miércoles, 30 de octubre de 2019

Como las golondrinas

   En diálogo con mi extranjero curioso hemos intercambiado observaciones sobre lo que en el último lustro se ha dado en llamar la grieta. Yo supuse, por las relaciones que él frecuenta, que la idea la sacó de las charlas con esa gente de clase media, con alta cuota de sangre inmigrante, ideas cuasi fachistas y convencimiento de superioridad: "el medio pelo argentino" de Jauretche.
    El medio pelo argentino no siempre es de piel blanca y cabello rubio, así como un porcentaje acotado de cabecitas negras son de cabellos y ojos claros, pero el medio pelo goza, por esa circunstancia meritocrática e injusta de la sociedad que armamos los humanos de cierta situación que lo pone sobre piso de mosaico (perdón por el arcaismo, pero el medio pelo es arcaico), y le permite cierto nivel de acceso al consumo que lo hace verse a sí mismo cercano, como un pariente, a los personajes de televisión.
   El medio pelo actual tal vez ya no se debería clasificar como medio pelo sino como medio cerda, por la tosquedad e incultura que lo impregna y porque la  violencia de su xenofobia, de su reaccionarismo, de su prepotencia, lo pone en otro nivel al medio pelo de mediados del siglo XX al que la escuela pública con su enciclopedismo y sus valores nacionalistas e higienistas le había dado cierto refinamiento.
   El medio pelo chaqueño es un caso aparte, una subespecie no catalogada aun pero original y vistosa: se creen todos descendidos de los barcos (tal vez sus abuelos vinieron en barcos, al menos uno de ellos, pero para llegar a esta tierra mediterránea, polvorosa y ardiente es más seguro que hayan llegado en tren) y se creen todos pura sangre. 
   Yo le decía a mi extranjero curioso que eso no siempre es tan así porque nadie garantiza que la gringa no haya recibido las galanterías de un cocechero morochongo mientras su gringo negociaba el algodón en la cooperativa y porque todos sabemos que ese mismo gringo no desperdiciaba cocecheritas entre los líneos sedosos de blancos capullos de algodón. Y, aunque mi extranjero curioso es un ángel ingenuo, no es difícil sacar la conclusión de que esos muchachos y chicas que lucen vestidos tradicionales de la Europa del siglo XVII en las celebraciones de sus comunidades, racialmente no están muy lejos de los despreciados Brian y Yeni.
   Sin embargo, esos jovencitos son los futuros mediopelos del Chaco y del país, y como los argentinos somos mundiales, tal vez del mundo, porque esos jóvenes crecen arrullados por la canción de cuna que les cuenta que el Brian y la Yeni, subespecie urbana derivada de los trabajadores golondrinas del pasado, son los patas sucias, chorros, ladrones, mantenidos del estado, de este tiempo. 
   El Brian y la Yeni son los que caen en la escuela pública, son los que cambian votos por un bolsón de mercadería, son los que tienen hijos por la subvención, son los negritos que padecen portación de cara y que la gendarmería baja de los colectivos para revisarle la mochila cuando hace sus controles en los ómnibus de larga distancia.
   Todo esto traté de explicarle en palabras más sencillas a mi extranjero curioso, para no ofender su sensibilidad europea. Yo lo sé en primera persona, porque aunque no me llamo Yeni, vengo de ese margen siempre en la cornisa que construyó este norte productivo cambiando de lugar, de norte a sur, como las golondrinas, y que bregó en las fábricas y un día fue fiscal. Como el Brian.


-@-


En realidad fue presidente de mesa, pero nos atenemos al primer rumor, por estética del discurso, je.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Acerca del amor y sus laceraciones

   Nacer y morir, dicen, son las experiencias límites, las que más reflexiones existencialistas han generado. Dicen. ¿Y en el medio qué? Tal...