Indio
tímido y manso
como el aire azuloso de la
altura,
te saludo expectante,
con un terror sagrado
que me aprieta
de sangre la garganta.
Salud,
cultivador del verde
que consuela
y serena,
caminador de alturas donde el
silencio
corporiza en piedra,
oscuro aguilucho
acosado de tiempo y de memoria,
Salud.
Un aura transparente
de nítidos lloridos
te preserva
de la morbosidad
de los que observan:
es que el llanto
la sangre
la nieve
la pluma
la lana de la puna
te protege, te enmarca
y te corona.
Llanto de cinco siglos,
sangre lavada en llanto,
llanto teñido en sangre,
flor de misterio,
el corazón del niño
que eras
cuando cachorro
es testigo
ante el hombre
por el dolor
el hambre
la injusticia.
La nieve inalcanzable
de las cumbres
te propone
el alivio
a la furia, enfría
el ardor de la pútrida
venganza.
Del corazón salado
y caliente de la América India
vienes
con un sesgo procaz
en tu dura sonrisa.
Salido de la roca
fijas tierna mirada
y enamoras la puna
con la seca prestancia
de tus pómulos indios.
II
Arriba
del silencio,
en páramos helados,
tu voz impregna un tiempo
de mito desolado
en que la muerte come
la carne de la raza
y bebe sangre áspera
de indio acorralado.
Oscuro y apacible,
te instalas en tu antiguo lugar
de tótem sin resquicios
y de tus anchas manos
caen hasta la tierra
las antiguas semillas
guardadas a lo largo
de calladas centurias.
Sobre esta madre tierra
maravillada,
violada hasta la honda matriz
de su pródiga llaga,
esta semilla oscura
que promete la verde nervadura
del coraje y la astucia.
Salud,
Señor de las alturas,
vecino de la nieve;
una base de lodo
amasado con sangre,
secado al sol cruel de la
injusticia,
vuelto piedra de dura
resistencia,
sustenta
la potencia de tus tobillos
indios
y allá arriba
tu frente mimetiza su asombro
con la piedra que trepa
hasta volverse ala…
Salud,
Señor callado y quieto,
tu pelambre aborigen
me anima la esperanza,
indio de crines recias
y corazón mullido,
salud!
América,
magullada,
verde,
acechada,
con su cintura tensa de hijos
y sus pechos cuarteados
y sus manos obscenas
de caricias hediondas,
te saluda,
desconfiada,
trémula,
como una perra hambrienta
que busca un dueño firme,
dispuesto a la ternura.
América
abandona sobre tus hombros
indios
el tejido haraposo
de su historia terrible…
tal vez agregues hilos
de tu lana más blanca,
tal vez reconstituyas la
calidez del nido…
Tal vez no sea en vano
saludarte…
¡Salud!
*

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