Es noticia, hoy y por unos días, la muerte de un hombre pobre por los efectos del frío extremo (para nosotros, seres tropicales, habituados al sol escandaloso y las noches escaldadas, este es un frío extremo). Es menos noticia la muerte de un niño wichí a causa de la desnutrición. Y ni siquiera habrá un pequeño mensaje de los gobiernos locales, provinciales, nacionales, para ocuparse de una cuestión que empezó hace trecientos años (en el Chaco), y sobre lo que no se toma casi medida alguna, puesto que los que se ocupan suelen ser en general organizaciones humanitarias o agrupaciones que aportan caridad, pero no tienen la suficiente potestad para modificar las terribles situaciones de los marginados del sistema.
Hace un tiempo, solían pasar por mi puerta dos niñitas, limpias, arregladitas, gentiles. Preguntaban si yo “tenía algo” …. No entendía que realmente querían o si querían vender alguna cosa… Hasta que ampliaron la frase diciendo “si no tenía algo para comer”. Casi nunca tengo comida que sobre, no suelo tener ni para un sándwich, la comida ha sido siempre la parte esforzada de mi vida: aderezar comida, aprender lo que tenía que tener en la casa para asegurar la subsistencia de mis hijos, organizar la economía para que la comida alcance a fin de mes… fue un aprendizaje mucho más difícil que conseguir los pergaminos académicos que guardo en un cajón.
Estas nenas estaban bien vestidas, tenían la piel limpia y tersa de niños bien bañados, habían salido arregladitas para dar buena imagen y caer lo suficientemente bien para que alguien se sienta solidario y les entregue algún óvolo de bondad. Lo vi como una representación. Cómo podían tener ropa flamante y no tener comida era una contradicción.
Recuerdo que cuando salieron los planes sociales “Trabajar”, que alguno aun recordará, se cobraban en el banco, las colas comenzaron a hacerse fatigosas para los que trabajábamos todo el día y empezó ese discurso reclamante sobre el merecimiento de dichos beneficios y los cuestionamientos sobre los beneficiarios, el uso que le daban a los recursos, el impacto que se lograba sobre los segmentos más carenciados, que, según los observadores resentidos, no era el esperado.
Había ejemplos “a carradas”, como suele decirse: la esposa del productor de soja, que venía a cobrar el aporte en camioneta cuatro por cuatro, su cimbreante y esbelta figura enfundada en un jean que costaba la mitad de mi sueldo, el constructor albañil, que tenía peones a cargo, pero al no estar registrado figuraba como desocupado con familia numerosa, la señora que salía del banco y caía en “María I” (la tienda más surtida de las de tercera categoría en el pueblo) y luego pasaba por la farmacia por tintura para el pelo, esmalte de uñas y esas cosas. Recuerdo que el albañil que trabajaba en casa se quejó amargamente de que su esposa e hija cobraban los planes y lo gastaban todo “en perfume”.
Después el recurso social de los planes se complejizó y armó un tejido en el que se entrecruzan varios hilos: lo social, lo educativo, lo sanitario, lo que replantea valores morales y sistema de creencias que apuntan a lo identitario personal o social. Lo cual demuestra dos cosas: que todo estaba muy planificado y que tenía un fin más político que humanitario. Ya sabemos que la política es la menos humanitaria de las disciplinas y haceres.
Es evidente que había dinero para planificar y lograr un impacto social de relevancia que mejorara los niveles de vida facilitando el desarrollo de oportunidades a partir de buena alimentación y una formación académica de base que facilitara la autonomía y la capacidad para pensar por sí mismo.
Pero el modelo desde el inicio, desde las “Cajas PAN” del alfonsinismo, hasta el último beneficio de la actualidad solo tienen un fundamento que lo sustenta: conseguir votos para mantenerse en el poder y libar de las mieles económicas, narcisistas, de clase, etc., que el mismo facilita. Para ello apuntaron a un objetivo repugnante, porque es inhumano: el consumo. En una ocasión, el doctor Favaloro dijo “decidieron comprar teléfonos y no salud”, refiriéndose amargamente a la decadencia del sistema de salud. Después ya no habló, se pegó un tiro, para no seguir batallando en vano. En tanto el país se llenó de teléfonos celulares, de motocicletas, de ropa china.
Mientras tanto se descuidó la seguridad nacional, se miró hacia el costado para no asumir el problema de la corrupción que nos transformó en menos de una década en un país narco, para ver como población en riesgo a los habitantes de los bordes, de las ciudades, de las provincias, de las regiones. Se persigue a sangre y fuego a colectivos de familias que buscan un rincón donde asentarse, se olvida como siempre a pueblos de originarios o de zonas rurales arrinconadas por la deforestación, las minas, la soja, y se los deja a merced de la enfermedad, la desnutrición y la muerte, los planes no han llegado a quienes no tienen documento, los que no existen… Y fatiga seguir…
No debe ser difícil organizar un sistema de asistencia en el que los gobernantes no se roben la leche para los desnutridos y los beneficiarios no elijan priorizar la ropa y la buena presencia en vez de una adecuada alimentación para los niños, un sistema que actúe cuando se les avisa que en una esquina de la ciudad un prestamista retiene tarjetas a sus “beneficiarios” a cambio de créditos ilegales… Y fatiga seguir…
De todos modos, aunque yo acá escriba este descargo, en el norte, ese borde entre Chaco y Salta, se murió otro bebé wichí, desnutrido. No sé si tenía nombre.

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