domingo, 29 de mayo de 2022

Elegía a los libros perdidos


   


   A veces he robado. Una vez robé una cachorrita de días que unas vecinas tenían matando de hambre, como ya lo habían hecho con otros. Cuando creció un poco y ya correteaba feliz alguien la adoptó. Me mandaron fotos donde se la veía muy bien. Igual me puso triste perderla.
   En algunas ocasiones he rescatado libros. En una casa de pensión donde viví un tiempo había libros tirados en la mesa del asado o la pileta de lavar, en el patio. Alguno no tenía tapa, otro tenía una dedicatoria del autor a un vecino de la vuelta y un tercero lo di prestado a alguien y nunca volvió. Todavía lo extraño. O sea, se puede decir que he robado libros.
   También me he quedado con un libro de una biblioteca porque cuando fui a devolverlo la bibliotecaria y la biblioteca habían desaparecido: había solo un amplio espacio vacío de paredes blancas y piso ajedrezado. Treinta años después supe que la bibliotecaria había muerto sorpresivamente y que la biblioteca fue reubicada en un barrio periférico de la ciudad. Hablé con el director hace un tiempo: me dijo que él solo estaba tres días a la semana en la biblioteca. No sé por qué prerrogativas. No voy a devolver un libro que está conmigo hace cuarenta y cinco años a alguien de esa índole.
   También tengo libros que dejaron alumnos particulares. Cuando terminaban con los temas que necesitaban preparar se iban y el libro, o los libros, quedaban como pájaros huérfanos en mi mesa. Naturalmente, los he cuidado y aún está aquí, conmigo.
   He rescatado libros de la basura, a muchos tuve que limpiarles las heridas, reponerles tapas, inventarles un nuevo encuadernado o una nueva carátula. Algunos de mis libros han llegado como obsequio, pero la mayor parte han sido comprados con el estipendio de un trabajo honrado.
   Pero, aunque para la mayoría de la gente ya debería sentirme satisfecha con todos los que tengo, puedo asegurarles que aún siento gran pena por los que perdí y si pudiera viajar en el tiempo no sería para reintentar la aventura de algún amor o cambiar el rumbo de mi vida y estar en las listas de las que compiten por premios literarios. No. Sería para salvar el primer libro no escolar que empecé a leer y no logré concluir: “En el octavo día” de Ellery Queen. Mi padre lo rescató del basurero de las oficinas de la fábrica (vengo de una estirpe de ladrones de libros) y me lo trajo de regalo. ¿Tendría yo unos nueve años? Mi madre lo echó al fuego del horno, un malhadado día en que yo no atendía a sus llamados por leer sin respiro la historia de unos terribles crímenes que sucedían en el convento de un pueblo perdido en el desierto. Todavía lo extraño. Amén de que nunca supe quién era el asesino.
   Si fuera posible, también rescataría los que dejé en un hotel del que me fui sin pagar la última noche de mi estadía, entre los que estaba una antología de Armando Tejada Gómez. Y años después los que perdí en una inundación: “El rey cuervo” en una edición maravillosa con las ilustraciones más bellas que uno pueda imaginarse y una tapa en el que la heroína aparece con un vestido de ensueño, tan rojo y extravagante como su inmensa vanidad; y una versión de la “Ilíada”, adaptada, resumida, para pequeños lectores con ilustraciones de Raúl Soldi.
   Pero los que más duele siempre perder, son los prestados. He atesorado los libros de la escuela secundaria: a algunos, los que no presté, aun los tengo. Hay dos de ellos que añoro dolorosamente cada vez que los recuerdo: “Historia Antigua y Medieval” de Astolfi y “Educación Democrática” de no recuerdo quién. La “Historia…” de Astolfi se lo compré usado a Tapón Fernández y “Educación…” también era usado, pero no recuerdo como lo conseguí.
   Éste último se lo llevó un colega docente para enseñar algún tema que en realidad lo iba a dar un practicante. Nunca volvió, aunque sé que está bien guardado. El segundo tuvo un destino decididamente trágico. Cuando armaba mi mudanza de regreso a Villa Ángela fui a pedírselo a la docente que me lo había pedido quince años antes para preparar una práctica docente. Me contó sin sonrojarse que no lo tenía más porque su madre cierto día, de hacía ya unos años puso en una caja todos los libros que rodaban por la casa y lo dejó con las bolsas de la basura para que se los llevara el camión municipal. Eso significaba que seguramente mi libro fue incinerado, porque aquello coincidió con la época en que ni bien se hacía la descarga de basura, se la rociaba con algún inflamable y se les prendía fuego. No puedo recordar esto sin maldecir desde lo más hondo de mi vida a esta persona.
   Desde entonces un libro prestado me parece ya definitivamente perdido. Pocas veces vuelven. Y no importa quién se los lleve. Siempre siento que los he abandonado en malas manos, sobre todo porque casi nunca regresan a las mías. Sé que poca gente sabe cuidar a la gente, ¿por qué sabrían, y se esmerarían, en cuidar un libro si para comprenderlos te lleva la vida entera? Los libros prestados que no han vuelto los siento como partes de mí que malos magos, magos del vacío y el silencio, han secuestrado. Partes que le quedan faltando a mi vida.



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