difícil [que... me parece que] es mejor dejar que las cosas se escriban [a sí mismas].
Ahora... si eso sirve para explicar otras personas o no, eso es secundario, puede no explicar a nadie, puede ser, simplemente,como Arreola ha dicho, un poema puede ser un poema simplemente, y basta con que sea un poema.
Creo que la poesía en sí es muy importante, es muy misteriosa, tan importante como para que nos entreguemos a ella totalmente.
Entrevistador: -¿Para quién creen, ustedes, que debe escribir el creador literario?
B: -Para nadie. (Apresuradamente, muy enfático)
E: -¿Para las mayorías... (no alcanza a concluir la pregunta)
B: -Nooo. Ni para las mayorías ni para las minorías. Debe escribir porque el espíritu, digamos, por nombrar algo misterioso y profundo, el espíritu quiere que escriba... [para que el escritor] cumpla con su deber. Ahora, que eso sea leído, no sea leído, haya difusión, no haya difusión, todo son problemas de libreros, de editores, no interesan a ningún escritor."
El debate continúa, pero nos quedamos con este fragmento porque de él podemos sacar dos ideas magníficas con las que siempre hemos comulgado, y en la actualidad son como nuestro escudo del caballero andante: nos protegen y nos engalanan.
La primera de esas ideas es la que avala lo que los románticos llamaban inspiración, y los clásicos estro: se escribe por una necesidad profunda de la que no se puede escapar (¡"el espíritu quiere que escriba", dice Borges!).
La segunda idea rechaza el concepto de la teoría textual de que el escritor construye un lector. "Para nadie", dice Borges y eso es automáticamente contradicho por los otros escritores, pero nosotros acordamos con el argentino porque si bien podemos construir un lector algunos elegimos escribir para nosotros mismos. Sabemos, al menos a un nivel personal adhiero a ello, que uno es su propio mejor lector. En realidad es más fácil crear un tipo de lector y ser obsecuente a las demandas de ese lector: mi experimento lo prueba ampliamente, y lo demuestra la industria editorial que inventó los best seller y la auto-ayuda.
Es tan raro ver, en estos tiempos el escritor autónomo, salvajemente solitario, no en su torre de marfil ni en la roca azotada por las bravas olas de la tragedia como el estereotipo del modernismo o del romanticismo sino en ese rincón penumbroso donde un escritor se recluye a escuchar las voces "del espíritu" y cumple con aquello para lo cual ha sido elegido. A veces las voces del mundo nos llegan, fragorosas, confundidas y sufrientes, pero entre esas voces colectivas siempre está el hombre, la mujer, el ser humano desnudo y herido, con el corazón tembloroso como un pajarillo desconsolado que no se cansa de pedir consuelo. Al final somos individuos que garabateamos papeles, papeles que hablarán paradójicamente del amor perdido, de las noches solitarias, de los sueños tejidos a la luz de la luna y de la hora en que una vez en la vida, rotos pero enteros, fuimos valientes... y nos quedamos solos.


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domingo, 26 de enero de 2020

"Música vana"

