Mi extranjero curioso está asombrado ante
los movimientos de la política argentina y latinoamericana y me plantea
preguntas que son muy largas de explicar. Dar una respuesta sencilla a las
cuestiones de la realidad latinoamericana es dejar de lado muchos aspectos que
interactúan en un punto álgido y sensible de la condición humana: la verdad de
las problemáticas latinoamericanas
siempre pareció tener un matiz diferente en Argentina. Argentina era un
país sin negros, sin indios, europeizada y aristocratizante, campeona de la
cultura y del deporte, con una estrecha relación de sangre con las
aristocracias europeas. Esa es la caricatura de Argentina que los movimientos
populares dejaron al descubierto al visualizar a las clases trabajadoras, sus
esfuerzos, su inmolación en beneficio de una clase dominante, extranjerizante,
negacionista de la identidad multirracial y multilingüe del pueblo argentino.
Aun así, todavía falta mirar por sobre el hombro: no deberíamos dejar
solo a Evo Morales, no podemos olvidar el terrible peligro que acecha al pueblo
boliviano. Argentina debería tenderle la mano antes de que la sangre ciegue todas
las posibles vías de solución a la crisis boliviana. Porque nosotros también
somos Bolivia.
La fisura del discurso, cuando aun era solo ideología y no se lo
denominaba discurso y todavía no se lo designaba peyorativamente como relato,
esa fisura se hizo grieta el día que unos lloraron la muerte de su heroína y
los otros rieron la tragedia. En ese momento se hizo manifiesto el largo
desencuentro que Galeano describió detalladamente en "Las venas abiertas
de América Latina" o que desmenuza Gastón Gori en "La Forestal: la
tragedia del quebracho colorado".
La explotación dolosa de los recursos por parte de un grupo que se
aprovechó de circunstancias histórica y de la vocación de lucha del pueblo para
lograr la liberación de estos lares de manos extranjeras, una clase que instaló
un pensamiento centrado en nociones racistas, europeizantes y darwinianas para
justificar la apropiación y los privilegios que se arrogó, sigue siendo el
problema núcleo que explica la crudeza de la derecha cebada sobre Brasil,
insolentada y represiva en Chile, vengativa y escandalosa en Bolivia, rigurosa
en Ecuador, siempre asesina, siempre entreguista de los bienes de la tierra a
manos de los poderes del sistema multinacional.
Cuando citamos obras clásicas y dejamos de lado nuevas miradas
latinoamericanistas solo lo hacemos porque es necesario señalar que
Latinoamérica no despertó hoy, no es nuevo el fragor que nos atraviesa, no es
recién creado el cuchillo que nos rasga las esperanzas y condena a las nuevas
generaciones al hambre, el desamparo, a la miseria y la inhumanidad. Es un plan
nacido en el mismo instante en que nos constituimos como naciones y se enraíza
en los primeros estadios de la conquista.
Con la experiencia de lo ya vivido, somos conscientes de que Chile la
tiene muy difícil, de que Evo puede caer cruelmente y toda su obra ser
destruida, de que Brasil no se repondrá fácilmente de las secuelas que dejará
el gobierno criminal de Bolsonaro, por citar solo los casos más cercanos a
Argentina.
El caos económico, social y educativo generado por la política de
endeudamiento y de evasión del gobierno de Macri es vergonzante para los
argentinos ante el mundo y ante nuestros hermanos latinoamericanos. Sin embargo,
lo único que puede ayudar en la resistencia y la búsqueda de superación de las
graves secuelas de una administración plagada de aberraciones, consiste en
alianzas de hecho entre los países latinoamericanos. Argentina ha salido, en
las últimas semanas, a cultivar esas alianzas: grupos de argentinos han cruzado
los Andes para intervenir en la lucha de los chilenos, el presidente electo ha
visitado México para empezar a aceitar una convivencia indispensable si
queremos enfrentar con alguna esperanza el regreso a nuestra identidad.
Foto: Memphis No
-@-

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