Los niños de los departamentos de al lado de mi casa mataron a ladrillazos a uno de los sapos que andan por mi patio. Las madres estaban en la vereda, viendo lo que hacían sus hijos. Escuché el barullo que hacían pero ya ni salgo a mirarlos. Y por si les parece una pavada: un sapo es un ser vivo, un ser sintiente, un ser inocente e indefenso. Son además, muy útiles al humano, comen miles de mosquitos y forman parte importante de las cadenas ecológicas. Por otra parte, varios de los ladrillos usados en el acoso al animalito, estaban en mi pasillo, o sea que lo persiguieron cuando él había salido de su refugio, que lo tenía entre mis plantas.
Cuando me recriminan que prefiero los perros a los niños no contrargumento para defenderme, porque mi elección entre las personas humanas y las otras creo que se definió el día que al volver de la escuela encontré a nuestro perro colgado de la cumbrera del galpón. Mi padre lo había ahorcado porque le sacó un trozo de carne de la mesa. Yo no le daba demasiada importancia a aquel perro pero cuando lo vi colgando de la soga, su cuerpo martirizado sin ninguna lógica me rompió el corazón.
Creo que desde entonces sopesé entre los padecimientos que merecían mi compasión y los que merecen apenas mi reflexión y mi esfuerzo educativo. Si escribo este texto de escaso estilo y tan visceral es porque quisiera conseguir que los humanos dejen en paz a los seres de este mundo. Que los dejen vivir en paz. Ni siquiera les pido que les den amor o protección porque ni siquiera protegen a sus propias crías: esos niños hicieron eso entre la una y las dos de las madrugada, en la calle, mientras las madres se refrescaban, charlaban y hasta chapoteaban en la pelopincho que instalaron en el pasillo y en la que desperdician miles de litros de agua potable.
Es decir: estos niños son una especie de brote perverso de padres indiferentes, vacuos y ciegos. Padres que para educar usan la amenaza milenaria: "-Vení adentro, que ahí te va a agarrar el sapo." Este sapo era apenas el tamaño de la mano de un hombre, nació y había crecido entre los ladrillos del pozo de mi patio y cuando se despabilaba con el verano salía y se instalaba, pacífico, silencioso, sobre el blanco piso del pasillo. En estos dos años lo vi crecer, tomarme confianza, respirar atento junto a mi tobillo mientras yo le contaba mis tonterías de mujer sola y triste.
Dirán que, como vieja loca que soy, lloro por un sapo. No lloro por un sapo, lloro por esta humanidad inhumana que solo aprende a hacer daño, a infligir dolor y no aprende el amor, ni la compasión, ni la ternura, ni la bondad. Lloro porque este ser que se llama a sí mismo humano no merece el paraíso que le tocó.
Fulgencio en su esplendor Foto: José V. Gonzalez.
-@-

Hay tanta gente de mierda.Te abrazo por el Fulgencio y por otros que son tan indefensos ante esta basura destructora que somos los hombres . Lo lamento amiga . Tirarles de vuelta los cascotes es poco ����
ResponderEliminarGracias!
Eliminar