   Escucho, en una entrevista, decir a Borges que le parece que a la poesía "El grillo" de Conrado Nalé Roxlo él nunca la entendió. Y analiza los elementos lingüístico-literarios del famoso soneto, señalando algo así como el absurdo de esos elementos. 
   Señala, por ejemplo, que decir que el grillo ve "una copa de oro" donde hay un espinillo y "porcelana" en el cielo, es algo que no se justifica, porque si lo ve con ojos de grillo es seguro que el grillo no es capaz de percibir esa realidad, no se si lo dirá por la pequeñez del grillo o por su irracionalidad. 
   Es aceptable que un poeta como Borges no comulgue con una poesía barroca, o, mejor aún, simbolista, modernista, que carga de sentidos elementos decorativos y lujosos, una corriente literaria que se distinguió por su artificiosidad, por su decorativismo. Pero denostar un soneto profundamente musical y expresivo como este, es signo de mezquindad intelectual. 
   En los últimos tiempos estoy siguiendo las charlas, reportajes y conferencias del frustrado premio Novel y le empezaba a tener respeto cuando me encontré con un reportaje muy interesante que le hizo Antonio Carrizo, en algún programa de años ha. Borges hablaba maravillosamente, sus conferencias son verdaderas obras de arte y su estilo clásico para recitar poesía, declamándola con su voz cascada y acuosa, es conmovedor, emocionante, aunque lo haga en idiomas que nos son extraños.
   Esta admiración que empecé a construir cautelosamente se tambaleó al escuchar esa crítica de mala fe, porque teniendo en cuenta lo que Borges sabía de poesía es obvio que su interpretación no está condicionada por su ignorancia de los recursos líricos, por su falta de competencias para interpretar metáforas, personificaciones, alegorías, por ejemplo, sino que su posición se arrincona en la terquedad del que no acepta los otros puntos de vista, o en este caso los estilos diferentes de hacer poesía. 
   Tal vez Borges, en ese encierro en el que él mismo cuenta que creció y vivió, perdió de algún modo la sensibilidad del tercer ojo, del que hablan los esoteristas, y cuando salió a caminar las calles de Buenos Aires ya no fue capaz de identificarse con un grillo, anónimo y solitario, siendo Borges casi tan solitario como lo era el grillo que se aguantó entre los pastitos esta afrenta y nunca salió a aclarar el malentendido del mitológico bibliotecario.
   La mayoría somos capaces de reconocer que ver como un grillo, o que el grillo vea como un humano, es algo absolutamente posible en poesía. Asumir que la poesía no tiene otra finalidad que ser pura expresión, ser "música vana", es un derecho que hay que otorgarle. Algo que Borges, encerrado en su intelectualismo, no logró entender, parece. Porque, aparte de Borges, no creo que haya alguien que no se conmueva con esta maravilla:



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domingo, 19 de enero de 2020

La cierva de Borges

   Habré  tenido dieciséis años cuando alguien, Elsi Gorostizu casi seguro, me alcanzó "La rosa profunda" de Jorge Luis Borges. Y era Elsi la que me lo prestó porque ahora recuerdo que me señaló uno de los poemas en especial cuyo verso más citado dice: "soy los que ya no son" el cual tiene el título en inglés (All ouer yesterdays) y que no alude a la interpretación que Elsi intentó contagiarme (respecto a su clase social en decadencia -la de Borges-) sino que habla más bien de sus antepasados sajones y la literatura que les permite evocarlos y que él estudió con amor. 
   Siempre he estado distanciada de esas interpretaciones referidas al discurso, explícito o implícito, de una clase social que canta sus glorias o su decadencia, pero si me apasiona la memoria de un tiempo heroico, maravilloso, en el que la poesía era la forma mágica con que los pueblos archivaban en la memoria las bellezas de sus hazañas, la magnificencia de su cultura, el encanto de sus creencias, la manera de percibirse en el mundo. Creo que Borges alude a ello en esa poesía. Pero esto lo supe mucho después.
   De ese libro recuerdo mucho más el infinitamente citado "Los libros y la noche" y en especial uno, que me pareció maravilloso, en el que el poeta relata un sueño que tuvo en el que una cierva blanca cruzaba ante sus ojos, Borges en sus sueños no era ciego, y que le dejó una dulce sensación lírica que le duró en la vigilia, y tanto que escribió un poema en el que mostraba su extasiada mirada de ensueño sobre la cierva que lo encandiló durante unos segundos y le mostró su propia vida sintetizada en esa imagen efímera: su propia vida, tan fugaz, deslumbramiento efímero. 
   De todo un libro suelen quedarnos pequeños hilos, ideas, a veces casi nociones y en los textos excepcionales alguna frase. Cuando pienso en Borges no logro recuperar ni las peripecias ni los sentidos, siempre crípticos, de sus cuentos. Y tan poco me gustan sus cuentos, tan poco me conmueven, que él único desacuerdo que llegué tener con Alfredo Veiravé fue a causa de mi insensibilidad frente a la tragedia de Ema Sunz, cuento que tuve que analizar como tarea universitaria. 
   También, alguna vez hemos compartido nuestros diferentes puntos de vista sobre la obra del Homero argentino con René Sanchez que definió la poesía de Borges como "ripiosa" en ciertas ocasiones. Tal vez haya ripios en sus versos, no creo haberlos leído todos, pero a veces basta con un poema para apreciar la profundidad de la lírica de un poeta. En el caso de Borges ninguno de sus cuentos, los cuales parecen pensados en inglés y escritos en un proceso de traducción instantánea al castellano, puede alcanzar el vuelo de aquel verso: "A mí se me hace cuento que nació Buenos Aires".
   Tengo la impresión de que Borges en poesía es el único género en que es hispanoparlante.  Y es en español que avistó la esencia de su propia vida: lo efímero y parcial de la existencia de un hombre que ve un solo lado de aquella "cierva blanca de un sueño". Mucho tiempo me duró la resonancia de ese verso, que parece un acto fallido de la inspiración de este ciego exótico y triste que creo recién ahora empiezo a comprender. 
   La cierva de su vida se le siguió escapando unos veinte años más, pero Borges ya había accedido, probablemente a la calma de quién entiende, sabe, que la vida, misteriosa ensoñación, salta frente a nosotros y se apaga dándonos, apenas, a algunos, la pequeña oportunidad de un sueño, o un verso.
    Rara vez, las dos cosas.

