lunes, 6 de enero de 2020

El cuento de la muchacha más linda del mundo

   Hubo un día en que conocí a la chica más linda del mundo. No estoy segura de que haya sido la chica más linda del mundo para todo el mundo pero si lo fue, desde ese día, para mi.
   Ella estaba sentada en la tribuna de la cancha de basquet de Progresista (el club de la Villa en el que teníamos las clases de educación física). Fumaba un cigarrillo con una especie de furia precisa y seca, apretando el tubito de papel con dos deditos de uñas muy cortas, como siempre las ha sabido llevar y apretando los labios, con severa concentración.
   Ese día había acompañado a su prima, que era nuestra compañera de promoción, y se aguantó el deplorable espectáculo de nuestro entrenamiento con distante paciencia, mirando lejos, tal vez avizorando la burbuja inasible de algún sueño. Al otro día le comenté a una compañera de curso que el día anterior había visto a la chica más hermosa que uno podía imaginar.
   El año siguiente después de un cursillo de ingreso en el que aprendí a dormir sentada y unos exámenes que superamos apoyadas en las pacientes lecturas de la estudiosa María Mina, ingresamos a la carrera de Letras en la, para nosotros mitológica, UNNE y empezamos a mirar el mundo desde los negros y alegres ojos de Alfredo Veiravé. En algún recreo, la chica más linda del mundo estaba haciendo unos garabatos en la pizarra envuelta en un vestido paisano que nunca más,después de ese día, se lo volví a ver.
   En esa primera, o segunda semana, María Mina incluyó entre los pasajeros de su Peugot a una chica que cursaba con nosotros,y que venía de nuestro mismo barrio. Era ella. Vivía a pocas cuadras de mi pensión y era una mezcla de princesa y Virginia Wolf. Era deslumbradora y alegre, sencilla y complicada.
    Podías no ver muchas cosas pero no podías ignorar el encanto inimitable de su enorme sonrisa. Los ojos de los muchachos caían arrobados a la sombra del meteorito frente al deslumbramiento de aquella sonrisa. En verdad la Villa entera supo iluminarse con la luz de esa sonrisa en aquellos carnavales de antología que la tuvieron de reina.
   Pero ver solo la sonrisa era un equívoco. Además de la sonrisa, ella tenía una grata y, a veces sesuda, a veces divertida, a veces las dos cosas, conversación. Traía también en su bagaje saberes y cuestionamientos que hasta entonces yo no había compartido con nadie y que pude charlarlos con ella. Ser reina de belleza no le quitaba la preocupación filosófica y no interfería en su delicada sensibilidad. Como a todas las bellas sensibles e inteligentes a veces le daba escozor que solo vieran en ella la "cara bonita". Lo que le molestaba de eso, al margen de que el halago le daba cierta satisfacción, era la chatura del lugar común.
   Caminando las veredas de Resistencia, compartiendo la frescura y los altibajos de las amistades comunes hallamos, ambas, un espacio pleno de coincidencias: lecturas, música (la maravillosa "Serenata del amor callado" de Daniel Altamirano), confidencias y esa perspectiva sobre la vida que se inscribía entre el asombro y el desencanto, o la disidencia, según los días. También teníamos en común el pueblo de origen, estábamos orgullosísimas de ello, y hasta el liviano vicio de escribir versos.
   Nuestra amistad fue intensa y fugaz, porque la vida nos llevó por caminos divergentes, pero su rescoldo de comprensión y coincidencias se reinventó en las redes, treinta años después. Aunque en las páginas luminosas de internet mi mirada y mi nostalgia son como una lentejuela desvaída en un traje bordado de luces en medio de tantos seguidores que la celebran, la aman, la juzgan, e incluso de vez en vez la cuestionan. 
   Un poco antes de que la pantalla la convirtiera en el icono televisivo del norte argentino, yo guardé su sonrisa, todavía adolescente, sin labial, y sin sospechas de los amargores que la vida le traería, en el álbum donde después también se reunieron las caras de mis hijos. Cuarenta años después, una tarde fría y opaca nos encontramos, como tenía que ser, porque la vida cierra círculos y organiza el caos, en la casa de María Mina. La sonrisa sin fin y los deditos de uñas cortas apretando con decisión el cigarrillo, en la rueda del afecto, la amistad y la vida: la muchacha más linda del mundo.

Foto: Silvia Insaurralde

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1 comentario:

  1. Excelente mujer,mejor persona,más allá de su incuestionable belleza.

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