Hace más de cuarenta años, yo vivía en un lugar de Resistencia en el que tuve un amigo que no estudiaba, no trabajaba, no casi nada. Salvo leer o fumar creo que no hacía otra cosa. Soñaba con lograr grandes hazañas que era incapaz de iniciar y menos aun de sostener, puesto que las grandes hazañas exigen esfuerzo, trabajo, constancia. Él era un turista de la vida.
En una ocasión me vendió por pocas monedas un libro de ciencia ficción, género que no llamaba demasiado mi atención por esos días. Al libro le faltaban unas hojas finales, cosa que descubrí cuando ya lo había leído en casi su totalidad. Pero no se lo recriminé porque yo sabía que si él me había hecho víctima de ese pequeño abuso de confianza era solo porque estaba desesperado: necesitaba el dinero para sus cigarrillos.
El libro tenía tres relatos de ciencia ficción típicamente estadounidense. El primero de ellos se llamaba Dio y su autor era Damon Knight. El núcleo de la historia se asienta en el sueño de inmortalidad que tiene su mejor mito fundante en el suceso de Gil Gamesh. La humanidad ha logrado la inmortalidad. Y aunque ello ha sido a costa de vivir un presente perpetuo y de haber perdido la posibilidad de perpetuarse en un hijo, todos parecen estar satisfechos y felices.
Es un mundo repartido entre dos tipos humanos, contradictorios y complementarios: los estudiantes y los jugadores. Los estudiantes investigan, proyectan, planifican y construyen el mundo en el que los jugadores viajan, usufructúan y gozan de los bienes que jamás producen. En general no se cruzan, no se alían ni se enfrentan, a excepción de Dio, estudiante, y Claire, jugadora, que se encuentran y se enamoran. Y todo fluye, el amor en sus inicios es así, hasta que Dio, el inmortal, se enferma de mortalidad.
La historia de amor queda atravesada por el mal de Dio y los amantes se encuentran y desencuentran al ritmo de la evolución que Dio está viviendo y los inmortales son incapaces de comprender. Hasta que después de una larga separación Claire vuelve y halla un ser exótico que poco y nada tiene que ver con el Dio que amó y conoció. En la separación definitiva él la rechaza con suavidad apoyado en un argumento irrebatible: "-... tú eres una diosa. Una diosa inmortal... y yo soy un hombre."
Pero no es la historia de amor la idea verdaderamente núcleo de este largo y patético cuento sino, más bien, la noción de que los seres humanos estamos divididos en opuestos: el blanco y el negro, el rico y el pobre, el bello y el feo, el humano y el dios, el que está destinado a salvarse y el que está destinado al martirio, al sacrificio, al trabajo, a la inmolación incluso.
Es muy extraño que hayamos construido una realidad en torno a estas nociones y vivamos plenamente adaptados a ello, incluso cuestionándola de vez en vez, pero sin cambiar nada. Tanto así, que desde mi rincón de escritos y lecturas percibo que el mundo milenial está poniendo en práctica esta rara utopía de Damon Knight: los estudiantes y los jugadores conviven en mediana armonía, sin conciencia de que todos los sueños de igualdad, de equidad, son ignorados a menudo por una generación de felices vagabundos de primera clase que usufructúan los recursos del planeta, sus bellezas, sus culturas, su exotismo, su rica y acariciadora benevolencia, eternamente inmaduros, permanentemente adolescentes a lo largo del tiempo.
Mientras ellos sobrevuelan el planeta fotografiándolo, espiando sus superficialidades, cientos, miles, estudian, planifican, organizan y construyen un mundo que apenas atisban durante dos o tres semanas de vacaciones en alguna playa a su alcance. El resto de humanos es deshecho: muertos de hambre, de sed, de enfermedades, masacrados, expulsados, rechazados, violentados hasta la más sensible de sus vísceras, son solo el abono de un mundo que ya eligió el modelo existencial para los próximos doscientos años.
La ciencia ficción siempre fue prospectiva y predictiva. Dio, aquel maravilloso cuento que yo leí hace cuatro décadas, me estaba avisando que yo iba a ver este final: un mortal anciano y triste caminando despacio, bajo el viento, hacia un horizonte arrasado donde lo espera su tumba. Debajo de esa tierra desértica, o lejos de ella tal vez, una nueva especie construye un paraíso de fantasías.
Foto: José V. Gonzalez
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