Imagen tomada de la web

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sábado, 18 de enero de 2020

Mi amiga Pochi

   Un día entré a comprar alguna revista, después empecé a llevar, al fiado, el diario de los domingos. Y con el tiempo me atraparon las colecciones de literatura, o de arte, o de música. Gracias a su quiosco y su paciencia recuperé los temas musicales de mi adolescencia con aquella magnifica colección de la revista Noticias. Y durante bastante tiempo fui la única lectora incondicional de "Ñ".
   No todo fue romance entre nosotras: hubo un largo verano en que decidió no traer al diario de los fines de semana porque no se vendía y no ameritaba el esfuerzo de traerlo para una sola lectora en cincuenta kilómetros a la redonda.
   Pero el resarcimiento fue generoso: ella fue la gran vendedora de mis libros para el pueblo y la colonia de aquel rincón perdido donde transcurría nuestra vida y nuestra relación circunstancial que de a poco se hizo amistad.
   Fue una amistad pudorosa y calma, matizada de charlas de ocasión: mis visitas tenían como objetivo adquirir lectura y su atención incluía la charla circunstancial. No podría retomar aquello de lo que hablábamos, ha pasado mucho tiempo y es seguro que eran charlas ocasionales, sin demasiada pulpa, pero en las que nos demorábamos con amistosa coincidencia dentro de los lugares comunes de las mujeres: los hijos, los vestidos,las costumbres.
   Me gustaba su estilo de señora tipo de familia tipo, aquella belleza no vistosa pero si delicada: una piel muy blanca y dos ojos muy celestes cuya luminosidad se exaltaba con el delineado negro. Prolija ama de casa, aplicada madre y esposa, patrona poco paciente con la torpeza de sus vendedores, suplía las probables carencias de su educación con el pulimento de las buenas costumbres. 
   Mi amiga Pochi se murió sin avisar, sin razones tal vez. Me quedo mirando el cielo, querida Pochi, en el que seguro creías, y veo un lucero inmenso como un ojo dorado sobre el horizonte de techos y copas verdes, un lucero inmenso y dorado que me saluda con el brillo tranquilo de tus ojos celestes.


