Un día entré a comprar alguna revista, después empecé a llevar, al fiado, el diario de los domingos. Y con el tiempo me atraparon las colecciones de literatura, o de arte, o de música. Gracias a su quiosco y su paciencia recuperé los temas musicales de mi adolescencia con aquella magnifica colección de la revista Noticias. Y durante bastante tiempo fui la única lectora incondicional de "Ñ".
No todo fue romance entre nosotras: hubo un largo verano en que decidió no traer al diario de los fines de semana porque no se vendía y no ameritaba el esfuerzo de traerlo para una sola lectora en cincuenta kilómetros a la redonda.
Pero el resarcimiento fue generoso: ella fue la gran vendedora de mis libros para el pueblo y la colonia de aquel rincón perdido donde transcurría nuestra vida y nuestra relación circunstancial que de a poco se hizo amistad.
Fue una amistad pudorosa y calma, matizada de charlas de ocasión: mis visitas tenían como objetivo adquirir lectura y su atención incluía la charla circunstancial. No podría retomar aquello de lo que hablábamos, ha pasado mucho tiempo y es seguro que eran charlas ocasionales, sin demasiada pulpa, pero en las que nos demorábamos con amistosa coincidencia dentro de los lugares comunes de las mujeres: los hijos, los vestidos,las costumbres.
Me gustaba su estilo de señora tipo de familia tipo, aquella belleza no vistosa pero si delicada: una piel muy blanca y dos ojos muy celestes cuya luminosidad se exaltaba con el delineado negro. Prolija ama de casa, aplicada madre y esposa, patrona poco paciente con la torpeza de sus vendedores, suplía las probables carencias de su educación con el pulimento de las buenas costumbres.
Mi amiga Pochi se murió sin avisar, sin razones tal vez. Me quedo mirando el cielo, querida Pochi, en el que seguro creías, y veo un lucero inmenso como un ojo dorado sobre el horizonte de techos y copas verdes, un lucero inmenso y dorado que me saluda con el brillo tranquilo de tus ojos celestes.
-@-

No hay comentarios:
Publicar un comentario