Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal vez amar y desamar. El amor es uno de los tópicos de la literatura. Ni hablar de la literatura española en la que las escritoras religiosas escriben sobre el amor más ardoroso y carnal imaginable achacándoselo al espíritu santo, como Santa Teresa de Jesús:
“Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento;
por él renuncia todo lo criado,
y en él halla su gloria y su contento.
Aun de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.”
Pero ella habla del buen amor, dirán, es amor místico, el amor religioso, el amor a Dios. Durante siglos hemos aceptado ese subterfugio y lo dejamos estar, pero aun así nos preguntamos ¿cuál es la diferencia entre el miserable amor carnal y sus laceraciones sobre nuestra vida y el amor que padecía la santa dama ésta? Sino, porqué repite en un puñado de estrofas en otro poema el mismo retintín desesperado:
“Vida, ¿qué puedo yo darle
a mi Dios que vive en mí,
si no es el perderte a ti,
para merecer ganarle?
Quiero muriendo alcanzarle,
pues tanto a mi Amado quiero,
que muero porque no muero.”
Bueno, dejémoslo así. Si miramos en América, veremos que Sor Juana Inés, la rebelde hija natural, la que quería ser erudita y no cortesana, es más franca:
“Amor empieza por desasosiego,
solicitud, ardores y desvelos;
crece con riesgos, lances y recelos;
susténtase de llantos y de ruego.”
Esta es la primera estrofa de uno de sus sonetos en el que la dama ha dado final a la relación y el galán desespera sin entender el porqué. En otro poema relata:
“Con el dolor de la mortal herida,
de un agravio de amor me lamentaba,
y por ver si la muerte se llegaba
procuraba que fuese más crecida.”
Y concluye con una reflexión que, dado el caso, no suele servir de consuelo:
"No sé con qué destino prodigioso
volví a mi acuerdo y dije: ¿qué me admiro?
¿Quién en amor ha sido más dichoso?"
Naturalmente, me gusta más Doña Juana Inés, es más franca, es más cercana a cualquiera que no haya protegido con oraciones y encierros los pliegues sensibles de su alma, corazón o cuerpo, como mejor lo veas. Es una mujer que estuvo inmersa en los aromas y texturas de su tiempo y anduvo, solo ella lo supo hasta dónde, por esos tibios y misteriosos senderos de la vida donde el amor te atrapa, te apalabra y te entrega, carne de tragedia, a las miserias de su desamparo.
Siempre es difícil mostrar al mundo esa parte de la vida que llamamos intimidad, entonces el humano inventó la poesía. Después inventó otras cosas, pero eso no nos incumbe. Se suele considerar que fue el Romanticismo el movimiento que se especializó en la expresión de lo íntimo y nuestra lengua tal vez sea Bécquer quien le dio su mejor voz, aunque es probable que el muchacho del bigotillo haya perdurado más por su poder de innovación que por sus mieles. Sin embargo, no hay época ni movimiento, desde el latín romano hasta hoy, que no haya tocado el tema. Y esta es la ocasión de recordar a Catulo, cuyos antecedentes en lengua griega están encabezados por la lésbica Safo.
“Odi et amo. Quare id faciam, fortasse requiris.
Nescio, sed fieri sentio et excrucior.”
(Catulo, Poeseías, 85)
Dice Catulo, que cantó a los caprichos de Lesvia y así perduró a la caída del Imperio y tuvo más glorias que los guerreros y emperadores que soñaron eterna a Roma. Los desencuentros con su amada lo hicieron sufrir, pero el poeta no dejó de amarla por ello:
“Tan enredada está mi razón, mi Lesbia, por tu culpa
y por seguirte a ti está tan perdida,
que ya no podré estimarte por muy bien que te portes
ni por muy mal que te portes dejaré de quererte.”
Es que amor y desamor no son en la mirada literaria, más que dos caras de una misma moneda, aunque lamentemos tener que usar el lugar común.
Probablemente entre los poemas de desamor más hermosos se pueden citar los Jorge Luis, caballero sin espada que no fulge por su prosa lógica y reflexiva y su narrativa precisa y clara, pero que en poesía, fino y delicado llegó a expresar el desamparo amoroso como muy pocos (personalmente, no conozco otro mejor). Y para muestra, valga la estrofa final de uno de sus sonetos:
“……
para aprender el arte del olvido.
Un símbolo, una rosa, te desgarra
y te puede matar una guitarra.”
Han cambiado las formas, no tengo idea de como aparecen estas cuestiones en los nuevos géneros expresivos, desde la poesía (encontré recetas en la web, algunas en broma y otras con propuestas que pretenden ser serias, pero dan más risa que las humorísticas) en la cumbia villera o el rap y esas cosas, géneros estéticos que no frecuento.
Pero sí ando imbuida de músicos y poetas que para los jóvenes son de museo y encuentro que al final, siempre decimos lo mismo, escribir sobre el amor (tal vez pase también con otros tópicos, como el sentido de la vida, aquello de “Los ríos que van a dar a la mar”) y les he dado esta cháchara porque me detuve en una canción de Nicola Di Bari, de hace cuatro décadas, tal vez y la forma en que la interpreta un youtuber unos años después y hace ya unos años. Hay una mirada, algo sesgada del cantor que indica que se la está cantando a una persona en especial, no es solo un ejercicio artístico lo suyo, es un mensaje con destinatario. Así que me dije: “Catulo se reencarna en cada tiempo para padecer cada vez, nuevamente el mismo tormento”.
Escuchemos esto y releamos los viejos y olvidados poemas que atravesaron nuestra vida en un tiempo en que fuimos jóvenes, frescos e inconscientes, tanto como para dejar que el amor nos crucifique con sus espinas. Y tan simples como para escribirles nuestros pobres versos.
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Autores citados, por orden de aparición:
Santa Teresa de Jesús o Teresa de Ávila
Sor Juana Inés de la Cruz
Gustavo Adolfo Bécquer
Catulo
Safo
Jorge Luis Borges
Nicola Di Bari