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lunes, 6 de enero de 2020

El cuento de la muchacha más linda del mundo

   Hubo un día en que conocí a la chica más linda del mundo. No estoy segura de que haya sido la chica más linda del mundo para todo el mundo pero si lo fue, desde ese día, para mi.
   Ella estaba sentada en la tribuna de la cancha de basquet de Progresista (el club de la Villa en el que teníamos las clases de educación física). Fumaba un cigarrillo con una especie de furia precisa y seca, apretando el tubito de papel con dos deditos de uñas muy cortas, como siempre las ha sabido llevar y apretando los labios, con severa concentración.
   Ese día había acompañado a su prima, que era nuestra compañera de promoción, y se aguantó el deplorable espectáculo de nuestro entrenamiento con distante paciencia, mirando lejos, tal vez avizorando la burbuja inasible de algún sueño. Al otro día le comenté a una compañera de curso que el día anterior había visto a la chica más hermosa que uno podía imaginar.
   El año siguiente después de un cursillo de ingreso en el que aprendí a dormir sentada y unos exámenes que superamos apoyadas en las pacientes lecturas de la estudiosa María Mina, ingresamos a la carrera de Letras en la, para nosotros mitológica, UNNE y empezamos a mirar el mundo desde los negros y alegres ojos de Alfredo Veiravé. En algún recreo, la chica más linda del mundo estaba haciendo unos garabatos en la pizarra envuelta en un vestido paisano que nunca más,después de ese día, se lo volví a ver.
   En esa primera, o segunda semana, María Mina incluyó entre los pasajeros de su Peugot a una chica que cursaba con nosotros,y que venía de nuestro mismo barrio. Era ella. Vivía a pocas cuadras de mi pensión y era una mezcla de princesa y Virginia Wolf. Era deslumbradora y alegre, sencilla y complicada.
    Podías no ver muchas cosas pero no podías ignorar el encanto inimitable de su enorme sonrisa. Los ojos de los muchachos caían arrobados a la sombra del meteorito frente al deslumbramiento de aquella sonrisa. En verdad la Villa entera supo iluminarse con la luz de esa sonrisa en aquellos carnavales de antología que la tuvieron de reina.
   Pero ver solo la sonrisa era un equívoco. Además de la sonrisa, ella tenía una grata y, a veces sesuda, a veces divertida, a veces las dos cosas, conversación. Traía también en su bagaje saberes y cuestionamientos que hasta entonces yo no había compartido con nadie y que pude charlarlos con ella. Ser reina de belleza no le quitaba la preocupación filosófica y no interfería en su delicada sensibilidad. Como a todas las bellas sensibles e inteligentes a veces le daba escozor que solo vieran en ella la "cara bonita". Lo que le molestaba de eso, al margen de que el halago le daba cierta satisfacción, era la chatura del lugar común.
   Caminando las veredas de Resistencia, compartiendo la frescura y los altibajos de las amistades comunes hallamos, ambas, un espacio pleno de coincidencias: lecturas, música (la maravillosa "Serenata del amor callado" de Daniel Altamirano), confidencias y esa perspectiva sobre la vida que se inscribía entre el asombro y el desencanto, o la disidencia, según los días. También teníamos en común el pueblo de origen, estábamos orgullosísimas de ello, y hasta el liviano vicio de escribir versos.
   Nuestra amistad fue intensa y fugaz, porque la vida nos llevó por caminos divergentes, pero su rescoldo de comprensión y coincidencias se reinventó en las redes, treinta años después. Aunque en las páginas luminosas de internet mi mirada y mi nostalgia son como una lentejuela desvaída en un traje bordado de luces en medio de tantos seguidores que la celebran, la aman, la juzgan, e incluso de vez en vez la cuestionan. 
   Un poco antes de que la pantalla la convirtiera en el icono televisivo del norte argentino, yo guardé su sonrisa, todavía adolescente, sin labial, y sin sospechas de los amargores que la vida le traería, en el álbum donde después también se reunieron las caras de mis hijos. Cuarenta años después, una tarde fría y opaca nos encontramos, como tenía que ser, porque la vida cierra círculos y organiza el caos, en la casa de María Mina. La sonrisa sin fin y los deditos de uñas cortas apretando con decisión el cigarrillo, en la rueda del afecto, la amistad y la vida: la muchacha más linda del mundo.

Foto: Silvia Insaurralde

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martes, 31 de diciembre de 2019

Gracias veinte diecinueve

Ha sido un año muy lindo.No porque no tuviera algún mal rato, sino porque, con escaso mérito de mi parte, tengo mucha gente que me acompaña: -a leer versos, a tomar mate, a conversar sobre cuestiones de lo más disimiles, a intentar en una mínima medida arreglar alguna cosa triste de este mundo, a recuperar recuerdos y esos aires de la juventud, a compartir belleza, a caminar esta ciudad que es la madre de mi corazón.
Cuando hago estas reflexiones introspectivas asumo, a regañadientes, que la vida es bella, el mundo es hermoso, de lo cual nunca dudo, y en mi destino me he topado con gente maravillosa. Desde aquella preciosa, dulce y delicada maestra de cuarto grado, de la cual Chiche estuvo muy enamorado, hasta el extranjero curioso que atravesó mis días como un cometa, y como tal dejó una estela de chispitas que tardará mucho en apagarse o esas muchachas del Refugio, que luchan a brazo partido contra la crueldad.
En el medio, la lista sería muuuuyyy larga, pero tengo que empezar a rendir cuentas porque el camino empezará a hacerse estrecho y como cualquiera no tengo idea de dónde está la curva final y definitiva. Tengo que hacer memoria, que es lo que hago con mayor asiduidad, porque estoy en esa etapa en que los recuerdos son como duendes que bailan sobre mi frente y nunca duermen. Como los recuerdos suelen ser desordenados, aleatorios, en ellos se mezclan mi maestra de séptimo grado y el caballo alazán de Don Cleto Lencinas, don Cleto con su enorme sonrisa, con su hermosa mujer y su irrenunciable resistencia de pobre.
Si es por etapas de vida, la gente que habitó mis momentos de aprendizaje fue fundante en los rumbos de mi destino, al menos en la actitud con que enfrenté, o escabullí, las cuestiones de mi vida: Francisco y Perla, cometo la osadía de nombrarlos, porque son para mi esa alhaja única y maravillosa que guardo en el rincón más cálido y secreto de mi corazón. Pero es importante en este inventario pagar el óvolo de la gratitud a los formadores de mi alma, en cuyo podio no dejo olvidada la sonrisa de Alfredo, el poeta.
Si es por temas del corazón la amistad es un ámbito de mi vida con cientos de espacios floridos y frescos donde la amistad siempre regó las raíces de mi emoción: desde mi querida Tere, aquellos imbatibles compañeros de promoción, los del A, los del B, indistintamente, hasta la tríada insuperable de mis años de UNNE: y si María Mina, Gachi, Mónica y la banda que venía detrás, (bueno, Marisel, no puedo nombrarlas a todas!!).
También, aunque no parezca, y alguno ni lo sospeche, tengo seis hermanos, una incontable retahíla de sobrinos, lindos, originales, únicos. Y aunque los hijos ya ni saludos manden, Ariel se queda, hace el aguante por los que no están, mientras el Memphis hace lo que puede. Lo mejor de esa historia es que ellos tienen sus logros y sus trabajos, su gente, sus amores, sus destinos, y en el inicio, en el punto de partida, siempre puedo recordar que estuve yo.
Del mismo modo en cada vida hay gente que llegó de a poco, gente con la que, gracias a su paciencia, hicimos un caminito claro, de piedrecitas y flores y llegamos a un banquito, tranquilo, bajo la luna, o mejor bajo el sol del crepúsculo, y ahí nos sentamos a leer versos. ¿Se imaginan? Unos versos leídos bajo la luz del crepúsculo. Creo que tendríamos que hablar especialmente sobre ello, la próxima vez, mis estimadas Norma y Brenda.
Alberto Cortés cantaba que a los amigos les adeudaba la ternura. Si, pero mi deuda es diferente: "a los amigos les adeudo la conversación". Porque no puede existir amistad sin conversación, sin ese intercambio de puntos de vista, de ideas, de reflexiones, de datos , que tenemos con Cristian, con quien celebramos las coincidencias y esquivamos sabiamente las diferencias. Este muchacho reflexivo y viajero es otro de los regalos que me dio la vida, o lo que fuere que mueve los astros de nuestro destino.
Este soliloquio no es un inventario, porque en ese caso esto sería peor que una guía telefónica. Además no solo hay gente en mi vida, también hay libros, los leídos, los por leer (y los que olvidé y los que ya nunca leeré), perros, gatos, gorriones, árboles, flores y hojas secas. Muchas hojas secas. Pero en mi patio las hojas secas no se queman, se quedan en el suelo y reciben la fuerza del sol subtropical y la lluvia que viene, a veces mansa, a veces desquiciada, y las hojas alimentan los gusanos de las preguntas, el asombro o el dolor, y un día se hacen verso, digo, se hacen flor.

Él es Coqui. No se quién sacó la foto.

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Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...